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  • LIBERTAD (2)

    Hace hoy exactamente dos años, publiqué aquí un comentario a la palabra LIBERTAD, para presentar mi soneto “Muerte”, cuyo último verso es “morir será la libertad soñada”.Hablaba de la libertad como un “concepto moral ligado de por vida a la conciencia humana” y precisaba que, en mi opinión, la muerte nos libera de ese “mal sueño” que es la vida, “esa libertad tan deseada por el hombre y tan negada por las leyes de la naturaleza”. (Naturalmente, era una imagen ucrónica, para entender que nunca seremos libres, ya que, tras la muerte, no hay nada). Ese pesimismo, fruto maduro de los años, viene hoy a ser corroborado por el último libro científico que ha caído en mis manos y que recomiendo vivamente a quienes no tengan miedo de enfrentarse a la negra verdad de nuestra existencia.

    El autor es un conocido catedrático español, Francisco J. Rubia, experto en ciencias neurológicas, cuyos últimos secretos nos descubre en El fantasma de la libertad. Datos de la revolución neurocientífica, publicado por el editorial Crítica hace escasas semanas. Libro que no sólo me confirma en mi pesimismo sino que viene a precisar, desde el punto de vista de la ciencia, “la inmensa capacidad de autoengaño que posee el ser humano”.

    Delacroix.Libertad

    Nada que ver con la ‘libertad’ social o política, magníficamente representada por Delacroix en su cuadro de 1830 La Liberté guidant le peuple, del Museo del Louvre, ni por la ideología liberal, defendida por filósofos como Isaiah Berlin, cuyo centenario celebramos. Se trata de la libertad interior, propia del ser humano, negada hace siglos por otros filósofos “deterministas”, y en especial por el judío Baruch Spinoza (1632-1677), quien dejó escrito, siguiendo a Demócrito (s.IV a.C.), que “los hombres se equivocan si piensan que son libres”.

    Se trata, en definitiva, de combatir la idea moral de creer que el hombre está capacitado para elegir entre el bien y el mal, que puede tomar decisiones ‘libres’ ante cualquier aspecto de la vida. Que no está ‘condicionado’, ni mucho menos ‘subordinado’ a ningún imperativo moral, como quería Kant. Esta “fe en la libertad” es una de las creencias más arraigadas en la cultura humana, sobre todo en la occidental. Frente a este ‘liberalismo’ o ‘libertalismo’, se alza el ‘determinismo’, primero filosófico y hoy científico, que dice que ‘no somos libres’, que estamos ‘determinados’ por las leyes de la naturaleza.

    Aunque esta sea mi opinión, lo que quiero es dejar la palabra al profesor Rubia, para que nos exponga las conclusiones a que va llegando la Ciencia neurológica en estos últimos años. Como dijo Freud, “no somos dueños de nosotros mismos, sino que estamos condicionados por un subconsciente capaz de inducir conductas que nosotros atribuimos falsamente a una voluntad, a un ‘libre albedrío’ que ahora está poniendo en tela de juicio la neurociencia”…proclamando que es “una ilusión” incompatible “con las leyes deterministas que gobiernan el universo”.

    De mi lectura, selecciono algunas frases: “Cuando se dice que la libertad es una ilusión, que todos nuestros actos están determinados, tropezamos de nuevo con nuestra impresión subjetiva de ser libres para decidir…Y sin embargo los físicos nos dicen que todo el universo está sometido a las leyes deterministas de la naturaleza”. “Cuando se dice que el libre albedrío es una ilusión, la gente se escandaliza pensando que es una afirmación absurda, dado el convencimiento que todos tenemos de ser libres”. La doctrina religiosa, con su idea de un ‘alma’ inmaterial, que no depende de las leyes naturales, y que abandona este mundo en cuanto el cuerpo se descompone, escamotea el problema, como en un truco de magia. Los ‘dualistas’ (creyentes en alma/cuerpo) “no han podido explicar nunca cómo y dónde tiene lugar la interacción alma-cuerpo o mente-cerebro, si sustituimos la palabra alma por mente. Todos los intentos han sido un fracaso”.

    Alma.Museo de Cataluña

    Los ángeles llevan al cielo el alma del difunto (Museo de Cataluña)

    “La mecánica cuántica ha sido el refugio de los defensores de la existencia de la libertad, con el argumento de que en la microfísica no existe el determinismo. Pero…la indeterminación es aún peor, porque deja la libertad al azar”. Cita al profesor de la universidad de Bremen, Gerhard Roth (“Las decisiones para nuestros actos proceden del inconsciente”) para afirmar que “tenemos la impresión de que sabemos lo que hacemos, pero en realidad el yo consciente lo único que hace es atribuirse algo que no es obra suya”.

    La argumentación avanza hasta las negras aguas del abismo: “la no existencia del libre albedrío supone una carga de profundidad en la línea de flotación de ese buque llamado ‘orgullo humano’…supone una auténtica revolución de la imagen que el ser humano tiene de sí mismo”. ..”algunos neurocientíficos modernos sostienen (como el Calderón de La vida es sueño) que realmente toda la vida es una ilusión”.

    “La falta de libertad cambiará completamente la valoración que hacemos de nuestra propia conducta y de la conducta de los demás…Sólo podemos castigar a personas que son responsables de sus actos”. Temblarían los cimientos de toda sociedad, de toda religión, de cualquier ordenamiento jurídico. “La falta de libertad conllevaría ausencia de responsabilidad y de culpa, de manera que se cuestionaría la existencia misma del pecado”.

    “Los deterministas, entre los que se encuentran muchos científicos, piensan que el término voluntad libre o libre albedrío es una noción teológica y filosófica que tiene sus raíces en una época precientífica, en la que no existían los conceptos modernos de causalidad y leyes físicas”. Por eso, “si el determinismo es cierto, cada cosa que hacemos está causada en última instancia por sucesos y circunstancias que están fuera de nuestro control”…”Todas las cosas están físicamente determinadas, la posibilidad de elección es nula, y en consecuencia, la responsabilidad personal también”.

    Nadie niega la impresión íntima de ser libres, pero ¿lo somos realmente? Al negar la existencia de un ente inmaterial –el alma- que nos gobierna, “el cerebro, como materia que es, tiene que estar sometido a las mismas leyes que rigen el resto de la materia del universo”…Si no es así, ¿cómo es posible que el cerebro sea una excepción a las leyes de la naturaleza? Los numerosos experimentos que hoy día se realizan sobre el supuesto comportamiento neuronal, “ponen en tela de juicio que el libre albedrío tenga alguna confirmación neurológica” y demuestran que “lo que llamamos ‘yo’ es una ficción cerebral”. En resumen, y citando los experimentos de numerosos neurobiólogos del momento, el profesor Rubia concluye que: “la voluntad no es alguna causa o fuerza motor en una persona, sino la ‘sensación’ consciente y personal de esa causa, fuerza o motor”. Pero sabemos que la sensación no es más que una construcción cerebral, que ocurre en el inconsciente, sobre la que no puede actuar la voluntad.

    En definitiva, me pregunto: ¿logrará la Ciencia cambiar la visión antropocéntrica que tenemos de la vida? ¿cuándo aceptaremos, por fin, que no somos ‘algo’ extraño a la naturaleza, sino que formamos parte de ella? ¿que carezco de libertad, porque son las leyes naturales las que me gobiernan? Preguntas sin respuesta, mientras la Ciencia no sea la estrella que nos guíe en el inmenso mar de la ignorancia.

    (Me ha salido un ‘ensayo’ demasiado largo, pero creo que interesante). Vandalio.

