Manos, de Rodin
Quien haya tenido la oportunidad de visitar el Museo Rodin, en París, comprenderá que la imagen de dos imanes que se atraen compulsivamente es la más adecuada para simbolizar el atractivo que pueden ejercer entre sí dos cuerpos humanos que se desean. Cuerpos imantados por el deseo. Cuerpos que no pueden resistir la atracción sin sufrir la represión ordenada por los memes cerebrales, que desencadenan la resistencia al deseo sensual por los motivos más diversos, desde el pudor hasta la maledicencia social, pasando por el desacuerdo familiar, la falsa culpabilidad religiosa o la simple táctica amatoria. Pero si el deseo es mutuo, nada podrán los más enraizados motivos. El imán corporal debe someterse a la genética, que sólo piensa en la supervivencia de la especie. Porque, no hay que dudarlo, todo impulso sexual, aun en parejas del mismo sexo, está ordenado a este fin, aunque sea inconsciente y la conciencia no lo reconozca. Y aunque falte el amor, que no es indispensable para el deseo.
Cuando pienso en el cuerpo deseado, no pienso, desde luego, en el corazón, ni en el hígado, los pulmones, los huesos, los músculos, ni siquiera el cerebro, por más que lo admire. Un cuerpo no es, para mi deseo, la totalidad del conjunto, sino ese envoltorio maravilloso y sensual que lo recubre, que en español llamamos piel. El órgano humano de mayor extensión que pone límites a nuestro cuerpo, con sus cerca de dos metros cuadrados, en los que se esconden unos cinco millones de diminutas terminaciones nerviosas. Es una herramienta de comunicación, muy delicada y sutil, que nos permite trazar la línea divisoria entre el agrado y el desagrado, la empatía y la antipatía, el amor y el desamor, como se atraen o repelen los dos polos del imán. La acción de tocar la piel ajena conlleva una carga sensual desde el momento en que comienzan los trastornos hormonales de la pubertad. Ya nada será lo mismo para el ser humano, que ha de seguir las pautas replicatorias de la genética. El cerebro comienza a dirigir la actividad sexual, que no sólo conduce al placer, sino a la multiplicación de la especie.
Eterna primavera, de Rodin
Por eso no se entiende que la sociedad, en los procesos ancestrales de civilización, haya reprimido con creaciones culturales, como la vergüenza, el pudor o la castidad estas voces tan necesarias para la vida, en aras de unas virtudes que contradicen la naturaleza. El tacto es absolutamente necesario para manifestar el amor, motor de la vida, pero también para la comunicación entre humanos y para la salud, tanto física como emocional. Hablar del tacto es hablar de la piel, que recibe los estímulos sensoriales y a ellos responde según la estimación neuronal, que nos advierte de los peligros del exterior y nos puede conducir al éxtasis del orgasmo. Si necesario es el contacto físico para el desarrollo infantil, no lo es menos para el equilibrio emocional del adulto. En la mujer esta necesidad es mayor que en el hombre, en quien predomina el estímulo visual. Pero ambos necesitan sentirse acariciados por una mano amada. Para el amor no hay sensación más placentera que la caricia de las manos del amante, cuando los imanes de los cuerpos deseados rozan el vello de la piel y saltan chispas casi eléctricas en el contacto de las terminaciones nerviosas.
También nuestra piel actúa de barrera física frente algunos microbios, venenos y radiaciones, se estira durante el crecimiento y se arruga con los años. No pierde nunca su capacidad de imantación eléctrica, pero la atracción disminuye al perder la tersura de la juventud. Nunca un anciano o anciana podrá servir de modelo estético para cautivar a los demás. Ser joven es la suprema condición para la belleza corporal. A medida que nos hacemos mayores, el programa genético induce importantes cambios en el colágeno y la elastina, ingredientes principales del tejido que confiere a la piel su firmeza y elasticidad. Huir de la vejez y procurar la eterna juventud es la utópica ilusión que sirve para aumentar los beneficios de la cada día más floreciente industria cosmética. Cada vez son más frecuentes las visitas al dermatólogo para “revisar” la piel, con pacientes temerosos de las enfermedades cutáneas, pero también de perder la suavidad y la tersura que activan el amor. Porque si no hay amor, no hay caricias. En realidad, somos pobres indigentes que pedimos con insistencia la limosna, tantas veces negada, de una mano amiga que esté imantada por el sentimiento del amor.
Pero en este aspecto son grandes las diferencias culturales. Hay pueblos, como los de origen latino, que son más propensos al contacto físico. Otros, como los anglosajones, no muestran esa capacidad de extroversión. Supongo que más por educación, que por genética. Hay también tradiciones religiosas que reprimen el tacto en sus doctrinas morales, como el cristianismo, que con su temor y rechazo al sexo corporal, ha forjado una idea malsana del contacto físico en toda su zona de influencia. Sin embargo, lo más que se ha conseguido luchando de forma inmisericorde contra la naturaleza, es ocultar las necesidades primitivas de la sexualidad bajo la capa de la hipocresía. Si hubiera más libertad, habría menos libertinaje. Ninguna fuerza, por muy espiritual que se presente, podrá impedir que dos imanes tan potentes puedan reprimir siempre su mutua atracción. Vandalio.



Querido Vandalio:
Cuánta energía se le exige a nuestro cerebro cada día para reprimir no solo los derroteros hacia donde nos llevaría la atracción que sentimos por alguien, sino también infinidad de sentimientos y emociones que, por algún motivo, cada vez anestesiamos más y más. Esta es una de las sensaciones más frustrantes que experimento en la vida acotidiana: los esfuerzos que hacemos para no decir lo que sentimos a pesar de que no haya nada negativo en sentirlo ni en decirlo ( así lo veo yo, claro).
Dices que el estímulo del hombre es más visual, mientras que el de la mujer es más táctil. Yo añadiría, si me lo permites, que también somos muy sensibles a lo auditivo, a lo que se nos dice, pero no me refiero a los halagos o piropos...Creo que sabes a qué me refiero.
No sabía que teníamos 2m cuadrados de piel. Supongo que quienes somos más menudas tenemos menos "terreno" con el que especular
Besos veraniegos en tu sabia piel.