“Ahora somos los profesores los que tenemos miedo”. Esta frase, pronunciada hace unos diez años por un profesor español amenazado por un alumno, evidencia el cambio radical que ha sufrido en los últimos tiempos no sólo la relación maestro-alumno sino el propio concepto de educación, palabra tan manoseada como mal interpretada. Cuando un alumno se atreve a levantar no solamente la voz sino incluso el puño contra un profesor es que algo anda mal, muy mal, en la sociedad de la que forman parte. Es el mundo al revés. Sin respeto por ambas partes no puede haber educación posible. ¿Cómo se ha llegado a estos extremos? ¿Qué será de las futuras generaciones de humanos, que creíamos ya ‘civilizados’? ¿Ha de volver nuestra especie a la caverna? No creo que la solución esté en la vuelta a la odiosa máxima la letra con sangre entra, elevada hasta la demencial propuesta de un ministro francés, de castigar a todo alumno mayor de 13 años que insulte a un profesor con una reclusión de seis meses en un centro especializado. Cuando esto ocurre la culpabilidad no está en el alumno, aunque sea un universitario, sino en la sociedad conjunta, que así lo ha educado (o dejado de educar).

EL MUNDO AL REVÉS

No bastan leyes, ni ordenanzas, ni dictámenes de severidad. “No hay recetas mágicas, ni pedagogías milagrosas”, como acertadamente afirma José Antonio Marina. Pero cuando sigue su razonamiento sosteniendo con autoridad que “lo que nos interesa es que ningún muchacho se quede marginado, que no haya fracaso escolar” (El diplodocus dormido, 4 de noviembre de 2002 en el periódico El Mundo) está dando por sentado que el fracaso escolar es debido a una mala educación, es decir, que admite la sinonimia existente desde hace siglos entre educación y formación o instrucción. Creo, sin embargo, que no son sinónimos, y que esta confusión es parte del problema. Si un alumno no aprueba las matemáticas, o las ciencias naturales, o la lengua, no es por falta de educación sino de instrucción, que son dos conceptos distintos. Si hay “fracaso escolar” no es por mala educación, sino por un fallo en la instrucción o formación, Un alumno puede ser brillante, superinteligente, y sin embargo carecer de la más mínima educación.

Aunque procede del latín, el verbo ‘educar’ no aparece en español hasta el siglo XVII, y su significado es “sacar afuera”, ‘criar’, según el Diccionario etimológico de Joan Corominas. Es decir, lo contrario de introducir, mediante la enseñanza, algún conocimiento en la mente de alguien. Una cosa es ‘enseñar’ y otra ‘educar’. Si ambas se confunden, estaremos manipulando el idioma y confundiendo los términos. La verdad es que la confusión se instaló ya en el español durante el siglo XVIII, ‘el gran siglo de la educación’, como sentencian los estudiosos. En ese siglo los ilustrados escribían discurso tras discurso sobre la ‘educación’ de los artesanos, de los nobles, de las mujeres, de los niños, de los menestrales, del pueblo en general, para sacar a la nación española de la postración cultural en que se encontraba. Pero todos fallaban en el concepto, ya que lo que intentaban era ‘instruir’ en los conocimientos útiles para activar la agricultura, la industria, el comercio y demás ramas de la economía pública. Daban por descontado que todo español de la época estaba ya suficientemente ‘educado’ en la escuela o la familia, donde recibían nociones morales y de conducta civilizada. En época de Carlos III se publicó en Madrid (1777) un Catón político español, en el que se ‘instruía’ a las personas de todas clases en las ‘obligaciones de buen ciudadano’. Es una primicia de la llamada hoy ‘Educación para la ciudadanía’.

Jovellanos, por Goya

Gaspar Mechor de Jovellanos, por Goya.

Pero la confusión perdura entre los concursantes a uno de los premios convocados por la Real Academia Española (1798) sobre la influencia de la ‘instrucción pública’ en la prosperidad de un Estado, ya que unos hablan de instrucción y otros de educación (por supuesto, siempre ‘pública’ y no ‘privada’, como había ya propuesto hacía un cuarto de siglo Pablo de Olavide en su Plan de estudios para la Universidad de Sevilla,1767). El tema seguía vivo en la conciencia de los mejores españoles, pero no supieron delimitar los conceptos, tratados como sinónimos hasta el presente. Incluso el ilustre Jovellanos, en su Plan general de instrucción pública (1809) habla unas veces de instrucción y otras de educación, siempre en el mismo sentido de ‘formación’ intelectual y moral. La confusión ha perdurado, no sólo en la conciencia lingüística, sino también en las instituciones. En España, el Ministerio de Educación ha sustituido, por culpa de ignorantes políticos, al de Instrucción pública, como se denominaba a principios del siglo XX, con toda justicia y mejor uso del idioma. Hoy mismo acabo de leer en un periódico nacional que, según el redactor de la noticia, el cardenal Cisneros, fundador de la Universidad de Alcalá de Henares, “supo ver que en la educación estaba la clave para la Modernidad”. ¿Es aceptable que se escriba de ‘educación superior’ para referirse a la Universidad? ¿Se va al ‘templo de la sabiduría’ para aprender ciencias o para educarse? Habrá que reivindicar la ‘instrucción’, o ‘información’, para todos los niveles de la enseñanza. Pero también habrá que profundizar un poco en la ‘educación’. (continuará). Vandalio.