Difícilmente lo olvidaré. Es una anécdota real, pero al mismo tiempo simbólica. A mí, que soy cien por cien “urbanita”, se me ocurrió entrar en un corral, sin más habitantes que un hermoso y altivo gallo, rodeado por un harén de cinco gallinas curiosas, como toda hembra que se precie, sumisas ante el “poderoso” dueño y protector que fecundaba sus óvulos. En cuanto hice acto de presencia, cuatro de las cinco féminas del harén salieron corriendo en estampida, entre sorprendidas y temerosas, menos una, que se dejó llevar por la curiosidad y quedó clavada en su sitio, mirándome con fijeza, mientras yo me acercaba, con arrumacos, intentando acariciarla. ¡Para qué lo hice! Al instante el macho saltó sobre la coqueta y curiosa hembra y le dio un picotazo en el cuello de esos que deben dejar un recuerdo imborrable no sólo en el cuerpo sino también en el alma, si es que las gallinas tienen alma. La pobre salió también huyendo, no de mí, sino del celoso rey del corral, quien, con la cresta más roja y enhiesta que nunca, se alzó ante el intruso, desafiante y soberbio, como diciendo en lenguaje de los humanos:”¡La maltraté porque era mía!”.

Lujuria

Esta escena, que tengo grabada en mi memoria, me hace comprender que el machismo no es sólo cosa del homo sapiens (¡). Ni siquiera de los primates, como podía creer cualquiera ajeno al estudio de la biología animal. El impulso genético del macho es puro egoísmo evolutivo, que le ha dominado, inconscientemente por supuesto, desde el origen sexual de las especies. Es decir, machismo es sinónimo de “dominio” del género masculino sobre el femenino, para favorecer la unión de los sexos (David M. Buss, La evolución del deseo, Alianza Editorial, 2004). ¿Quién no sabe que “hembra joven busca macho poderoso”? La hembra es, pues, la culpable del machismo histórico, del dominio ejercido por el varón sobre la mujer, ya que ambos han buscado siempre, sin darse cuenta, la propagación de la especie en las mejores condiciones posibles. En la mayoría de los casos sin demasiada preocupación por la relación amorosa. “El amor romántico, como lo entendemos hoy en día, no tiene más de ciento cincuenta años”, afirma Rosa María Pereda en El amor, una historia universal (Espasa Calpe, 2001). Todo en la naturaleza de los sexos implica una relación “desigual”. Nadie en su sano juicio puede defender la igualdad de género, ni en los problemas físicos ni en los psicológicos, ni en las costumbres ni en los sueños de una vida en común. Otra cosa es la igualdad jurídica, política, social o económica de los humanos, a cuya consecución han dedicado su vida maravillosas mujeres de todas las épocas, aunque es bien cierto que todavía perdura la lucha, que será agotadora pero siempre sublime y fortalecida por la dignidad de quien defienda su emancipación moral y social.

libertad

Pero de un extremo se está pasando al otro. El feminismo –es decir, el “dominio” de la mujer sobre el hombre- más parece un desquite que una deseada justicia. Ninguna mujer podrá reprimir el atractivo sexual de la juventud masculina, por más que sea una activa feminista. En la entrega amorosa no existe la libertad ni el juicioso raciocinio. Lo dice un experto de la Universidad Complutense, el profesor Carlos Yela en su libro El amor desde la psicología social. Ni tan libres ni tan racionales (Pirámide, 2000). También es cierto que las condiciones indispensables para esa emancipación, tan normal en las míticas “amazonas”, no se han puesto al alcance de las mujeres hasta bien entrado el siglo XX, aunque aún queda mucho por conquistar. Casi a diario los medios de comunicación dan noticia de los abusos y maltratos, incluso asesinatos de mujer por mano de varón. Pero habrá que mentalizar a todos los grupos feministas de una verdad que se oculta en la espesura del bosque, y es que no todos los hombres somos iguales. El machismo histórico ha crecido por la agresividad natural de los varones, que habían de alimentar constantemente para encarar toda clase de violentas circunstancias en un mundo hostil, donde la jerarquía en todos los ámbitos era absolutamente necesaria para sobrevivir. Además, la dopamina que se descarga en el cerebro a la vista de una mujer hermosa impulsa al dominio sexual del varón sobre el objeto de su deseo. Pero no todos llegan a la conducta machista de imposición dominante y agresiva, excepto en la cultura islámica, donde todavía las mujeres aceptan, de grado o por fuerza, ser víctimas de un machismo extremo. Afortunadamente, no todos los hombres pertenecen a esa cultura machista, cuya solución sólo puede venir de la rebelión de las propias mujeres, condenadas al silencio y a la sumisión de por vida.

Hoy día las cosas han cambiado sustancialmente, al menos en la cultura occidental. Las leyes respaldan la igualdad y las mujeres han tomado conciencia de la injusticia histórica del machismo. Los genes heredados siguen actuando en el cerebro masculino, pero los cambios ambientales y culturales terminarán para siempre con los restos sociales de esa mórbida injusticia. La mujer es anterior al hombre, como la única necesaria para transmitir la vida. Eva fue antes que Adán. Es decir, durante millones de años la reproducción fue clónica, sin necesidad de cópula, hasta la aparición de los sexos. Lo dice el científico alemán Vitus B. Dröscher en La vida amorosa de los animales (Círculo de Lectores, 2002). Con Adán llegó el intercambio de genes y la biodiversidad. Sin él todos seríamos iguales, como las amebas. El paraíso del feminismo más intransigente, vacío de machos, conduce a una humanidad de seres clónicos, como en Un mundo feliz (1932) la conocida novela de Aldous Huxley, borracho de alucinógenos. ¡Viva el macho, muera el machismo! Es el grito de guerra que propongo a todas las feministas. Vandalio.