  • EVANGELIO

    Rubens.Nacimiento

    Rubens. Nacimiento de Jesús, en la catedral de Amsterdam

    Ningún dios puede anidar en la conciencia de los creyentes sin el apoyo de unas Escrituras sagradas. Pasó con Yahvéh y pasó con el dios cristiano. Sin los textos del Nuevo Testamento, Jesús de Nazareth no hubiera sobrevivido como Hijo de Dios y Redentor del género humano. La memoria es frágil y ningún individuo ni suceso, por grande que sea, puede remontar el abismo del olvido sin la constancia escrita, aunque sea en tablillas de barro o en rollos de papiro. Nunca estaremos bastante agradecidos a quienes inventaron la escritura, y los sucesivos sistemas de soporte, básicos para la historia de nuestra especie, la única que disfruta del privilegio de la comunicación, sin la cual no hay ni humanidad, ni cultura, ni progreso. Ni dioses que lo bendigan.

    La historia del nacimiento del cristianismo es la historia de un movimiento religioso que se promueve dentro del judaísmo, porque, como dice Antonio Piñero, ?el Nuevo Testamento es heredero de ideas que vienen directamente del Antiguo Testamento? (Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta, 2006). "No representa aún plenamente la ortodoxia de la Gran Iglesia", dice Piñero, en referencia a la 'secta' mayoritaria que "se va formando poco a poco y tardaría siglos en imponerse".

    Sus autores fueron todos judíos del siglo primero, de la segunda generación de discípulos de Cristo, y por tanto, estos textos pertenecen de pleno derecho a la literatura judía. Pero, curiosamente, escribieron en griego, por lo que también pertenecen a la literatura griega. Como Jesús no dejó nada escrito, el primer texto cristiano es la primera carta de Pablo a los tesalonicenses, que se escribió en el año 51 d.C., y el primer evangelio fue el de Marcos, fechado entre el año 70 y el 71 d.C. Por tanto, los primeros textos de los cristianos fueron cartas, escritas en papiros, de las que sólo se conservan copias. Hasta el siglo III d.C. no se sustituyó el rollo de papiro por el códice, en forma de libro.

    La importancia cultural del Nuevo Testamento (recordemos: "Nueva Alianza") no es discutible, tanto en tiempos pasados como en la actualidad, en que se venden quince millones de ejemplares cada año. Son en total 27 'obras' de hace casi dos mil años, redactadas por personas muy ajenas al mundo de hoy, pero cuya influencia ha sido para Occidente, al menos, de una trascendencia evidente. Los evangelios se conservan en unos 2.400 manuscritos, las epístolas en 660, las cartas de Pablo en 880 y los Apocalipsis en 300, no siempre coincidentes entre sí.

    Antonio Piñero contabiliza medio millón de 'variantes' en los diferentes textos, de las cuales unas 200.000 afectan al sentido de lo escrito, porque "existía cierta libertad entre los copistas para alterar el texto, según sus convicciones". (Menos del 3% de los textos procede de los cinco primeros siglos de la Iglesia, la mayoría se escribieron en la Alta Edad Media). El embrollo es de tal categoría que Piñero no duda en afirmar que "Sobre esta cuestión de qué texto es el auténtico no se ha definido nunca la Iglesia y probablemente no se definirá jamás".

    Hasta 1514 no se editó una versión compulsada y correcta, en varios idiomas, por primera vez en griego, en Alcalá de Henares (España), conocida como la Biblia Políglota Complutense. El texto actual del Nuevo Testamento es 'fiable' en un 95%, gracias al Instituto, radicado en la ciudad alemana de Münster, para el estudio y reconstrucción científica de los textos bíblicos.

    Pero, como se sabe, no todos los textos alcanzaron la 'bendición' eclesiástica de la 'Gran Iglesia'. Los 'no benditos' fueron sellados con el marchamo injurioso de textos apócrifos (oculto, secreto). A finales del siglo I d.C. se depuró el Antiguo Testamento de algunos textos que no se consideraron 'sagrados' porque no 'encajaban' con los demás aprobados. Así, desaparecieron del 'canon' los Salmos de Salomón, la Oración de Manasés, la Plegaria de José, la Vida de Adán y Eva, la Vida de los profetas, el Martirio de Isaías, varios Apocalipsis, los Oráculos sibilinos y los Testamentos de Adán y de Moisés.

    Respecto al Nuevo Testamento, la mayoría de lo textos 'rechazados' se escribieron entre los siglos II y IV a.C., cuando ya estaba casi formado el 'canon' de los aceptados como verídicos (y válidos). Pero este rechazo, fuese por motivos doctrinales o legendarios, no ha impedido que muchas de estas secuencias apócrifas hayan dado vida a obras de arte, a tradiciones populares, incluso hayan sido admitidas en la liturgia y la piedad cristianas. Respecto a los evangelios Piñero nos hace ver que "los cuatro evangelios canónicos no son más que una pequeña muestra de la literatura evangélica" (Antonio Piñero, La Biblia rechazada por la Iglesia, Esquilo, 208).

    Los no canónicos se continuaron leyendo, a pesar de su prohibición en el siglo II d.C. por la 'Gran Iglesia',que los intentó destruir, sin conseguirlo del todo, ya que fueron conservados, fragmentariamente al menos, los referidos a la natividad e infancia de Jesús, los de su pasión y resurrección y otros, como el 'evangelio de los nazarenos', que se conocen por citas de autores posteriores.

    Sin duda, los más importantes se descubrieron en 1945, por dos pastores egipcios en las cercanías de Nag Hammadi (Alto Egipto), con trece códices en papiro, escritos en lengua copta, que contenían multitud de textos, fundamentalmente gnósticos , editados hace poco (A. Piñero, F.G.Bazán y J.Monserrat, Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, Trotta, 2008), pero que habían sido ya comentados teológicamente años antes por Elaine Pagels en Los evangelios gnósticos (Crítica, 1982). Destacan entre ellos El evangelio de la Verdad, El evangelio de Tomás, El evangelio de Felipe, El protoevangelio de Santiago, El evangelio del Pseudos-Mateo, El evangelio del Pseudo-Tomás, El evangelio de Bartolomé, y las Actas de Pilato.

    Años después, en 1978, fue descubierto, también en Egipto, El evangelio de Judas, cuyas primeras palabras son: "Palabras secretas de la revelación que Jesús habló con Judas Iscariote durante ocho días", según la edición de Antonio Piñero y S. Torallas (Vector Libros, 2007). El texto pertenece a la secta gnóstica y pretende convencer al lector de que, en realidad, Judas no era el discípulo traidor, sino el preferido del Redentor, a quien se revelan misterios que ningún otro conoce. Fue escrito en griego, a mitad del siglo II d.C.

    Los evangelios apócrifos, escritos a partir del año 150 a.C. están plagados de leyendas fantasiosas, ideas incompatibles con una doctrina religiosa, excepto los textos agnósticos, que compitieron con los cristianos 'ortodoxos' en los primeros siglos, que resultaron vencedores en la batalla, aunque los especialistas reconocen su influencia en textos canónicos, como el Evangelio de Juan.

    Todos los evangelios conocidos, tanto apócrifos como canónicos, escritos y copiados desde la mitad del siglo I hasta el siglo X d.C. han sido traducidos últimamente de sus lenguas originales y publicados por el infatigable catedrático Antonio Piñero (Todos los Evangelios, Edaf, 2009). Lo escrito me sugiere una conclusión deprimente: La imaginación humana nos lleva por caminos insospechados y distintos, a metas igualmente diferentes, en un caótico mosaico de creencias que mal nos pueden conducir a la verdad.

