Si Falo es una “gran palabra”, digna de comentario, ¡qué podemos decir de Coño, que es “maldita” para los puritanos, pero la más usada por cualquier hispanohablante! Ni los franceses con su con, ni los italianos con su conno, ni los portugueses con su cono, ni siquiera los gallegos con su cona o los catalanes con su cony, llegan a la ”frecuencia de uso” (vulgar, por supuesto) de nuestro coño, tan castellano él, con esa letra cubierta, que recuerda inequívocamente todo lo español. Palabra nacida para el romance en el siglo XIII, y lexicalizada como interjección admirativa durante nuestro Siglo de Oro, ha perdido por el camino su significación etimológica. Los diccionarios la presentan como sinónimo de vulva o simplemente del órgano genital femenino. “Voz carente por completo de significado, pero siempre malsonante”, dice el indocumentado Juan Manuel Oliver (Diccionario de argot, Sena, 1985). “Sexo de la mujer” viene a decir, con bastante simpleza, un especialista como Víctor León (Diccionario de argot español, Alianza Editorial, 1980) sin caer en la cuenta de su uso como equivalente de “ano” por los homosexuales. El Diccionario de la Real Academia Española ni siquiera la recoge, “con lo que se da el despropósito de que el aparato reproductor externo de la mujer no tiene nombre oficial castellano (la vulva del diccionario no es el coño del pueblo, sino tan solo una parte de él)”, dice con acierto el académico Camilo José Cela en su original Diccionario secreto, quien se limita a escribir que esta palabra “tiene una ilustre etimología”, que no menciona, aunque es citada ya por Lebrija, el primer gramático del romance castellano.
Pero a nadie se le ocurre bucear en su etimología, que explica tantas cosas. Su origen es el latín cunnum, como aclaran Alberto Buitrago y Agustín Torijano en su Diccionario del origen de las palabras (Espasa, 1998). La imagen que viene de inmediato a la mente es el “cuño” que se forma en el “monte de Venus” de la mujer, en la zona pélvica, entre las ingles. Es como un “cuño” o “cuña”, cubierto del vello púbico, a lo que apunta esta etimología, ya inventada por los romanos. Hace referencia, pues, a la forma exterior y más visible del sexo femenino, que, por supuesto se complementa con los nombres que reciben las zonas más escondidas, entre la vulva, el clítoris, la vagina y la entrada del útero, hasta llegar a la absorción total, nominando al todo por la parte. La anatomía femenina del sexo es plural, con detalles minuciosos que conoce cualquier estudiante de secundaria, pero el habla popular suele englobarlo todo en una sola palabra mágica, que hacía las delicias de Quevedo: ¡Coño!.
No creo necesario indagar en las múltiples palabras sinónimas o perífrasis con que nos han enriquecido durante siglos literatos o populares “creativos”, que se recogen en libros como el de José Dueso Alarcón Los mil y un nombres del coño (Ediciones B, 1995). Tampoco pienso dedicar espacio a la descripción más o menos pornográfica que hizo un joven especialista como Juan Manuel de Prada (Coños, Ediciones Virtuales, 1994) de diferentes coños (virgen, viuda, adúltera, puta, momia, etc). Ni la burla ni la sátira, ni el sarcasmo me interesan en este momento. Hay libros a millares para provocar la risa o incluso la carcajada, pero todos ellos están contaminados por un machismo erótico, autores que no ven en la mujer más que un “objeto del deseo” varonil, y que sólo consideran el aspecto sexual del tema, con interesantes aportaciones históricas sobre las formas, los atractivos sensuales, la fortaleza del deseo genético, las patologías, los placeres, las ilustraciones en el arte, las evocaciones en la mitología popular. Es lo que recoge Alberto Hernando en su libro Cunnus (Montesinos, 1996). Históricamente, el predominio social del machismo ha condicionado siempre la libertad sexual de la mujer, desde la antigua esclavitud hasta la dependencia jurídica y económica de la época moderna, sin olvidar esa humillación sin nombre que suponían los medievales “cinturones de castidad”. No creo que haya reivindicación más justa que la de la liberación de la mujer, aunque el péndulo haya basculado en exceso hacia el extremo opuesto. El coño, hoy victorioso, ha sufrido siempre por el egoísmo sexual del macho.
