Miguel de Unamuno, filósofo español
EDUCAR EN LIBERTAD
Las nuevas generaciones deben vivir en guardia contra el sÃndrome de Peter Pan, en el que ha consistido la tradicional educación religiosa: “Si no os hiciéreis como niños no entraréis en el reino de los cielos†(Mc: 10,15). La consigna de cada religión siempre fue: obedece, no pienses, créeme, te pido fidelidad: sé mi esclavo.
Hemos llegado a la palabra mágica: educación. Si nos limitamos al ámbito cristiano (y pienso que en todos los demás), educar ha significado siempre ‘manipular’. Es decir, orientar la inocente conciencia del niño según los intereses del educador. Intereses que pueden ser históricos y polÃticos, estamentales, gremiales, familiares o religiosos. Educando para el ‘bien’-se argumenta- se pone al escolar en el camino recto o, lo que es lo mismo, en el respeto a Dios, a la patria, a los padres, a la clase social, al trabajo y al prójimo. Pero nunca se ha educado a nadie ‘en’ la libertad y ‘para’ la libertad de pensamiento, que es lo único que debe interesarle a cada persona. Porque se ha confundido ‘información’ con ‘educación’ y ‘religión’ con ‘moral’, idea defendida, por ejemplo, por un profesor laico de ética, como Aranguren, y rechazada por otro, el rector Unamuno, siempre angustiado por la reflexión religiosa, para quien, como algo evidente, la ética (o moral) es una cosa, y religión otra. “No es lo mismo ser bueno que hacer el bien†(La agonÃa del cristianismo). Ser bueno es perfectamente compatible con la falta de fe. Una persona de bien puede ser un agnóstico, un ateo o un indiferente en materia de religión. Incluso un no creyente como el materialista Eugenio TrÃas puede ser un escritor excelente, que pone en la ética su ‘filosofÃa del lÃmite’, al mismo tiempo que defiende como ideologÃa una especie de ‘materialismo sagrado’. Porque la moral, como la materia, es previa a toda religiosidad. La religión no se puede reducir a una moral, ni al misticismo, ni a la filosofÃa, ni a la poesÃa, aunque todo ello forme parte de su entorno.La moral/ética es una construcción social que es anterior y no depende de las religiones. Como dice José Antonio Marina, “la ética acaba marcando el camino a la religión†(Dictamen sobre Dios, Anagrama, 2002).
La educación religiosa va moldeando a la persona en sus primeros años, pero después de la infancia cada uno es responsable de su compromiso doctrinal y moral, sin tener que seguir, a modo de borrego, el cayado del pastor. Como suele ocurrir cuando se nace en el seno de una familia piadosa, de una sociedad confesional, circunstancia determinante para el futuro del creyente “socialâ€. Una religión se hereda, como una propiedad, y es preciso, al llegar a la mayorÃa de edad, decidir si se acepta o se rechaza, eventualidad que queda abierta hasta la última hora. Pero la reflexión inteligente y crÃtica con lo recibido ha de enfrentarse a menudo con una tradición agobiante, que empuja con fuerza en una dirección determinada. Esto permite hablar de necesidad de la religión ‘colectiva’, que se asume como un valor familiar y comunitario que hay que preservar y defender ante la influencia proselitista de otras religiones, siempre miradas con recelo. Y quizás con mayor motivo se recela de la ‘conversión’ más o menos intelectual, de la apostasÃa de la fe recibida, a consecuencia de la propia desapasionada reflexión, que puede dañar la ‘comunión’ salvadora del grupo, tanto si se da el paso hacia otro sistema doctrinal, como si se termina abrazando el agnosticismo, el ateÃsmo o el indiferentismo. Porque las religiones han ido abandonado, a lo largo de su historia, el carácter ‘sagrado’, el misterio simbólico de sus inicios, para convertirse en una institución social más, y su liturgia en ritos mecánicos, sin vida interior ni capacidad de alumbrar en el corazón la febril emoción de la virginidad espiritual, perdida en la trepidante vida moderna. Para el homo actual, muy alejado ya de los impulsos sagrados del comienzo de la especie, perdido entre tantas ofertas religiosas, como en un mercadillo espiritual, la religión es como una prenda que se elige según se acomode al cuerpo.