    ¿Es creíble que si Jesús de Nazareth fuera realmente un dios iba a dejar que sus criaturas se perdieran en este laberinto de ideas, fundamentales para conseguir la salvación? La falsedad ocupa todas las páginas de estos textos interesadamente 'sagrados'. Lo cual nos conduce a otra pregunta decisiva: ¿Quién era realmente Jesús de Nazareth? Vandalio

  • ATRAPADO

     

    tela de araña

     

    Parece la palabra de moda. El sábado 28 de marzo de 2009, leí en el suplemento semanal del diario español El Mundo, un artículo inteligente y emocionado de Bárbara Alpuente, en el que confiesa sus dudas, No entiendo nada (?no entiendo por qué se nace o por qué se muere?). Pero es una frase brillante la que me estimula a escribir algo: ?Soy una duda inmensa, un individuo atrapado en una sempiterna interrogación?. Al día siguiente, en otro suplemento, confesaba también ?Anita la fantástica?, un vanidoso ?mito erótico? español: ?Soy una cabeza de hombre atrapada en un cuerpo de mujer?. Atrapado. ¡Qué palabra tan cargada de  simbología!

    Palabra que ha llamado a mi puerta y me pide un comentario. El primero que me viene al recuerdo es esa palabra en la historia del cine, con la viva imagen de Atrapa a un ladrón, de Hitchcock (1955) con Cary Grant y Grace Kelly, aunque el verbo ?atrapar? no pase de una mera acepción policial. Pero la historia no termina aquí. Hay otras muchas películas sobre seres humanos que se sienten ?atrapados?.  Normalmente el título en español no es traducción del original sino invención del traductor para suscitar más el morbo del posible espectador, que, de esta forma, es el verdadero ?atrapado? por la seducción de ese título.

    Así, la película Caught (Atrapados,1949) del judío Max Ophüls, con James Mason de protagonista; The Naked Runner (Atrapado,1967) de S.J. Furie, con Frank Sinatra; Marooned (Atrapados en el espacio, 1969), de John Sturges, con Gregory Peck y Gene Hackman; No Mercy (Atrapados sin salida, 1986), de Richard Pearce, con Richard Gere y Kim Basinger; Gronndhog Day (Atrapado en el tiempo, 1993), de Harold Ramis, con Andie McDowell; Carlito?s Way (Atrapado por su pasado, 1993) de Brian de Palma, con Al Pacino y Sean Penn; White Man?s Burden (Atrapado, 1995) de John Travolta; Une femme piagée (Atrapada, 2001), del francés Laurent Carceles, con Marion Cotillard. En todas ellas predomina el sentimiento de ?haber caído en la red? de algo que amenaza la supervivencia. Por ejemplo, la delincuencia habitual. En Carlito?s Way se escenifica la imposibilidad de la reinserción en la sociedad de ciertos delincuentes, ?atrapados? en la red de su condición humana, genéticamente inclinada al crimen.

    Vivir atrapado, es,  en definitiva, un trasunto de la vida. Cualquier ser humano se ha sentido ?atrapado? en algún momento por algún motivo. Hay quien queda atrapado por una enfermedad incurable, por la incomprensión y la soledad, por la angustia y por el miedo, por la depresión, por la ignorancia, por un trabajo que incomoda. Sobre todo, la tela de araña del sexo, que a todos nos ?atrapa? por mandato natural, pero que en ocasiones no nos deja escapar.  Si me ?atrapa? el amor soy feliz, pero siempre con la angustia de no saber si se acabará.

    Lazos, cuerdas y redes, que son invisibles, como las ondas electromagnéticas que nos rodean, sin que nos demos cuenta. Sin ellas no existiría la radio, ni la televisión, ni los teléfonos móviles. Vivimos inmersos en el aire, como el pez en el agua, sin que mis sentidos se percaten de esas ondas ni de las micropartículas que pululan a mi alrededor, que trago al respirar, acompañadas de virus y bacterias contra las que sistema inmune tiene que luchar continuamente. Aunque sean muy tenues, los rayos lumínicos se cruzan constantemente en mi camino; vienen de todas direcciones, y a veces me pueden cegar. La naturaleza es pródiga en redes, siempre rectas, que abarcan todo cuanto desea vivir en la superficie del planeta. ¿Y la gravedad? ¿No estoy ?atrapado? por la gravedad? Si, afortunadamente, porque si no, sería un astronauta sin futuro.

    Ya no hay duda. Los ?genes? me ?atrapan? y no me permiten salir de su dominio sin un esfuerzo sobrehumano. Eso me dice la ciencia y yo la creo, porque esa es mi experiencia. Soy esclavo de mi condición humana. Pero también lo soy de ciertos ?memes? que orientan mi vida desde mi infancia: costumbres, idioma, familia, ambiente cultural, odios y amistades, religión.   ¿Quién es capaz de romper estos lazos heredados y aprendidos? ¿Quién es capaz de zafarse de esa red mundial de comunicación (WWW) una vez que cae en su trampa colosal y maravillosa?

     

    Weiden.S

     

    Hay otros hilos que no veo pero siento, los hilos de los deseos no satisfechos, de la codicia, de la pereza, de la vanidad, del egoísmo, de la soberbia, de la sensualidad, de la ira y de la violencia. Pero nadie me advirtió de otra red invisible, la poderosa imaginación. De ella decía santa Teresa que era ?la loca de la casa?, y Pascal, más reflexivamente, que era la ?enemiga de la razón?. Con la edad adulta he comprendido que mi razón, mi juicio crítico, que ha de ser mi mayor timbre de gloria entre mis parientes primates, ha estado dominada por mi imaginación, con sus hilos viscosos pero resistentes, llevándome a un mundo invisible, inexistente,  pero muy atractivo, que me aparta de mi sublime condición humana.  Al mundo del fetiche, del tótem, de la fe en los inexistente dioses,  de las creencias en otro mundo feliz, siempre imaginado, para calmar la angustia del fin inevitable. Afortunadamente, encontré la forma de romper esos hilos invisibles de la imaginación religiosa. Ahora me siento libre y feliz. Vandalio.

     

     

  • CARTA-HOMENAJE A CHARLES DARWIN

    Darwin(2)


     

    Día 12 de febrero del año 2009

     

    Profesor y amigo Charles Darwin:

     

    En este día de tu aniversario, quiero ofrecerte mi homenaje de agradecimiento, lejos de ti en el tiempo, en la distancia, en la sabiduría y en la fama. Pero muy cercano en la tenacidad del trabajo, en la soledad de la investigación, en la duda permanente, en la vida atormentada entre la ciencia y la fe, entre la razón y el sentimiento, entre el amor creyente y la verdad científica conquistada con tanto esfuerzo.

     

    Te agradezco que me hayas abierto los ojos sobre mi condición animal, contra las falsas ideas de mi filiación divina, que me inculcaron desde la niñez. Te agradezco que me hayas demostrado que no soy más que una ínfima parte de la Naturaleza; que comparto mis genes con mis parientes primates, especialmente con los chimpancés; que mi origen es evolutivo, y no un acto ‘creador’ de ningún Dios, alguien tan inexistente como mi admirado caballero don Quijote de la Mancha; que soy el último eslabón de una cadena de antepasados que lucharon ferozmente por sobrevivir, no sólo frente a la indiferencia de mi madre Naturaleza, sino frente a sus propios congéneres, adornados con los vicios abominables de crueldad, avaricia, codicia, soberbia y despotismo que después sirvieron para crear esos dioses inventados que tuve siempre por espíritus reales y omnipotentes.

     

    Te agradezco que hayas limpiado mi mente de tanta superchería supersticiosa con que alimentaron mis sueños, con la buena intención de alejarme de la maldad y seguir los pasos del bien moral, aunque fuese a costa de la verdad. Te agradezco que me hayas animado a leerte con más empeño cada día, ilusionado con la luz que irradian tus libros. Te agradezco que hayas limpiado mi conciencia de la angustia del pecado y de la muerte. Si ya no es necesaria ninguna creencia en alguien sobrenatural para explicar mi vida; si ya he de olvidarme de los castigos del infierno tanto como de las delicias del cielo porque Dios no existe, tampoco he de temer al pecado, a la muerte o al juicio final.

