Dios-Padre, creador de Adán, por J. Empoli.
LA CREACIÓN SOBRENATURAL
El creacionismo, es decir, la teoría de una creación directa por un ser sobrenatural, infinito y eterno, inmortal y todopoderoso ‘creador’ de una especie nueva, sin relación genética con las demás existentes, es la propuesta más difundida por todas las religiones teístas, pero muy especialmente por las tres monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Sin embargo, la sentencia cristiana de que “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” no deja de ser un postulado sin base científica, ya que da por supuestas las bases metafísicas sobre las que se asienta, no demostradas: la posibilidad de la creación y la similitud del creador con su criatura. Según esta alucinante teoría, una primera pareja de humanos (Adán y Eva) habrían sido formados “de la arcilla” por la mano omnipotente de un Ser Espiritual, ajeno a la materia creada, como colofón extraordinario a toda su obra creadora anterior, que abarca el universo entero conocido. Al dotar al hombre de un alma inmortal, no sólo le hace diferente y superior en grado sumo a todo lo creado, sino que además, por ser hecho “a su imagen y semejanza”, adquiere derechos de filiación y dignidad, que le permiten aspirar a otra vida, esta vez de eterna felicidad, en un mundo maravilloso, sin los condicionantes de la miserable vida que le aguarda en el planeta Tierra.
Este cuento de hadas, muy seriamente expuesto en la Biblia, ha sido predicado y creído a pies juntillas por miles de millones de humanos, a lo largo de la historia, sin más contradicción que la de unos pocos pensadores, tachados de herejes, ateos y apóstatas, por haber pretendido hacer primar la razón sobre tanta locura emocional. Similares teorías demenciales son creídas por los fieles de las demás religiones teístas, que no quieren renunciar a la intervención de unos supuestos seres divinos en la creación y destino del hombre. Ese dios imaginado, de figura antropomorfa en las creaciones artísticas, al que la Biblia prohíbe nombrar, ha dominado la mente humana desde sus comienzos, sin más respaldo doctrinal que las páginas del libro sagrado, escritas por distintas manos durante cientos de años, con interés meramente político (proteger y dominar al "pueblo elegido"), alucinando al ignorante homo con sentencias y doctrinas descabelladas sobre unos entes “sobrenaturales”, es decir, que sólo existen fuera de la naturaleza, como instrumentos mentales de sometimiento y dominación, en las tres religiones bíblicas. Lo absurdo de tales doctrinas lo resume Eric Fromm con estas sensatas palabras: “La consecuencia del monoteísmo judío es lo absurdo de la teología. Si Dios no tiene nombre, no hay nada de lo cual hablar” (Seréis como dioses, Paidós, 1974).
Charles Darwin
EL NATURALISMO DARWINISTA
Cuando la teoría científica de la evolución de las especies (iniciada por los biólogos Lamarck y Darwin) demostró el parentesco de todos los seres vivos, sobre todo el que existe entre el simio y el hombre, los teólogos hubieron de adaptar sus posturas a los nuevos descubrimientos, mientras se pudiera seguir manteniendo la teoría creacionista. La posición privilegiada de los humanos dentro del plan de la creación no se destruía por tener a un primate entre sus ancestros. Podía seguir siendo válida si se aceptaba tras ella la voluntad divina. Pero, ¿fue realmente un dios quien provocó la transformación de las especies y el desarrollo intelectual de seres superiores a partir de una sucesión evolutiva? Para los filósofos Kant, Hegel y Schelling no había duda de esa intervención divina. Pero Lamarck, por el contrario, pensaba que la única responsable de los cambios era la propia Naturaleza. Darwin fue un poco más allá encontrando la explicación en una nueva ley natural: la ley de la selección. No era necesaria la intervención de ningún ser espiritual, ninguna voluntad, sino un principio mecánico, una casualidad ciega. El hombre, por tanto, era producto no buscado de la selección natural (El origen de las especies, 1869). La primera edición de este libro fue un best seller el mismo día de ponerse a la venta. Los profesores de biología Karl Vogt en Ginebra, Thomas Huxley en Londres y Ernst Haeckel en Jena fueron los primeros “darwinistas” que renunciaron a la idea de la creación del hombre por mano divina.