Quien haya nacido en el Extremo Oriente, probablemente será budista o sintoÃsta. Si su patria fuera el Medio Oriente, su dios serÃa Alá y su gran ilusión serÃa peregrinar a La Meca. Si hubiera llegado al mundo entre los indÃgenas de la selva americana, lo más probable es que sus creencias no se apartarÃan de la religión natural, sin hacer caso de más iglesias ni dioses antropomórficos. Pero si el inevitable destino quiso que abriera los ojos en una sociedad confesionalmente católica, asà serÃa su educación y su ‘circunstancia’, como dirÃa Ortega. Esta ‘circunstancia’ vendrÃa marcada por las ideas de quienes se recibe el amor, la instrucción y la fe religiosa. Pero también por la geografÃa, la historia, el arte y el mismo sistema lingüÃstico en el que se desenvuelve la personalidad. ¿Cómo no tener en cuenta las impresiones recibidas en los viajes, el testimonio de una historia manipulada, de unos tesoros artÃsticos que con preferencia nos hablan de temas religiosos? En todos los pueblos, por pequeños que sean, un templo siempre domina el caserÃo. Acá y acullá, en las grandes ciudades catedrales y basÃlicas, iglesias y conventos, monasterios en los más retirados y bellos rincones naturales. Por todo el mundo, iglesias, mezquitas, sinagogas, pagodas, templos de las más variadas confesiones, las más de las veces lujosos hasta la extenuación. Mi libertad de conciencia habrá de escoger entre tanta oferta.
Albert Einstein, Premio Nobel de FÃsica
CONFLICTO ENTRE LA FE Y LA CIENCIA
La historia, escrita casi siempre por los vencedores y por los lÃderes de masas, no hace sino justificar todas las crueldades en nombre del Dios de la Victoria, sin hablar del Dios de la Misericordia; se magnifican las obras misioneras, siempre admirables en su labor altruista, pero muy equivocadas al predicar dioses tan diferentes. El idioma en que nos entendemos, por su parte, cumple a las mil maravillas el objetivo de seducir las conciencias con el uso constante de los términos religiosos, y sobre todo la palabra Dios, enquistada en lo más profundo de la conciencia lingüÃstica, en modismos y expresiones habituales. El arte, sufragado en todos los siglos por el dinero eclesiástico, ha conseguido sus obras maestras al tratar los temas religiosos. El cristianismo, sobre todo desde el siglo IV, ha sabido emplear sabiamente sus fondos, crecientes desde que supo atraerse a la nobleza y a los acaudalados, en la protección y mecenazgo de los grandes artistas, fuesen arquitectos, escultores, pintores, orfebres o músicos hasta conseguir el patrimonio más impresionante de la humanidad, siempre al servicio de su ‘divina causa’. Pero no ha conseguido la obediente sumisión de la ciencia. Antes bien, la ha perseguido y anatematizado en tantas ocasiones, que J.W. Draper ha podido publicar un extenso estudio de esa rivalidad histórica, en su Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia (1987). Albert Einstein, el más importante cientÃfico del siglo XX, ha declarado que “la Biblia es una colección de leyendas primitivasâ€. La mayor de todas, la que convierte a los judÃos en el “pueblo elegidoâ€. Semilla de estremecedoras consecuencias.