     

    Te agradezco que hayas abierto el camino a miles de investigadores en las ciencias de la naturaleza, biológicas y neurológicas sobre todo, que me han enseñado el camino de la verdad científica, mucho más fiable que la verdad religiosa, que se fundamenta en algo tan absurdo como la revelación de esos inventados espíritus que sienten sin corazón,  que piensan sin cerebro, que ven sin ojos, que oyen sin oídos, que hablan todas las lenguas posibles sin haber estudiado, que se cuidan (según dicen) de cada uno de mis átomos presentes, como se cuidaron de los pasados y se cuidarán de los futuros, porque tienen corta vida , tan invisibles como vosotros. ¡Qué ironía!.

     

    Te agradezco, en fin, que hayas soportado tantos años de incomprensión y de feroz embestida de los creyentes en cualquier credo cuyas teorías fueron destruidas por las tuyas. Te agradezco que no tuvieras miedo al enfrentarte a la verdad de tu poderosa mente, embarcada en el precioso navío de la libertad de conciencia. Te agradezco que dieras la espalda a la falacia de la fe (algo etéreo, también inventado) para abrazarte con amor apasionado a la razón (algo real, mensurable, no regalado por nadie, sino mío por naturaleza). Te agradezco que, al fin, pueda sentirme orgulloso de ser hombre.

     

    No me despido hasta vernos en otra vida, porque, a pesar de todo lo que dicen los más entendidos, no existe ninguna otra vida. La tuya, como la mía, tuvo su fin. No existe más que tu recuerdo. Pero ese sí que será inmortal. Y de momento, vive conmigo, para darme ánimo en el tiempo que me resta, y para sentir la satisfacción de haber hallado, gracias a ti, la íntima felicidad que produce la verdad, el amor de los míos y el odio a la mentira, libre de prejuicios y de angustias existenciales, después de haber despedido para siempre esa fe en dioses inventados que tanto me hizo sufrir en años pasados.

     

    Hasta nunca, tu agradecido VANDALIO.

  • PRÃLOGO

     

    PRÓLOGO

    Publicitario y morboso

    a un libro inédito: OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA.

     

    Tulipanes  

    El búho de Minerva sólo levanta el vuelo

    a la caída de la noche.

    (Hegel, Filosofía del Derecho)

     

    Esta cita de Hegel me recuerda que la verdadera sabiduría, como el búho de Minerva, alza su vuelo en libertad en el ocaso del día, es decir, de la vida, cuando muere la luz de la fe, impuesta por la educación.  Este libro, que espero pronto vea la luz en Internet, tiene algo de confesión, de testamento, de liberación. Al final de mis días voy despojándome de las vestiduras para morir tal como nací, desnudo de tanto impedimento pudoroso con que la sociedad  me ha ido cubriendo, para ser uno más, sujeto a las convenciones que me han permitido formar parte de una tribu, una casta, un eslabón de la cadena de insensateces, falsedades y cuentos infantiles con que pretendían ‘protegerme’ de la ignorancia y la fragilidad. Pero ya es hora de romper las cadenas.  

    Mi experiencia religiosa comienza, a lo que recuerdo, con las inolvidables y frecuentes  funciones de culto católico en la sombría iglesia parroquial. Desde que tuve uso de razón mi padre -católico sincero y ferviente- se preocupó de llevarme a cumplir con el rito dominical. Pero lo que más grabado quedó en mi conciencia infantil fueron las grandes escenificaciones del ciclo litúrgico: Navidad, Semana Santa, Corpus Christi. En esto de la escenificación pocos rivales tendrá la Iglesia Católica. Con el paso de los siglos ha sabido seducir con atractivo sensorial de primera calidad. Los cinco sentidos resultan sacudidos por la emoción. La vista con la estudiada liturgia de las ceremonias teatrales escenificadas en el templo. El olfato, con el penetrante olor del incienso. El oído, con la maravillosa creación de la música sacra. El tacto, con el roce monótono y subyugante de las cuentas del rosario. El gusto, con el inefable contacto físico y místico a la vez de la hostia consagrada. Todo lo experimenté y de todo guardo imagen indeleble en mi memoria.

    Pero, sin duda, lo que más huellas dejó en la inocencia de mi mente fue esa pedagogía, mal llamada educación, que consiste en el adoctrinamiento y sutil esclavitud  ideológica en los maravillosos años de la formación. Una ‘verdad’ impuesta por la autoridad de ‘los mayores’, inyectada a presión en la conciencia virgen, sin posibilidad de réplica, ni siquiera involuntaria, por el sumiso respeto de quien se sabe inferior. De lo cual no culpo a ninguno de ellos, pobres humanos esclavizados a su vez por ese mismo meme religioso en cuya transmisión ponían tanto empeño, como si en ello les fuera la vida. Comprendo que este ambiente religioso ha sufrido una notable evolución en las últimas generaciones, que quizás encuentren  ridículo dar crédito al ‘problema’ religioso íntimo y personal que a mí me afecta tan profundamente y al que intento hacer frente liberándome de los imaginarios fantasmas de mi infancia. Pero a todos respeto –ancianos y jóvenes- porque la felicidad es meta privativa de cada uno, y nadie debe ser proselitista de ‘felicidades’ propias. Cada quien debe buscar la felicidad donde le parezca oportuno, con la única limitación del ‘mandamiento eterno’ que nos permite vivir en sociedad: “No hagas a nadie el daño que no quieras para ti”.

    Conforme fui creciendo, reflexionando y viajando, no dejó de sorprenderme la realidad urbanística de cuantas poblaciones visitaba. Todas ellas se habían desarrollado alrededor de una iglesia, que solía ocupar siempre el corazón del pueblo, destacando como la edificación más importante y ricamente construida, resistente al paso del tiempo, con notable ventaja a castillos, palacios, casonas y centros cívicos, no sólo por su tamaño y grandeza, sino, de ordinario, por su buena conservación. En los pueblos de España podrán faltar edificios públicos de autoridad civil, de recreación o de enseñanza, pero nunca una iglesia, con su torre dominadora y vigilante sobre el resto del caserío. Nada diré de las ciudades de mayor población, con su catedral, colegiata, monasterios, iglesias y conventos, todos ellos edificios de singularidad y valor artístico incalculable, en comparación con las demás edificaciones. Pocos palacios civiles hay que puedan competir en arte y riqueza decorativa con un retablo barroco de cualquier pueblo perdido en los bellos rincones de la geografía española.

    Demasiado para que una mentalidad inmadura pueda ofrecer la más mínima resistencia. En una familia católica nací, en una ciudad y en un país de confesión católica me crié y jamás pensé dejarme subyugar por ninguna otra confesión religiosa. Ni mucho menos por el pecaminoso canto de sirenas que me conduciría al ateísmo. Pero el hombre propone y Dios dispone, máxima que vale tanto para un roto como para un descosido.  Este breve relato de mi ‘conversión’ a la no-creencia, con la subsiguiente apostasía de la religión católica, no me produce ninguna alegría interior, contra lo que pueda parecer, sino un gran sufrimiento anímico  por el tiempo perdido, por el posible dolor que voy a causar a quienes me aman o respetan, acusándome de una traición a la ‘tribu’, que no esperaban de mí. Pero puedo responder a todos que no hay mayor felicidad que la fidelidad a la propia identidad, el descubrimiento del error, del engaño y de la mentira, la liberación de los memes religiosos que condicionan nuestra vida, sobre todo la absurda noción de pecado, con que nos intimidan los predicadores del bien, hipócritas casi siempre, cuya falsa autoridad es el más pesado lastre que ha de soportar el librepensador dueño de su cerebro, de su intimidad y de sus creencias. Parece  un sarcasmo, pero confieso que he encontrado la ‘luz de la verdad’, no en la doctrina aprendida, tan fervorosamente predicada, sino en las antípodas del credo religioso.

