La sola palabra me repugna, pero mucho más la imagen que sugiere. Soy varón y no me causa el más mínimo placer la idea de copular con alguien de mi sangre. Es un sentimiento arraigado en mi mente, y no sé por qué, ya que todas las tradiciones primitivas me hablan de continuos incestos, algunos absolutamente necesarios para la propagación de la especie. Tampoco sé cómo reacciona hoy una mente femenina ante tal propuesta sexual. Imagino que hay mujeres que se entregan por amor, agradecidas a un momento de placer. Habrá otras que odien ese momento, si son agredidas contra su voluntad. La cópula entre familiares produce, en general, un rechazo moral, incluso si es consentida. Pero no siempre fue así. Los mitos legendarios de la especie humana nos hablan del incesto como algo natural, ajeno, por supuesto a planteamientos morales. Acudo, para comenzar, a lo escrito por la admirada periodista española Carmen Rigalt, con estas palabras:
“La mitología es un escaparate de aventuras incestuosas. Zeus, padre de los dioses, era transformista y cambiaba de personalidad para seducir a las mujeres, pero se casó con su hermana Hera, que le dio tres hijos-sobrinos. Los griegos políticamente correctos devoraban a sus hijos y hacían guarrerías con las hijas. Según los relatos mitológicos, Zeus, árbitro del universo, se ventiló a todas las primas del Olimpo, aunque siempre lo hizo de tapadillo (o sea, bajo disfraz), lo cual induce a sospechar que el fornicio entre parientes no acababa de estar bien visto. Claro que Zeus era el jefe y hacía lo que le salía del cebollino”.
Miguel Ángel. El cisne de Leda
Estas palabras, escritas, al calor de la noticia que ha escandalizado a medio mundo, sobre las tropelías amatorias del “monstruo de Amstetten”, desbrozan el camino, pero no lo dicen todo. La doctrina bíblica, seguida por miles de millones de seres humanos, no se puede entender sin el incesto que, necesariamente hubieron de cometer los primeros padres, sus hijos y descendientes, hasta poblar la Tierra. Prohibido después por la ley de Moisés, asumida por la cristiana y por la moral occidental, no hay resquicio de perdón para una conducta calificada de criminal, sobre todo si va acompañada de la violencia. Pero la historia de las perversiones no finaliza con la imposición de una moral adquirida en siglos de cultura y civilización, porque permanece intacto el deseo natural de supervivencia y la inclinación a procrear dentro de la familia, clan o tribu, como nos dicen los antropólogos. Es más, no puede explicarse un caso como el reciente de Austria sin una mente masculina, además de lujuriosa, convencida de su derecho a ser como un “dios del lar”, benefactor abuelo, padre, amante, dueño y dictador de vidas y haciendas. Todo monstruoso, pero todo humano, porque en el concepto de humanidad tiene cabida todo cuanto es capaz de realizar un humano. El padre secuestrador austriaco podrá tener alguna disculpa si se atiende a la condición humana, que puede incluir un mal funcionamiento neuronal, pero sólo la ley (distinta para cada tribu) puede marcar la línea roja entre lo lícito y lo ilícito, la justo y lo injusto, el bien y el mal, conceptos todos ajenos a la naturaleza, inventados por el hombre para proteger la convivencia social. Pero su culpa mayor no será el incesto, sino la privación de libertad a su hija durante 24 años y sus siete hijos-nietos, suceso que ha conmovido a la sociedad en esta primavera de 2008.
No solamente los primitivos humanos, ni los legendarios dioses inventados por griegos y romanos, practicaron el incesto. Entre las primeras civilizaciones históricas, está documentado que los reyes egipcios fueron incestuosos para conservar la “sangre azul” de los dioses, que se transmitía por línea femenina. Así, en los Textos de las pirámides se narra la leyenda del dios Osiris, hermano y esposo de Isis, que sirvió de modelo a todos los faraones (Plutarco, Isis y Osiris). Akhenaton, que inició el culto monoteísta, desposó a cinco de sus hijas, además de estar casado con la bella Nefertiti; la reina Hatshepsut yació con su hermano Tutmosis II; Ahmes fue hermana y esposa de Amosis I; Ramsés II, que dominó Egipto durante sesenta años en el siglo XII a.C., tuvo un inmenso harén, donde produjo doscientos hijos, algunos nacidos de las cuatro hijas con las que copuló, sin contar la intensa relación con su amada Esposa Real, Nefertari.
Carlos I de España

Germana de Foix, abuela y amante de Carlos I
El incesto, aunque produzca escándalo social, no es una más de las perversiones sexuales que atenazan al pobre mortal. De hecho, Luis Antonio de Villena no lo cita en su conocido Libro de las perversiones (1992). Generalmente el incestuoso se comporta como verdadero enamorado, cuida amorosamente de sus víctimas, se hace cargo de ellas cuando es necesario. Pero las más de las veces intenta ocultar su amor vicioso por temor a la opinión ajena. El hombre, por muy amoral que sea, puede presumir de amantes, pero nunca de amores incestuosos, que esconde incluso a los más íntimos. El incesto es el secreto mejor guardado. En España tenemos el caso, desconocido hasta que lo desveló una tesis doctoral, de las relaciones incestuosas del joven rey español Carlos I, a los 17 años, con su abuelastra Germana de Foix, de veintinueve, viuda de su abuelo Fernando el Católico, que dieron como fruto una niña olvidada en los archivos de Palacio: Isabel de Castilla, fruto del amor prohibido con amante de la misma familia. Casos como éste, de personas notorias, habrá en los anales de cualquier comunidad, pero muchos más entre el pueblo llano, cuyo secretos no interesan a nadie, pero que se comportan con la misma sumisión, inconsciente, a las misteriosas órdenes genéticas de supervivencia de la especie. Vandalio.



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13.05.08 @ 12:57