Para el positivismo, con su aversión a la metafÃsica, la ciencia experimental es la única fuente verdadera del conocimiento. Precisamente porque la religión nace de la emoción del miedo, sentimiento involuntario de angustia y dependencia ante el futuro incierto, para proporcionar al individuo alguna esperanza en su ansiosa búsqueda de felicidad duradera. La ciencia, por el contrario, se basa en la razón deductiva, sin hacer caso de las emociones, busca la verdad por el camino de la experimentación, paso a paso, al margen de revelaciones, mitos y supersticiones. Ni la metafÃsica ni la teologÃa son capaces de dar una respuesta cientÃfica a la pregunta básica: por qué hay algo en lugar de no haber nada. En cambio, el espectacular avance de la ciencia nos va revelando que resulta innecesario acudir a ningún dios para justificar el origen de la materia, según la teorÃa del Universo Inflacionario, que propugna un universo sin principio ni fin. Divididos, como todos los humanos, los cientÃficos buscan la verdad de la naturaleza y de la vida, pero pueden dudar en lo más Ãntimo de su conciencia, aunque la duda es incansable y ha de estar acompañada inevitablemente por el sufrimiento psÃquico, lo más noblemente digno que puede soportar cualquier ser humano.
Gonzalo Puente Ojea, Presidente de Europa Laica.
EL LAICISMO, ÚNICA SOLUCIÓN
La fe religiosa individual es un ‘postulado’ imaginario y personal, pero la sociedad de la convivencia, de la justicia y de la paz no se puede fundamentar sobre ningún postulado religioso. No queda más que un camino a seguir, la renuncia a todo tipo de compromiso social con cualquier tipo de religión. La definitiva y sincera separación de la Iglesia y el Estado. La confesionalidad ha de quedar para lo más Ãntimo de la conciencia individual. El conjunto de la sociedad, múltiple en sus creencias y devociones, no tiene más solución pacÃfica que la asunción del laicismo en todas sus instituciones. Si de algo han de servir las enseñanzas de la Historia, la paz y el bienestar de la humanidad solamente se habrán de conquistar en la cultura de todos los pueblos cuando se instale la conciencia libre del laicismo. A la esclavitud colectiva de las religiones, con sus interminables enfrentamientos sangrientos, debe suceder, en un futuro próximo, si buscamos sinceramente la verdad, la plena libertad del laicismo en las escuelas, en las costumbres colectivas, en las instituciones sociales.
Con claridad meridiana, Gonzalo Puente Ojea, presidente honorario de la asociación “Europa laicaâ€, escribe que “el principio laicista postula, en cuanto señal y cifra de la modernidad como hito histórico irreversible del autoconocimiento y autoliberación del ser humano, la protección de la conciencia libre del individuo y su privacidad, desalojando radicalmente de la Res publica toda pretensión de instaurar en ella un régimen normativo privilegiado a favor de cualquier fe religiosa que aspire a “institucionalizarse†en forma de ente público al servicio de alguna supuesta revelación sagrada o mandato divino†("El laicismo, principio indisociable de la democraciaâ€, en la web inisoc.org). Sus ideas encuentran un valioso precedente en el escritor francés Alexandre Vinet, quien establece el principio o “teorema laicistaâ€, tan sensato como ignorado, de que individuo y sociedad son incompatibles en cuanto sujetos de una conciencia religiosa: “si la sociedad tiene una conciencia, lo es a condición de que el individuo no la tenga, y ya que la conciencia es la sede de la religión, si la sociedad es religiosa, el individuo no lo es†(Essai sur la manifestation des convictions (1839). Dado que el individuo humano es el único que posee el atributo de la conciencia, sólo él puede profesar una fe. La sociedad, como tal, no puede pensar, ni tener conciencia ni convicciones (a no ser la suma de todas las conciencias individuales, lo que resulta prácticamente imposible) y por tanto, no puede recibir como doctrina propia, es decir, institucionalizar, ninguna religión, por excelente que sea. Esta es la premisa fundadora del laicismo. “Una Iglesia no es una institución pública, sino una simple asociación de creyentes†en palabras de un teólogo jesuita(Joseph Lecler, L’Éclise et la souveraineté de l’État, 1944). Sin poder polÃtico, sin privilegios, sin discriminación de las demás confesiones, sin anatemas excluyentes de la disidencia. El Poder civil, por tanto, debe aceptar y proteger a todos los ciudadanos, sean o no creyentes. En la sociedad civil caben todos, incluso los ateos, indiferentes o agnósticos. La suprema dignidad del homo sapiens es la libertad de conciencia y de creencia. (Fin). Vandalio.



24.06.08 @ 01:19