    Tardé en aceptar la existencia de ‘otras’ religiones, que el cristianismo no era la  solución definitiva al misterio de la existencia y que era imposible, por tanto, que fuera la única religión ‘verdadera’; que los milagros, presentados como la prueba definitiva de la verdad del catolicismo, no eran privativos de los santos cristianos, ya que también había santos milagreros y prodigios inexplicables en las demás religiones; que la libertad de culto, sin la cual no hubiera prosperado el cristianismo en el mundo romano, había sido negada, incluso con derramamiento de sangre, por el cristianismo posterior; que los papas y obispos, autoconvencidos sucesores de Cristo y de sus apóstoles, lejos de haber llevado una vida digna del fundador, sirviendo de modelo a sus fieles, habían sido en la mayoría de los casos, grandes pecadores, avariciosos, lujuriosos, violentos, hipócritas y traidores a su supuesta fe, hasta el punto de que un historiador alemán ha podido reunir datos suficientes para escribir en varios volúmenes la Historia criminal del cristianismo.

    Más tarde me enteré de que las dos primeras de las Siete Maravillas del mundo, el templo de Zeus en Olimpia y el de Artemisa en Éfeso, estaban consagradas a dioses ajenos al mío, divinidades paganas que habían presidido, en Grecia y Roma, antes de Cristo, el nacimiento de la vieja Europa pensante, de cuya historia formo parte. Mucho más impactante fue mi descubrimiento de algo anterior, fabulosamente misterioso y seductor, como la historia milenaria de Egipto, donde los faraones no sólo tenían contacto directo con la divinidad, sino que ellos mismos se autoproclamaban dioses. ¿Qué son los dos mil años de cristianismo al lado del Egipto faraónico, diez veces más antiguo?

    La consecuencia inmediata no puede ser otra, para un librepensador, que el hacerse cuestión de todas las enseñanzas recibidas en materia de religión. Si todas las religiones cumplen idéntica misión en la sociedad humana, no hay por qué considerar la mía como la verdadera, ya que las hay más antiguas y con mayor derecho de primacía. Y como todas no pueden ser verdaderas, hay que deducir que todas son falsas. La doctrina religiosa es un meme cultural que se me impone desde la niñez, y cuya veracidad debo poner en duda al madurar mi razón. Soy católico porque nací en un país y una familia católica. Si hubiera nacido en una familia budista, ésa sería mi religión, a la cual tendría por verdadera. Lo mismo vale decir de las demás religiones. Conforme avanzas en la edad de la razón, todo se relativiza y la duda penetra en el ánimo, sin hallar respuestas satisfactorias, pero, al menos, se siente la gran alegría de la liberación de la falsedad que atenaza la mente, de poder sacudir las telas de araña que impedían vivir en la verdad.

    Lo que sí pueden hacer las religiones -y de hecho, casi todas hacen- es ayudar a sobrellevar las miserias de la vida, con una esperanza que, no por incierta, deja de ser un gran consuelo individual y colectivo. El misterio de la trascendencia, que comparten todas las confesiones, resulta beneficioso para el creyente, que necesita huir de la nada y sentirse un ser para la eternidad. Los teólogos católicos han cortado el nudo gordiano de la irracionalidad de la fe con tesis como la defendida por Tomás de Aquino, quien afirma que “por su inmensidad, la sustancia divina sobrepasa toda forma que nuestro intelecto alcance” (Summa contra Gentiles, 1, 14:3). Es decir, la “sustancia divina” está fuera de nuestro discurso razonable. Si la ‘Última Realidad’ es solamente cuestión de fe -me pregunto- ¿qué insondables motivos tuvo para salir de su eterno anonimato y para  dotar al homo sapiens de esa facultad única y singular llamada razón hace apenas unos pocos milenios?   ¿Y qué ‘locura’ racional asumió como real esa fantasía de la fe?

    Ha llegado para mí la hora de pensar seriamente en la muerte inevitable. Esa muerte que para los crédulos supone cruzar el umbral de otro mundo, maravilloso, donde nada se opondrá al amor, a la bondad y a la belleza, en caso de ser juzgado digno de la felicidad eterna, abrazados para siempre con quienes amaron en esta vida. Hipótesis que, cuanto más la pienso, más infantil y absurda me parece. Red en la que han caído, como ingenuos pajarillos, todos los miembros de la especie humana que se han fiado más de su imaginación  que de su razón. Si la ciencia conviene en aceptar que los primeros homínidos poblaron la tierra hace más de un millón de años  ¿por qué hubo de esperar esa supuesta divinidad, que se presenta  como el Sumo Bien, a los últimos miles de años para ‘revelar’ esos maravillosos designios que reservaba  para  sus hijos? ¿a qué obedece esa provocadora preferencia por un supuesto ‘pueblo elegido’? ¿qué clase de padre es ese que discrimina  tan cruelmente a los más desvalidos? Y sobre todo, ¿qué razón tuvo para enseñar tan tortuosamente el camino de la salvación, permitiendo el engaño de tantos millones de humanos, perdidos en el impío laberinto de las religiones, buscando, desde el comienzo de los tiempos, una salida que se reserva sólo para los ‘elegidos’? Si de verdad existiera una divinidad creadora, misericordiosa y providente,  que nos ama, nunca sería como el ente sobrenatural que nos predican, ni Yahvéh, ni Alá, ni el Dios cristiano. Y si la vida mortal tuviera un sentido, no sería, desde luego, el que esa supuesta piadosa divinidad ‘condena’ a una vida eterna, sea de premio o de castigo. Igualmente insufrible en ambos casos.

      En estos momentos de reflexión, no encuentro más que comprensión y disculpa para quienes han tenido la desgracia de no descubrir los engaños de la fe, de cualquiera, pero sobre todo de la predicada por los ‘hombres del libro’, es decir, de la Biblia, ese engendro de maldades, falsedades y contradicciones que, incomprensiblemente, ha guiado las creencias y conductas de judíos, cristianos y musulmanes a lo largo de la historia. A las páginas bíblicas han acudido cuantos se han sentido ‘intérpretes’ de Yahvéh, el dios inventado por el errante pueblo hebreo en el inhóspito desierto de Oriente Medio. Más que inventado, ‘fabricado’ con retazos de dioses anteriores, troceados en el eterno vaivén de la historia. Si de algo cabe culpar a los sumisos, sentimentales y no-razonantes hermanos de nuestra especie, es de seguir sin vacilaciones los criterios, milagrosamente ‘revelados’, de una autoridad ‘iluminada’ por sus propias fantasías y auto-proclamada como mensajeros de una invisible deidad, que, con la excusa de hacer el bien, han  sembrado en el corazón de los pusilánimes, la semilla de la fe, aunque con ella iban a nacer las malas hierbas de la superstición y la esclavitud.

    Incluso ellos, los soberbios predicadores de la falsedad, podían aducir en su descargo que estamos rodeados de misterios y que una verdad ‘revelada’ podía colmar las lagunas de nuestra ignorancia y satisfacer el deseo, el insaciable y humano deseo, de conocer los secretos de nuestro origen y de nuestro destino. Pero hoy ya no. Cuando la ciencia va descubriendo uno tras otro, con insobornable tenacidad, los misteriosos arcanos de la vida, se hace cada día más innecesario acudir a soluciones sobrenaturales. Ahora ya no hay más criterio de autoridad que el derivado de la ciencia, debidamente tamizado por la razón humana. Y no porque la ciencia se quiera equiparar a la divinidad, en un acto de soberbia ridículo. El científico sabe que, mientras más descubre, más ignora. Por cada respuesta, nacen cientos de nuevas preguntas. Pero lo que está más claro en cada descubrimiento científico es que la razón resulta incompatible con la fe.

