Ya está demostrado. Hemos tenido que esperar hasta la primavera del año 2008 para que la Ciencia neurológica confirmara definitivamente que “el cerebro de los hombres homosexuales se parece al de las mujeres, mientras que el de las lesbianas está masculinizado”. Ya desde 1993 el neurólogo- homosexual- Simon Le Vay sugería (en su libro The sexual brain-El cerebro sexual) que los cerebros de los varones homosexuales son anatómicamente diferentes de los demás, aunque en su conducta interacciona también el ambiente. El último paso en esta cadena de investigaciones neuronales lo ha dado el Instituto Karolinska, de Suecia, al afirmar que “la simetría de los hemisferios y ciertas conexiones nerviosas de gays y lasbianas difieren de lo que cabría esperar atendiendo a su sexo biológico”. En otras palabras, la causa del comportamiento sexual, que está bien detectado en el cerebro, no es igual para todos los individuos de la especie. Hay una “hombría” y una “femineidad” cuyas diferencias se aprecian claramente estudiando la amígdala y el encéfalo de la masa cerebral. Pero también se han detectado anomalías en las personas con distinta orientación sexual: las lesbianas tienen un cerebro simétrico, como el de los varones heterosexuales, mientras que en los homosexuales, el hemisferio derecho es de mayor tamaño que el izquierdo, como en las mujeres no lesbianas. En definitiva: el varón y la hembra procesan de forma diferente una misma información emocional, a causa de sus diferencias cerebrales, establecidas ya por la ciencia neurológica. Por ejemplo: La amígdala y el hipotálamo reaccionan de forma desigual ante fotos eróticas, como se ha comprobado en el laboratorio (Francisco Mora, Los laberintos del placer en el cerebro humano, 2006).
Hombre y mujer están programados para aparearse, multiplicarse y morir. Pero es cierto y evidente que una gran proporción de individuos, desde el comienzo de la especie, no están capacitados para cumplir en todos sus términos esta programación genética. Ya en 1930 un médico español, Gregorio Marañón, pudo escribir un libro sobre los “estados intersexuales” (La evolución de la sexualidad y los estados intersexuales, Madrid, 1930). Y en la literatura médica es teoría aceptada que existen esas raras escalas intermedias entre varón y hembra, que Kinsey (1948) estableció en seis categorías, según la proporción de testosterona, hormona masculina que se encuentra también en las mujeres, controlada por los ovarios. En su famoso informe, dejó escrito que en los Estados Unidos de América el 3% de las mujeres son lesbianas y el 10% de los hombres son gays. Algunos investigadores, como Hamer, habían sugerido la existencia de un gen de la homosexualidad, que estaría localizado en el brazo largo del cromosoma X y sería transmitido por la madre (1994-1995). Y con autoridad, escribe el neurofisiólogo español Francisco J. Rubia que “las hormonas son las que determinan las características sexuales del sistema nervioso, lo que explica que puede haber machos genéticos (genotipo XY) con cerebro femenino y hembras genéticas (genotipoXX) con cerebro masculino” (El sexo del cerebro, 2007).
El comportamiento “gay” no es exclusivo de la especie humana, como es sabido. En el laboratorio, hace unos treinta años, como nos cuenta Eduardo Punset (El viaje al amor, 2007) se descubrieron moscas lesbianas, que despreciaban a los machos. Del mismo modo, en experimentos realizados en el conocido como “ratón de la pradera”, se ha detectado que hay un gen (fruitless, según los científicos, es decir, “sin fruto, estéril”) que controla la sexualidad. Si se inactiva en los machos, éstos pierden todo interés por las hembras; si se activa en las hembras, éstas se vuelven lesbianas. Conducta similar se ha observado también en animales salvajes: bisontes, pingüinos, morsas, macacos, bonobús, delfines, manatíes, avestruces, murciélagos, hasta un total de casi medio centenar de especies. Cantidad que se aumenta cuando están en cautividad, como puede ocurrir también con los humanos privados de libertad (p.e. prisioneros, esclavos o náufragos) o cautivos de su propia soledad. El impulso sexual es tan fuerte y exigente que necesita un desahogo a cualquier precio, aunque sea incapaz de generar una nueva vida. Como dice un refrán: “Cuando el sexo aprieta, ni el cielo te sujeta”, en referencia a la triste vida de tantos eclesiásticos, desde el más humilde monje o sacerdote hasta algunos de los más encumbrados Papas católicos, que no han podido refrenar sus deseos sexuales. No por instinto paternal, sino para matar el deseo que consume. De hecho, la fecundación es fruto del azar y millones de óvulos desaparecen a cada instante, sin dejar huella de su paso, como las flores estériles que el viento arrastra. La maternidad es hermosa pero imprevisible y origen de intensos dolores. ¡Cuántas mujeres habrán desoído la voz de la naturaleza, pensando que es mejor no traer hijos a este mundo de lágrimas y miseria! Incluso el filósofo Gore Vidal, ante la superpoblación del planeta, anima a la homosexualidad. Idea que choca con las doctrinas religiosas, que nos hemos inventado para darle sentido a nuestra vida.
