Hoy me siento triste. Sin motivo. No tengo ningún dolor físico de importancia. Mi salud es bastante buena para mi edad. Estoy rodeado de una familia adorable, que me abruma con sus muestras de cariño, como mis numerosos amigos, dentro y fuera de la “red”. Mi dolencia, si bien lo examino, es puramente psíquica. Digo dolencia por decir algo, porque realmente no sé lo que me pasa. Mis órganos corporales responden bien a su finalidad genética de mantener con vida mi cerebro, que funciona con asombrosa precisión y que me gratifica sin cesar, sobre todo cuando dedico mi tiempo a reflexionar sobre las “verdades ocultas” que me desasosiegan si no consigo encontrar la solución, iluminando cuanto me es posible esas zonas en penumbra que esconden los secretos de la vida: quién soy, por qué soy, por qué soy como soy, hasta cuando seré como soy, qué seré cuando ya no sea.

La palabra “tristeza” no refleja bien este sentimiento, que se acerca a la melancolía, que puede ser nostalgia de un pasado que no ha de volver, desazón, falta de sosiego, de calma, de tranquilidad. No llega a ser “angustia”, ni “congoja”, ni “pena”, ni “depresión”, aunque comparte algo de todas ellas. He preferido acudir a un anglicismo, de origen dieciochesco y elevado a categoría vital con el romanticismo, la palabra “esplín” (spleen, en inglés), que viene a significar “tristeza sin motivo aparente” (no "aburrimiento", como sugiere Elsy Rosas). Este es mi caso, con el que creo se pueden identificar en algún momento miles de personas de todos los rincones del mundo. Mi “esplín” particular va acompañado de una sensación de vacío, de sueño utópico, de impotencia al no poder atrapar el brillante mercurio que se escapa entre mis dedos. Pero el ”esplín” es un sustantivo abstracto, sin verbo que lo active, un gusanillo sin futuro que me carcome sin que yo pueda ni comprenderlo ni destruirlo. He de soportarlo en días aciagos (por fortuna, poco numerosos) y olvidarlo al despertar en días de alegre vitalidad, como si la sangre que me oxigena fuese unos días envenenada por la bilis y otros saltarina y bulliciosa como los manantiales de luz en primavera.

Naranjo de Bulnes

El Naranjo de Bulnes (Picos de Europa)

He dejado escrito que no sé la causa de este ”esplín” que me desasosiega. Pero si bien lo pienso, quizás no haya más motivación que el bien perdido. Hace unas semanas he pasado unos días maravillosos en Asturias. He subido en el funicular de Bulnes a los Picos de Europa, la patria de mis antepasados, con su “Naranjo” cubierto de nubes casi perpetuas, donde impera el silencio, casi tocando el cielo, con su mole siempre erguida, con vetas de color violeta, según la hora del día, entre peligrosos abismos que me obligan a estar siempre alerta, con ojo avizor, atento a un mundo que abruma con su belleza. Como los barrancos y desfiladeros del río Cares, que dejo atrás para gozar del verde brillante de los prados asturianos, de las masas boscosas con diferentes tonalidades otoñales, desde el verde intenso de los cedros al amarillento de los robles y al ocre de los hayedos de Covadonga. Un salto más y me enfrento al horizonte infinito del mar Cantábrico, que brama en los “bufones” de Llanes y se desliza fantasmagórico entre los peñascos de la playa de Toró, para contener su bravura en la bellísima playa de Ribadesella. Treinta o cuarenta siglos han pasado desde que los primitivos hispanos se cobijaban en esas grutas asturianas, a orillas del mar, como la de Tito Bustillo, donde el primer humano con sensibilidad artística se atrevió a dejar sus dibujos en las paredes rocosas de la cueva.

Rompeolas en Tazones

Siguiendo por la costa, pude contemplar, no sin emoción, el pequeño puerto pesquero de Tazones, donde el futuro emperador Carlos V desembarcó en 1517, sin hablar ni una palabra de español, pero dispuesto a hacerse cargo de la monarquía heredada. Dicen las crónicas que el rompeolas de Tazones lo libró de la furia del cantábrico, símbolo de las fuertes pasiones amorosas. De allí a Gijón, donde visité la casa natal y la tumba del gran Jovellanos, y a Oviedo, siempre limpia y seductora como la bella dama de la “Regenta”, con quien se puede conversar a cualquier hora del día o de la noche, porque está inmóvil en su peana, como estatua de sal. De Oviedo me gusta hasta el chirimiri que me impide levantar la cabeza para ver el cielo.

Tantas y tan diversas emociones tuvieron la natural consecuencia de vivir unas jornadas de alegría, de exaltación de los bellos sentimientos. Pero todo termina y al cabo el sabor dulce se convierte en la acidez de la pérdida. Si no hoy, algún día será el último en disfrutar de estos placeres otoñales. Por eso, quizás me deba aconsejar a mí mismo que no vuelva a buscar sensaciones tan intensas de gozo, por muy primitivo que sea, porque, según el adagio latino, post festum, pestum. O, dicho en román paladino, “no hay mal que por bien no venga”. Pero esta verdad no me consuela lo suficiente para que, como por ensalmo, desparezcan de mi vista esos maravillosos recuerdos, que tanto daño me hacen. Mis endorfinas se han ido de vacaciones. Mientras tanto, me enfrento a mi ”esplín”, escuchando con arrobo el Vals triste de Sibelius. Vandalio.

Monumento a Sibelius, en Helsinki

Monumento a Sibelius, en Helsinki