    Y como la fe religiosa es algo muy personal, que determina ‘mi’ salvación o ´mi’ condenación eternas, no me preocupan en este aspecto los problemas sociales, ni las ideologías políticas ni la repercusión que en las diversas sociedades pudiera tener la aceptación de mis ideas. Tampoco es mi intención influir en nada ni en nadie. Cada uno debe buscar la felicidad como y donde bien le parezca, pero sin hacer daño al prójimo ni predicar un proselitismo belicoso y sectario. A fin de cuentas, para quien opina que la muerte es el destino final de la persona, ¿qué objeto tiene convencer a nadie de lo contrario? Procuro, en mi vida privada, interiorizar el problema religioso, con escrupuloso respeto a todas las creencias. Mi propósito, al escribir sobre estos temas que tanto me preocupan y han ocupado tantas horas de meditación en mi vida, no es otro que el de dar testimonio de mis finales certezas, dejar constancia de mi paso por este mundo, y acaso buscar un alma gemela que acoja con satisfacción estas reflexiones.  Nunca el polemizar, ni con filósofos profesionales ni con fanáticos creyentes, que jamás se dejarán convencer. Y harán bien: una vez hallada la felicidad hay que defenderla contra toda clase de opositores. Este es mi caso, después de haber logrado ser feliz al liberarme de la angustia del pecado y de la fe irracional y tiránica, para abrazar emocionado el mayor tesoro que mi razón puede alcanzar en el inseguro peregrinar por este valle de lágrimas: la libertad de conciencia, individual e intransferible.

    Esas reflexiones, que pensaba intitular como La quimera de los dioses, irán ordenadas y sistematizadas en forma de libro, por si algún día pudieran quedar impresas en papel para servir de alimento a mentes deseosas, como la mía, de vencer a genes y memes antes del inevitable final. Es la única batalla que quisiera ganar. Para la cual invoco la ayuda de la diosa griega Niké, la Victoria que tanto me emocionó en la escalera principal del parisino Museo del Louvre. La Quimera es descrita por Homero en la Ilíada (VI, 179) como un monstruo horrible, “de raza divina, no humana: por delante león, por detrás serpiente, y en la mitad cabra, y de sus fauces salía la terrible furia de una ardiente llama”. Monstruo que fue abatido por el legendario Belerofonte,  héroe de Corinto, a lomos del alado caballo Pegaso, armado con una lanza. De esta imagen mítica nacieron otras paganas de héroes como Hércules o Perseo, que más tarde dieron forma a los mensajes cristianos de san Miguel y san Jorge.

    En todo caso, es metáfora de la victoria del bien sobre el mal, pero cuya semántica cambió radicalmente durante el Renacimiento, viniendo a significar simplemente una ficción, “lo que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo”. En este sentido simbólico lo quise proponer, como una ficción, una virtualidad, que carece de realidad ontológica, y que sólo admite como verdadero una mentalidad crédula, poco formada o fanatizada por los mensajes interesados de la auctoritas, grabados en la mente por los memes, que anulan las posibles  dudas de la razón humana. Sin embargo, me ha parecido mejor el título escogido: Ojos que no ven, corazón que no quiebra, como ya se verá, tomado de un refrán cervantino. Quimera. Ojos que no ven. ¡Qué más da! En todo caso, lo lanzo al aire con el mejor de mis sentimientos afectuosos, para que lleguen a los confines del corazón, esperando y deseando que mis argumentos sean comprensibles para todos mis amigos. No he podido reducirlos y simplificarlos más, sin desfigurarlos. Las páginas van numeradas, por si alguien las quiere coleccionar. También espero correcciones y comentarios, por si algún día  puedo corregir y publicar el libro en papel impreso. Repito: ni es un libro original, ni es para filósofos o teólogos. No pretendo abrir ninguna polémica.  Cada cual es (o debe ser) libre para pensar y dejar sus pensamientos a la posteridad. Esta idea no llega, pero se acerca a la inmortalidad.

    He de pedir disculpas por este Prólogo, que ya va siendo demasiado largo, pero que me ha parecido oportuno incluir en las GRANDES PALABRAS como un reclamo publicitario para la edición digital (aún no sé en qué ‘sitio’ de la red en la que todos estamos atrapados) que pienso vaya apareciendo por entregas a comienzos del año 2009. ¡Que seáis felices! Vandalio.

     

     

     

     

     

     

     

  • ILUSTRACIÃN

    ¡Atrévete a saber!

     

     Con esta frase imperativa el filósofo alemán Immanuel Kant resumía en 1785 las aspiraciones racionales de la Ilustración europea. Era el primer mandamiento al que debían someterse los seres humanos, al llegar a su mayoría de edad como especie, para conseguir la perfección de su ‘humanidad’. La forma latina Aude (“atrévete”) que sigue al infinitivo Sapere (“saber”) fue la elegida por el filósofo para alertar a sus contemporáneos (Sapere aude) del temor que había arrinconado desde los comienzos de la hominización a la maravillosa facultad de la razón en algún recoveco del cerebro, sin desplegar todas sus posibilidades, ante lo que veía como insondable y pavoroso misterio de la naturaleza. Cierto que las agrupaciones más primitivas habían conjurado ese temor desde supuestos mágicos; cierto que, al menos desde las civilizaciones organizadas, como los egipcios, sumerios o cretenses, griegos o romanos, se habían enfrentado al problema  acudiendo a la divinización de sus propios temores; cierto que los filósofos más notables de la historia europea, durante veinticinco siglos habían ido ganando terreno, mediante su razón, a las secretas oscuridades de la existencia. Pero no es menos cierto que, aún los más brillantes, desde Platón a Galileo, de Tomás de Aquino a Newton, de Erasmo a Descartes, inclusive los más destacados anticlericales como Voltaire, habían detenido sus reflexiones ante el inefable misterio de la divinidad. Son incontables los pensadores que nunca se atrevieron, sin ser devotos cristianos, a traspasar esa linde peligrosa de la existencia de Dios.

    Aufklarung 
    Aufklärung: Alegoría de la Ilustración. El orto del sol de la verdad.


    Llegado a este punto, Kant -también creyente- defiende en sus últimos días la necesidad de cruzar esa barrera para completar la evolución de la mente humana. ¡Atrévete! Es decir, no te dejes intimidar por las aseveraciones, sin fundamento racional, que la ‘autoridad irracional’, como diría Eric Fromm en Ética y Psicoanálisis, pretenden coartar la libertad de pensamiento, que es lo que hace que el hombre sea hombre. ¡Atrévete! No seas cobarde, ni pusilánime, ni servil, ni tórpido, ante las enseñanzas tradicionales que se aceptan sin el tamiz del juicio crítico. ¡Atrévete! Por fin ha llegado el momento en la historia de la humanidad en que las razones sentimentales han de permitir el paso a los sentimientos racionales. Por fin, el ser humano ha de abandonar el conformismo, sobre todo en materia religiosa, para ser dueño de sí mismo y de sus creencias, con absoluta libertad de conciencia. Aunque los resultados puedan demoler un mundo ya caduco, guiado por el temor a perder la esperanza en una felicidad futura.