Abro, en mi ordenador personal, la páginaweb de “la enciclopedia libre” Wikipedia, que me informa ampliamente sobre la “Homosexualidad”. No necesito más para conocer lo estudiado y polemizado sobre la historia y la conducta de los homosexuales. Pero busco en mi biblioteca algunos títulos sobre el tema y encuentro un par de libros no citados, que recomiendo al interesado. Uno, referido a la historia del amor entre personas del mismo sexo en la antigua Grecia, que aclara muchos extremos sobre el léxico amoroso y la conducta erótica del mundo clásico, casi siempre mal comprendido. Se trata del libro del académico Francisco R. Adrados, Sociedad, amor y poesía en la Grecia antigua (1996). El otro, del conocido escritor gay español Luis Antonio de Villena, El libro de las perversiones (1992), para quien lo que muchos conocen como “perversión sexual” es un “camino hacia la libertad individual”.
Zeus, metarfoseado en águila, enamorado del joven Ganímedes, en Priego (España)
La historia de la persecución homosexual es larga y desgraciada. La hipocresía de unos y la ignorancia otros han castigado con penas horribles esta orientación sexual, calificándola de vicio, de perversión, de enfermedad contagiosa, de delito social. En general, las religiones monoteístas la persiguen sin compasión, algunas con la muerte, como el Islam, con cadena perpetua, como en la India, o con la amenaza del castigo eterno como los católicos. En todo caso, la homofobia está generalizada, en especial en ámbitos religiosos. Pero mucho están cambiando en Occidente las leyes y costumbres, hasta el punto de que la revista Aggiornamenti sociali, de la Compañía de Jesús, reconoce que la aceptación social y legal de las parejas homosexuales pertenece al bien común, el mismo año(2008) en que la Iglesia Anglicana ha bendecido el matrimonio de dos sacerdotes londinenses. Poco antes, el teólogo M. McNeill había defendido la homosexualidad como creación de Dios (La Iglesia ante la sexualidad) y la OMS (Organización Mundial de la Salud) excluyó en 1973 homosexualidad de las patologías humanas. Desde entonces, alzaron sus gritos de victoria todos cuantos desprecian el acoplamiento destinado a la fecundación: bisexuales, transexuales, eunucos, hermafroditas, afeminados, travestidos, lesbianas y demás jolgoriosa muchedumbre acogidos a la bandera del arco iris.
Pero la aceptación social, que rechaza la anterior persecución religiosa, no es motivo suficiente para sentirse “orgulloso” de estas orientaciones sexuales. Es como si yo me enorgulleciera de tener los ojos azules o un pene más grande que mi vecino. ¿Qué he hecho yo para ser como soy? ¿Acaso debo estar orgulloso de mi orientación heterosexual? ¿Qué orgullo pueden manifestar las lesbianas por no percibir las feromonas masculinas, pero sí las femeninas? ¿Hay motivos suficientes para inventarse una Iglesia Gay? ¿Debo estar orgulloso de ser bisexual, como Zeus? ¿O enorgullecerme porque esta condición me va a permitir ingresar en la nómina de artistas, escritores, políticos, sacerdotes, poetas o presentadores de televisión que han logrado la fama por su homosexualidad? ¿O debo proclamar, como Chavela Vargas, que “ser homosexual es un blasón”?
El Movimiento Gay, nacido en Nueva York en 1969, se ha difundido por el mundo como una mancha de aceite, hasta culminar en el Día del Orgullo Gay, promoviendo ventas millonarias en tiendas eróticas y la fundación de la primera y única hasta el momento, Universidad del Sexo, en la capital de España (2007). ¿En ella se discutirá si el homosexual es quien tiene un pene pequeño o un clítoris grande?. ¡Algo sustancial para el futuro de la humanidad! ¿Deberé sentirme identificado, siendo heterosexual, con la protagonista del libro Su cuerpo era su gozo, de Beatriz Gimeno, la presidenta de la Federación Española de Gays y Lesbianas?. La realidad es que hemos entrado en la segunda era de la Diosa Madre, en la que el feminismo se alía con gays y lesbianas para derrocar el poder milenario del macho, que llega a su fin. Lo dijo en una entrevista Oli Acosta, uno de los tres miembros del Rectorado atípico de esta atípica Universidad: “El rol del macho ibérico puede valer para jugar un día, pero como constante en la pareja está muy trasnochado”. El futuro se presenta bastante negro para el heterosexual. Vandalio.

Lisardo
Es una exposición muy interesante, pero me queda una duda.
¿Qué pasa con el cerebro de un niño o niña que nace heterosexual y, por circunstancias de la vida (educación, ambiente, etc.) a partir de la adolescencia practica la homosexualidad de forma exclusiva? ¿Hay cambios físicos en él?
En mi opinión la homosexualidad o la heterosexualidad no son simplemente tendencias sexuales, sino también (y sobre todo), manifestaciones emocionales o sentimentales de las personas, siendo por lo tanto el sexo una consecuencia de estas manifestaciones.