El negocio debe ser fabuloso, a juzgar por la cantidad de mensajes publicitarios con que nos asaetean, como al pobre mártir Sebastián, las empresas que quieren dar salida a los “infalibles” productos que sirven para alargar o ensanchar el pene. Casi a diario recibo en mi buzón electrónico algún mensaje de este tipo, todos en inglés. ¿Cómo sabrán, a tanta distancia, que necesito un alargamiento urgente? Son tantas las ofertas que he decidido borrarlas todas. No culpo a las empresas, que no hacen sino atender a las millonarias demandas de una nueva sociedad emergente, para la que el valor del sexo placentero se impone sobre los demás, volviendo atrás en la sublimación de nuestra condición animal en que ha consistido la historia de nuestra especie. Hasta hoy. ¿Realmente importa tanto el tamaño del pene para la satisfacción sexual?

phallus impudicus

Phallus impudicus

Puede ser. Sólo tengo el mío y no puedo hacer comparaciones. Lo hará la mujer (o la pareja gay) promiscua, y siempre con la obsesión de obtener el mayor placer posible. Ni los especialistas se ponen de acuerdo, aunque lo comparen con el hongo "phallus impudicus". Para la "Biblia de la sexología", de Bo Coolsaet (El pincel del amor. Vida y obra del pene) la medida mínima es de 12 centímetros (en erección) pero hay quienes lo establecen en 13,5 centímetros, aunque según la enciclopedia digital, bastan cuatro centímetros para la cópula humana (al gorila, nuestro pariente, le bastan tres). Desde luego, según las estadísticas, los hay mucho mayores, como se dice de Rasputín (más de 30 cm), que enloquecía a Catalina la Grande. Este y otros famosos por sus desmesurados atributos son citados por Maggie Paley en El libro del pene (Planeta, 2000). Dicho sea de paso, el pene, al endurecerse, siempre aumenta su volumen, de modo que las medidas no pueden ser idénticas en ambas posiciones. Pero parece cierto que no por ser más largo en erección produce más placer en la pareja, ni más cantidad de espermatozoides en la eyaculación (unos cien millones en la madurez) que es lo que realmente importa para la propagación de la especie. El placer, que es un “aliciente” secundario se ha convertido en primario, y nos ha devuelto a la selva.

Los diccionarios suelen dar como sinónimas las palabras “pene” y “falo”, cuando, según mi parecer, se distancian bastante. Así lo hace, por ejemplo, Camilo José Cela en su Diccionario secreto (Alfaguara, 1971). Ambas, desde luego, hacen referencia al miembro viril, órgano carnoso encargado de expulsar dos líquidos, uno excretor, para vaciar la vejiga, y otro seminal, para vaciar los testículos. Pero el conducto es el mismo, la uretra, con la particularidad de que el primero sólo evacúa con el pene flácido, mientras que el segundo necesita un pene en erección. La naturaleza es sabia y no permite que se mezclen ambos líquidos, tan diferentes entre sí, como que uno es deshecho corporal y otro dador de vida. Así que la diferencia es esencial. El pene flácido no merece más atención que otro cualquier miembro, como la mano o la oreja. El pudor, como ya dejé escrito en otro ensayo, es un meme cultural, que afecta mucho menos al miembro flácido que al miembro erecto, siempre llamado “falo” desde los griegos, y objeto de “veneración” en todos los tiempos, desde las cavernas prehistóricas a la Fiesta de la Fertilidad japonesa, sin olvidarnos de los templos hindúes Khajuraho, tan visitados por los turistas. Nunca oí hablar de un “culto pénico”, siempre del “culto fálico”, es decir, del miembro erecto, único capaz de penetrar en la vagina femenina para fecundar el óvulo, ansioso siempre de encontrar “su” espermatozoide. El milagro de la vida.

Festival del falo (Japón)

Festival de la Fertilidad. Japón.