     

    Es como decir que, hasta el siglo XVIII, aunque tímidamente, no desaparece de la historia el ‘entumecimiento’, la ‘atonía’ del pensamiento, libre por naturaleza. La filosofía lo había conducido por caminos vacilantes, pero bien intencionados, con limitaciones y barreras inaceptables. Ahora era preciso atreverse a llegar al fin del misterio, a pensar con libertad y sin prejuicios, afrontando el riesgo de ser incomprendido, incluso condenado, por la sociedad. El atrevimiento suponía la audacia necesaria para fustigar tradiciones, costumbres y falsedades, si tal aparecían ante el hombre ilustrado. En este mundo que nacía por obra de los nuevos pensadores no había cabida para los apocados. La meta no era ya la seguridad, ni la confianza, ni el sometimiento al poder (a cualquier poder) sino la sabiduría. Poco después hubo derramamiento de sangre, pero eso no era necesario, aunque así lo entendieran algunos exaltados. Había que atreverse a ‘saber’, no a hacer uso de la guillotina. Ni a seguir las engañosas enseñanzas de los 'elegidos', como sintetiza Goya en su grabado ¡Murió la Verdad!


    La Ciencia era la garante de la nueva sed de conocimiento. Lo único que necesita el ser humano para alcanzar su ‘mayoría de edad’ es el conocimiento, la verdadera sabiduría, que no está en la fe (sometimiento servil a las ideas ajenas, sobre todo si están tomadas de la Biblia, un invento de los profetas) sino en el desarrollo del propio juicio crítico, sin presiones ni postulados indemostrables. En estos dos siglos transcurridos desde entonces, la Ciencia ha ido ganando terreno en progresión exponencial, con descubrimientos diarios que nos permiten ir desvelando el misterio poco a poco (El velo de Isis no se puede levantar de golpe, so pena de castigo). El primer mandamiento, pues, que ha de acatar el hombre ilustrado, es decir, culto y reflexivo, es el de abandonar su comodidad irreflexiva y abrazar con resolución el pensamiento libre, poniendo en primer lugar en tela de juicio todo lo aprendido. Hay que atreverse a reflexionar y a razonar a fin de conseguir el conocimiento de la verdad, que no está en el sometimiento a criterios ajenos (recuerda: todos los dioses son inventados por los hombres) sino en lo que dicte, juiciosamente, la propia razón. Cuando la criba se haya terminado, los resultados serán menguados y decepcionantes, pero el hombre libre sabrá que puede alcanzar otras metas de verdad, avaladas por las investigaciones científicas, en las que no hay sitio ni para espíritus, ni para ángeles o demonios, ni para dioses que no existen. Vandalio.

    (Dedicado a mis lectores/as creyentes en alguna superstición)

  • ADN

     

    La belleza me fascina. No sé si será por ese ‘canon’ ideal con el que todos los cerebros humanos llegan a este mundo, como dice Platón. El caso es que la fealdad me desagrada y que la belleza –lo que mi cerebro me señala como bello- sea una mujer, un paisaje, un texto literario, un cuadro o una partitura musical bien interpretada, exalta mi emoción en lo más profundo, que, al subir a la consciencia, se transforma en sentimiento. Lo ignoro todo sobre las causas de las emociones, pero sé que me golpean con fuerza.

     

    Imagen rubia

    Del mismo modo, me fascina la multiplicidad de formas de la naturaleza. La ciencia me enseña que en la biosfera de este planeta hay más de medio millón de especies vegetales y más del millón de especies animales, entre las que me encuentro ubicado. ¡Y cuánta variedad en mi especie homo! Pero la mayor fascinación consiste en saber que todos los seres vivos, incluidas, por supuesto, las 300.000 especies de coleópteros, estamos constituidos por los mismos materiales atómicos, combinados en células. En el núcleo de cada célula viva individual se encuentra siempre el mismo tipo de macromolécula, ADN (el ácido de la vida) que sólo se diferencia en las distintas especies por su longitud de cadena cromosómica y su secuencia, es decir, por la combinación de las cuatro unidades de nucleótidos que constituyen esa cadena. Todo es de la misma naturaleza en las bacterias, las plantas y los animales, en el interior de cuyas células no ha habido cambio apreciable durante cuatro mil millones de años. Es la raíz común de la vida, que no impide la existencia de tanta variedad, maravillosa variedad, en las formas de vida.

     cromosomas

    Cromosomas


    Pero una y otra vez, desde sus comienzos, la especie humana no ha hecho más que preguntarse: ¿Qué hacen aquí, sobre la Tierra, tantos seres vivos? ¿Por qué y para qué?  Vida que, en realidad, es bastante monótona, con más tristezas que alegrías. Como “una macabra seriedad” la define un famoso químico alemán. Para todas las especies significa lo mismo: nacer, alimentarse, crecer, reproducirse, cuidar de la descendencia y morir. Los individuos autótrofos (que se alimentan por sí mismos, como los vegetales) carecen de actividad apreciable, pero los heterótrofos necesitan cubrir sus necesidades de alimentación por la descomposición de sustancias orgánicas de otros individuos. Por tanto, los humanos somos verdaderos parásitos, porque vivimos a costa de los demás.

     

    En el aspecto químico, el cuerpo  es una máquina intestinal de trabajo continuo, que necesita alimentarse periódicamente, para proveerse de las sustancias que necesita para mantener su ADN, expulsando el resto. Pero esto sólo por un tiempo relativamente corto, el imprescindible para criar a los descendientes, que tomarán su lugar para devorar y ser devorados como las generaciones anteriores. Algo realmente triste. Esta es la química de la vida, pero las plantas y los animales son algo más que productos químicos. Ellas tienen sensibilidad a la luz y al aire. Nosotros, al placer y al dolor, al amor y al desamor, a la belleza y a la fealdad, a la admiración y a la sublimación. ¿De dónde procede ese ‘algo más’? ¿Cómo han llegado a poseer esa sensibilidad humana esas macromoléculas que los científicos han bautizado como ADN?

     ADN 2

    Cadena de ADN en cada célula


    Para el individuo reflexivo y sensible cada vida vegetal y cada vida animal es un drama, una tragedia como la vida del hombre: concluye con la catástrofe de la muerte, al destruirse una obra maestra de la naturaleza, muy superior a cualquiera de las obras técnicas realizadas por el hombre. En la Tierra dejan de existir unas mil personas cada cuatro minutos. Sea por el motivo que sea. Números que aceptamos con la resignación de lo inevitable, pero dándonos cuenta de que para cada ser vivo la muerte es el fin del mundo. De ‘su’ mundo. Si no ha tenido descendencia es el punto final. Si la ha tenido, sobrevivirá (¿por cuánto tiempo?) su ADN. ¿Mi existencia se reduce, por tanto, a un enigmático Ácido Dexorribo Nucleico? ¿También el ADN de mis células es el responsable de mi admiración por la belleza y de mi rechazo de la fealdad? ¿Por este insignificante ácido soy una presa fácil de mis emociones y sentimientos? Si hay alguien detrás de todo este ‘invento’ debe estar ‘loco de atar’, como se dice en español. Porque, además de una vía tan complicada para llegar a la vida, ha conseguido el sumo fracaso. El ‘invento’ del hombre fue la mayor de las crueldades posibles: un ser parásito y adornado con la crueldad de quien sabe que para vivir tiene que matar. ¡Cadena perpetua en la cárcel del olvido para tal ‘inventor’! Preguntaré a mi ADN de dónde viene y por qué caminos llegó a mi vida. En todo caso, moriré tranquilo porque mi código genético se ha salvado de la destrucción (por el momento). Cuando veáis a mis hijas y a mis nietos acordaos que mi ADN vive en ellos. Un fuerte abrazo, Vandalio.

