ASOMBRO Y TEMOR PÁNICO DEL HOMO SAPIENS
Quien haya visto a un animal, un perro por ejemplo, temblar de pánico ante los truenos y rayos de una tormenta, podrá entender que los primeros homínidos, ignorantes y temerosos de los violentos fenómenos de la naturaleza terrestre, temblaran de emoción y de terror metafísico al ser testigos de inundaciones, seísmos, erupciones volcánicas, huracanes y tormentas que, al mismo tiempo que le hacían sentir su impotencia y su pequeñez, le obligaban a buscar amparo ante la adversidad, el sufrimiento y la soledad. Y esa búsqueda le haría volver los ojos a la bóveda celeste, con sus focos de luz nocturnos y diurnos, que le devolverían la paz interior, la alegría de vivir y el sentimiento de la gratitud. No tiene nada de extraño, por tanto, que esos elementos naturales ‘consoladores’ se convirtieran para él en ‘amigos’ a los que acudir, amar y venerar, entidades sobrenaturales, seres protectores de infinito poder, cuya esencia era sagrada por incomprensible, pero real. En todas las culturas primitivas, lo sagrado aparece como un poder misterioso de orden distinto al natural, que “trasciende este mundo, pero que se manifiesta en él” en frase de Mircea Eliade (Lo sagrado y lo profano, Labor, 1967).
Según el filósofo español Javier Sádaba, “Religión es una noción que no tiene ni etimología ni uso claro” (Lecciones de filosofía de la religión, 1989). Según los cómputos lingüísticos, existen más de un centenar de definiciones de “religión”, con significados tan dispares que no permiten un estudio unitario. Richard Dawkins prefiere la palabra “relusión”, en vez de religión, ya que tiene un componente virtual de ilusión o espejismo sentimental de la conciencia (El espejismo de Dios, Espasa, 2007). Es la expresión simbólica del asombro humano ante el misterio.
LA MENTE HUMANA, CREADORA DE SÍMBOLOS.
El homo religiosus, primate ya consciente de su yo, y que hunde sus raíces en el paleolítico, “se mueve en un universo simbólico de mitos y ritos” como reconoce el antropólogo Fiorenzo Facchini (Tratado de antropología de lo sagrado, Trotta, 1995). El yo consciente de este primate humano le permite convertirse en creador de símbolos, es decir, objetos o signos sin contenido propio, que representan y dan vida a otra cosa, unidas ambas por la analogía. Cuando esto se produce, el símbolo consigue una realidad indestructible para quien lo inventa, incapaz de advertir la frontera entre lo real y lo virtual. Es de suponer que no todos los primitivos humanos tuvieron acceso directo a esta realidad simbólica, pero quienes sí lo consiguieron ocuparon por este mismo hecho, una situación dominante en las primeras colectividades o clanes tribales, que se han ido sucediendo después con el nombre de chamanes, brujos, gurús, o sacerdotes en las religiones más elaboradas. La propiedad más característica del símbolo es su virtualidad, es decir, imagen sin existencia real fuera de la conciencia, aunque en ésta pueda aparecer como viva y realmente existente. Al vivir en pequeñas comunidades, la fe individual en los símbolos se hace colectiva con facilidad, mediante los ritos y ceremonias establecidas por los líderes del ‘pensamiento sagrado’ que ordena la vida del grupo. No puede haber religión social sin la mitología de los símbolos ni la liturgia sagrada de los ritos.
En el pensamiento primitivo, que se mueve por analogías, todo lo que sucede depende de ‘algo’ o de ‘alguien’. En el caso tribal, el hijo no encuentra dificultad en atribuir a los símbolos ‘creadores’ el poder activo del padre o el fecundante de la madre, ‘inventando’ un dios creador (o una diosa creadora). Si todavía no se puede hablar de verdadera religión, estos primeros balbuceos de la emoción religiosa se han mantenido a través de los tiempos, y están en la base sentimental y psicológica de todas las religiones, que no se deben llamar así hasta la sistematización de una doctrina que exponga cómo deben ser las ‘relaciones’ con ese supuesto dios creador. Curiosamente, la palabra Religión no aparece en ningún texto sagrado de la antigüedad, ya que nace con el latín de los romanos para significar precisamente la ‘relación’ o ‘religación’ con esos seres invisibles, simbólicos, pero muy reales para la mente que los crea.
LA CONCIENCIA RELIGIOSA
La sorpresa ante lo inesperado, la admiración por lo maravilloso, la curiosidad por desvelar el misterio, la sumisión a las inevitables y poderosas leyes naturales, son los profundos sentimientos individuales que se presuponen en el origen de la conciencia religiosa. Lo cual no pudo ocurrir más que de dos formas, excluyentes entre sí. O esa ‘conciencia’, manifestación de un ‘espíritu humano’ o ‘alma’ fue producto de un acto creador, ‘fabricada’ de la nada por un Ser Omnipotente, extraño a la naturaleza humana, o bien, ese espíritu individual es inexistente y surge, por efecto de la imaginación creadora, elaborada durante milenios en la mente, cada vez más desarrollada, del primate homínido. Como san Agustín, Francisco José Ayala admite que “la religión nace por una necesidad biológica, por la conciencia de que vamos a morir” (Darwin y el diseño inteligente,2007).
A estudiar este origen de la espiritualidad ha dedicado más de dos millones de euros la Fundación John Templeton, durante tres años. Parece que el origen divino de la conciencia humana, y por tanto de la religión, decae a favor de la opción biológica, que hace depender de la evolución del simio el progreso en la capacidad mental y en la fabricación de símbolos. Se busca en la ciencia una respuesta a los interrogantes sobre el sentido de la vida, porque las viejas fábulas ya no pueden dar razón de los grandes misterios. ¿Cuándo se eliminará del frontis de un templo de la ciencia, como es la universidad inglesa de Oxford, el lema que la ha presidido durante siglos: “Dominus illuminatio mea”? ¿Cuándo el puritanismo americano consentirá en dar por muerto el “In God we trust” que evoca otros tiempos, incardinados en la fe, donde se cimentaban la economía y la justicia? Se habrá de sustanciar la polémica entre partidarios de una u otra idea, según la fuente del conocimiento sea la fe o la razón, la revelación o la ciencia, la ‘autoridad’ de los ‘intérpretes de la divinidad’, o los argumentos de la experimentación y la deducción científica. (continuará).Vandalio.



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