Cinturón de castidad
Como no hay dos coños iguales, es preciso hablar de un coño “ideal”, concepto válido hasta cierto punto, que brota en la imaginación al recordar la oscura cueva o caverna del Ténaro (o Tánaro) en las costas de Grecia, que la mitología identificaba con la entrada del infierno. Vista desde el mar, produce una sensación contradictoria: un irrefrenable deseo de penetrar para saborear sus secretos, y un miedo pánico a entrar en su abismo, ante el temor de quedar atrapado para siempre. Ya Luciano, en sus Amores (Gredos, 1981) hablaba del miedo de algunos hombres ante el coño. Más reciente, el fabulista La Fontaine (1674) cuenta que una mujer espantaba al mismísimo diablo mostrándole su coño. La repulsión producida en algunos hombres por la visión del coño, en palabras de Anne Cumming (El hábito del amor, Tusquets, 1990) es invencible: “En realidad no les gusta un primer plano del coño. Muy pocos hombres lo miran siquiera”. Y concluye el mismo Hernando: “Existen patologías psicológicas en que la mujer tiene tanta aversión a su sexo que odia y desprecia a los hombres que desean poseer algo tan repulsivo”. La repulsión es, desde luego, fisiológica, tanto por la forma, como por el hedor de sus flujos, que, sin embargo, despiertan los instintos sexuales. Es una mezcla de atracción y repulsión, de asco y de placer, que se advierte solamente en la especie humana. Y que llega a su culminación cuando la enfermedad o la vejez deterioran irremisiblemente los órganos genitales femeninos. Entonces el hombre pierde toda la carga libidinosa del deseo, ya que el sexo infectado pierde su condición de imaginario erótico para convertirse en paradigma de la descomposición final de la carne. En cualquier caso, el deseo sexual es el que impera, aunque sea en la oscuridad, en las relaciones humanas.
Mi enfoque es algo diferente, aunque puedo fracasar en mi intento, porque, al no ser mujer, no me es posible pensar, intuir, sentir o razonar en femenino. La mujer será siempre un misterio para el hombre, pero al pensar en la perturbadora cueva del sexo, la curiosidad morbosa le seguirá siempre, sin saciarse por completo. Desde la prehistoria, como en el caso del falo, existe un “culto al coño” (aunque tal palabra no existiera) que evidencia el interés humano por la misteriosa atracción del sexo femenino como fuente de vida, el “divino” atributo de la mujer para multiplicar la especie. Pese a todo, subsiste la tentación de enfocar el tema del sexo solamente desde el punto de vista del placer que produce, cuando una reflexión serena y desapasionada nos hace comprender que hay algo mucho más importante para el ser vivo en la contemplación de un coño femenino.
El origen del mundo
Huyendo de la frivolidad, como hace Gustave Courbet en su cuadro de 1866 L’origine du monde, hoy en el Museo d’Orsay de París, sólo un varón podrá sentir la inexplicable fascinación que esa vista le produce. Es algo más profundo y misterioso que la simple esperanza de soñar con un deseo abrasador pero involuntario. Es la llamarada neuronal que me hace comprender que en esa “gruta sagrada”, cantada por Alberti, no sólo se penetra con estupor hacia la muerte del deseo, sino que por esa entrada del Hades sale la vida renovada. En ella pervive por los siglos de los siglos, “el origen del mundo”. No hay educación más perentoria que la relacionada con la sexualidad. ¡Hombre del futuro! No renuncies al placer, pero no caigas en la tentación de considerarte dueño absoluto de ninguna mujer. Respeta siempre el coño como manantial de vida. Por esa puerta viniste al mundo y otra te espera para que no se rompa la cadena de la vida. Vandalio.



Alternativa
¡¡ Coño !! Qué lujo de post.
He puesto en mi blog una pincelada sobre tú persona. Espero que no te moleste mi osadía lo escribí con orgullo y sin ninguna mala intención. Si existiese algun detalle que consideres inoportuno o poco acertado, me lo dices y lo borraré inmediatamente.
Un saludo.-