A pesar de todo, la batalla intelectual continúa y hoy día el creacionismo sigue teniendo sus partidarios, que se resisten a creer a los homínidos sucesores directos de los primates. Hay mentes tan dependientes de una fe ciega que no pueden admitir, sin repugnancia, la idea de una sucesión evolutiva natural. Pensar en mis “parientes” animales, sean insectos o dinosaurios, volátiles, acuáticos o terrestres, repugna a mi dignidad de especie “única” y superior a todas las demás. Dignidad, según dicen, que sólo se puede cimentar en una creación “ex nihilo” (de la nada), por un Ser Supremo, Todopoderoso, exterior al universo, invisible a mis ojos, pero presente en la conciencia del creyente. No por lo que he visto, razonado o experimentado, sino por lo recibido de otros humanos, depositarios de una absurda “revelación” que los hace infalibles, es decir, que no se pueden equivocar. La soberbia explica la fortaleza de la doctrina creacionista.
Fresco románico de Adán y Eva (s. XIII)
LA TERCERA VÍA
Y lo que se dice de los creyentes monoteístas se puede aplicar, asimismo, a los demás teístas y politeístas, desde las primeras civilizaciones. Sumerios, egipcios, asirios, griegos, romanos. Todos han necesitado unos dioses protectores del gobernante y apaciguadores de los gobernados, no importa la forma en que se les representa ni los cultos con los que se les adora. El dominio eclesial sobre la masa no depende de un pensamiento racional, sino de la intuición y el sentimiento, como ya dijera el filósofo Freidrich D. Schleiermaier a finales del siglo XVIII (Sobre la Religión, 1799). La religiosidad depende más de un ‘prejuicio’ sentimental que de una convicción racional, sobre los grandes interrogantes de la vida. Pertenecer a una religión -cualquiera- permite formar parte de una tradición espiritual que calme la angustia del destino final. La pertenencia a una comunidad religiosa, para la gran mayoría, supone la renuncia al uso crítico de la inteligencia para embarcarse en el barco ilusorio de una esperanza eterna.
Entre la disyuntiva de un Ser omnipotente, creador de todo lo que existe, y un universo eterno, sin principio ni fin, en el cual surge la vida por azar, la inmensa mayoría de los humanos se suma a la primera opción, que parece la más cómoda, en la cual predomina la emoción sobre la razón y la ciencia. Según la ciencia, el naturalismo es la única explicación posible a la aparición de la vida sobre el planeta Tierra, y el hombre, con su singular inteligencia, no es más que un accidente –maravilloso, pero sólo accidente- en la historia natural. Fuera de la naturaleza no hay nada, y todo lo existente es eterno, aunque la vida –simple o compleja- apareció por una combinación azarosa de compuestos inorgánicos, es decir, por reacciones físicas y químicas de la propia naturaleza. Algo tan incomprensible y absurdo para la ignorancia humana como la creación “ex nihilo” a semejanza de algún dios omnipotente. Su aceptación supone renunciar a la tradicional emoción religiosa.
Pero en los últimos años ha surgido una “tercera vía”, que se presenta como anti-darwinista y que pretende ser aceptada no sólo entre los cristianos, sino también entre budistas, hindúes, agnósticos y estudiosos en general del tema religioso. Su líder es William A. Dembski, que presenta una teoría, según dice, “revolucionaria” (The Design Revolution, 2004), a la que llama “diseño inteligente”, donde sostiene que “la inteligencia es un rasgo fundamental del mundo y que todo intento de reducirla a mecanismos naturales está abocado al fracaso”. Existe, según el autor, una ”inteligencia diseñadora”, aunque no tiene por qué ser interpretada como el Dios de los monoteísmos.Algo que afecta al origen de la religión, pero no a sus consecuencias. (continuará) Vandalio.



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