Al finalizar el siglo XV, un supuesto Francesco Colonna, veneciano, escribió la que es considerada “obra maestra del arte del libro”, una novela de enredo amoroso pasional, pero, en realidad un simbolismo de la iniciación a la sabiduría. Su título Hypnerotomachia Poliphili (“El sueño de Polifilo”) que ha sido editada en español este mismo año por el Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Murcia, con una introducción de Pilar Pedraza. En un ambiente mitológico, muy renacentista, se suceden diversas procesiones con Júpiter y sus amantes, para concluir con una escenificación ritual de un altar entre cuatro columnas, bajo una bóveda impresionante, en cuyo centro se alza un falo enorme, al que una multitud aclama en señal de adoración. (La edición de Aldus Manutius de 1499 puede consultarse en la “Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes”). Todo simbólico, en honor de lo más apreciado del varón humano: el falo en erección; tan despreciado,por otra parte, por motivos religiosos, de educación pudorosa, o por causas de exaltación feminista.

No ocurre lo mismo con otro libro semejante, escrito cuatro siglos más tarde, el Culto al Falo (Barcelona, 1875), publicado por Gerardo Blanco bajo el seudónimo de Amancio Peratoner, un autor pornográfico, traductor de Zola, Gautier o Dumas, que sólo se recrea en anomalías sexuales, en un “culto” puramente carnal, pero que tiene la ventaja de hacer un recorrido por “los diferentes pueblos del mundo”. Si excluimos el puritanismo de los cristianos, que con tanta virulencia han combatido siempre a la carne desde Pablo de Tarso, todas las demás grandes civilizaciones (Egipto, Sumer, India, China) crearon ritos de sexo sacramental y mágico. En Roma, el sexo era concebido como un “regalo de los dioses”, al ser el macho el indispensable transmisor de la vida, por lo que el falo, como insignia de la generación, se llevaba en las fiestas de Dionisos, y era un adorno frecuente, portado con orgullo, mientras se prohibía el sexo lésbico (John R. Clarke, Sexo en Roma (Océano, 2004). En Grecia, como es sabido, el culto y los amuletos del dios Príapo (siempre con el falo erecto) servían para curar la impotencia masculina. Desgracia que, por lo visto, nos acompaña desde siempre, porque se calcula que, en la actualidad, más de la mitad de los hombres tiene algún problema de erección y un diez por ciento nunca llega a conocer la arrogancia de su propio falo. Para Coolsaet unos ciento cuarenta millones de estadounidenses son impotentes. Aunque rebajemos esta presumible exageración, la verdad es que millones de varones bien formados sufren la humillación de la impotencia, en todos los rincones del planeta.

Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, sentencia John Cray en su libro, para dejar constancia de las diferencias de género. El hombre –no la mujer- necesita un agente externo para que su pene se convierta en falo. Puede ser la visión erótica, la estimulación química o eléctrica, fármacos que favorecen la circulación sanguínea, pero siempre tendrá la humillante sensación de que no es dueño de su miembro, que crece y se endurece sin que intervenga su voluntad. Por eso, me maravillo de que, tanto en las películas como en la vida real, cualquier momento sea propicio para una penetración, violenta o consentida. No podemos, con un acto de voluntad, ni producir ni mantener la cantidad de óxido nítrico necesaria para el endurecimiento del pene. Está ya demostrado el determinismo sexual, contra el que no hay más remedio que la represión, esta sí, voluntaria.

Este veneración al falo, tan enraizada en la vida de nuestros antepasados, creo que va “desinflándose” poco a poco, conforme va avanzando el feminismo, amparado en las hazañas científicas, que pronostican el embarazo sin necesidad de varón, incluso mediante el acoplamiento de la mujer con robots “humanizados”, fabricantes de semen y con falos artificiales, pero carentes de sentimientos. Yo me iré primero, pero mis descendientes masculinos, que vivirán después, están destinados al sexo masturbatorio.El dios Falo se habrá quedado sin devotas "miembras". ¡Qué triste vida! Vandalio.