  • EDUCACIÃN (2)

     

    Dando por supuesto que la ‘instrucción’ o la ‘información’ se desarrolla en un plano intelectual, que recoge, asimila y aprende las enseñanzas para memorizarlas, sin afectar a la ética, las costumbres o la convivencia, lo más perentorio que debe acuciar a políticos y pedagogos es el verdadero contenido semántico de la palabra ‘educación’. Que no es una actividad inocente y angelical, como podría parecer a tenor de cuanto a ella se han referido con apasionado entusiasmo quienes, a lo largo de los siglos, han pretendido cambiar el rumbo de la historia del homo sapiens. Sin duda, y en la mayoría de los casos, con las mejores intenciones. Hemos de estar prevenidos contra los auto-proclamados ‘mensajeros de la verdad’, propagandistas de ideas contrapuestas sobre las creencias o las conductas de los humanos. Por eso estuve tentado de escribir sobre algo tan escandaloso para muchos como Los peligros de la educación.

     

     Predicacion oculta

     

     

    Porque ‘educar’, en realidad, es “una actividad por la cual unos hombres modifican la conducta de otros” (Octavi Fullat, El pasmo de ser hombre, Ariel, 1995). Es decir, comportamiento, axiología, conducta. Sectas religiosas, partidos políticos, fanáticos de toda índole, desde los deportes a las manifestaciones artísticas o costumbristas, quieren hacer prosélitos entre los más incautos, indefensos o atrasados mentales, a fin de conquistarlos para su causa. Es la mayor traición a la libertad  que nos hace humanos. Mi cerebro, que condiciona y activa todos mis actos y pensamientos, reclama una educación ‘en’ y ‘para’ la libertad, algo extraño a la educación ‘dirigida’ con el pretexto de hacer el bien a las mentes menos formadas. Todo joven tiene el derecho al aprendizaje del lenguaje que le permita hablar, pensar, filosofar y decidir con ‘espíritu crítico’, sin sometimiento reverencial a ninguna autoridad que lo pretenda embaucar con un ‘pensamiento único’. La educación es algo más que una transmisión de mensajes interesados. Es una formación en valores éticos, de conducta, de creencias, de cosmovisión, de autodominio emocional. Nada tiene que ver con los libros de texto. La única finalidad de la educación es potenciar la libertad para poder cada uno pensar por sí mismo, esforzarse y ser dueño de la propia vida.

     

    La formación intelectual supone la demostración de verdades científicas o históricas y su asimilación por el cerebro y la memoria, es decir, la acumulación de saberes. Por el contrario, la formación educacional es un aprendizaje de valores, una axiología, ciencia olvidada pero indispensable. “El verdadero educador, decía el filósofo Xavier Zubiri, es el que enseña a sus discípulos a ver el ‘sentido’ de los hechos, la ‘esencia’ de todo acontecimiento, situarlos en el ‘punto de vista’ adecuado para que vean por sí mismos el objeto”. Para lo cual, añadía que “el ejemplo es el instrumento esencial”. El reto actual de la ética es, precisamente, la reorientación moral de la juventud, el rearme intelectual que les permita sacudirse el polvo de la (mala) educación recibida y fijar la vista en un horizonte más decididamente humano, basado en la libertad de conciencia, una ética secularizada, fundamentada en la Declaración de Derechos Humanos, sin dejarse seducir por los cantos de sirena de ningún partidismo de cualquier clase que sea. El futuro del ser humano pasa por la libre elección de valores, que no han de ser predicados necesariamente por ningún gurú de la pedagogía. Los valores del respeto mutuo, la sinceridad y la conducta recta, sin ‘enganches’ ideológicos, por muy atractivos que sean los carteles desplegados de un pensamiento único. Ante todo, hombres (y mujeres, por supuesto) no han de olvidar que para ser ‘personas’ necesitan criterio propio, no contaminado, sino nacido de la propia conciencia de ser libre, aunque menesteroso. El espíritu enteco, que se deja influir por los demás, no pasará de ser un número en una agrupación, pero carecerá de personalidad (y por tanto, de verdadera humanidad). Apóstoles de toda clase de credos están al acecho de los más débiles para sumarlos a su causa, mediante procedimientos de captación ‘educativa’. Sólo un espíritu fuerte podrá hacer frente a esa llamada a la esclavitud intelectual y moral.

     

     pinocho

     Pinocho, confundido

    El caso más llamativo en España no es precisamente el de la santidad, ilusión en la que caen familias enteras, sino el de cuatro hermanos vascos, los Sánchez del Arco, hijos de un Guardia Civil salmantino, que fueron ‘atrapados’ en la red ideológica de los asesinos etarras, y que hoy duermen en la prisión, víctimas de la seducción del ‘pensamiento único’. En el extremo opuesto, la rebeldía absoluta del Manifiesto de la Comuna sin nombres acerca de la educación (abril de 2008), que comienza con un alegato patético a favor de la desobediencia: “Lo que hay que enseñarles a los niños y niñas es sencillamente a desobedecer, a decir NO a cualquier mandato, a cualquier información que les venga de arriba, de cualquier puesto del Poder”. Ambas posturas eliminan de la vida individual lo único importante y necesario: la libertad de pensamiento y decisión.

     

    En definitiva: informar si, educar también. Pero sabiendo que no son conceptos sinónimos. Para informar o instruir se necesita la sabiduría del docente y un sistema pedagógico; para educar, el máximo respeto a la conciencia del educando y unas máximas éticas que han de comenzar por el ejemplo. Si difícil es lo primero, muchísimo más lo es la transmisión de los valores que han de perpetuar la educación en libertad. Los encargados de transmitir los saberes deben también participar en la educación ética; pero su cometido principal es distinto. Quienes se ocupen de la educación han de valorar la riqueza de la semilla que plantan en el cerebro tanto como el escrupuloso respeto a la personalidad de quien la recibe. Porque, según palabras del filósofo español Emilio Lledó, “sin belleza, justicia y bondad, o sea sin el fondo que armoniza y conjuga las acciones individuales, toda existencia es una semilla perdida” (El surco del tiempo, Crítica, 1992). La especie humana puede llegar a metas insospechadas de sabiduría científica o tecnológica, pero si falla la educación ética estará irremisiblemente condenada a la degradación y –esta vez sí- al fracaso. Vandalio.

     

      

  • EDUCACIÃN (1)

    “Ahora somos los profesores los que tenemos miedo”. Esta frase, pronunciada hace unos diez años por un profesor español amenazado por un alumno, evidencia el cambio radical que ha sufrido en los últimos tiempos no sólo la relación maestro-alumno sino el propio concepto de educación, palabra tan manoseada como mal interpretada. Cuando un alumno se atreve a levantar no solamente la voz sino incluso el puño contra un profesor es que algo anda mal, muy mal, en la sociedad de la que forman parte. Es el mundo al revés. Sin respeto por ambas partes no puede haber educación posible. ¿Cómo se ha llegado a estos extremos? ¿Qué será de las futuras generaciones de humanos, que creíamos ya ‘civilizados’? ¿Ha de volver nuestra especie a la caverna? No creo que la solución esté en la vuelta a la odiosa máxima la letra con sangre entra, elevada hasta la demencial propuesta de un ministro francés, de castigar a todo alumno mayor de 13 años que insulte a un profesor con una reclusión de seis meses en un centro especializado. Cuando esto ocurre la culpabilidad no está en el alumno, aunque sea un universitario, sino en la sociedad conjunta, que así lo ha educado (o dejado de educar).

    EL MUNDO AL REVÉS

    No bastan leyes, ni ordenanzas, ni dictámenes de severidad. “No hay recetas mágicas, ni pedagogías milagrosas”, como acertadamente afirma José Antonio Marina. Pero cuando sigue su razonamiento sosteniendo con autoridad que “lo que nos interesa es que ningún muchacho se quede marginado, que no haya fracaso escolar” (El diplodocus dormido, 4 de noviembre de 2002 en el periódico El Mundo) está dando por sentado que el fracaso escolar es debido a una mala educación, es decir, que admite la sinonimia existente desde hace siglos entre educación y formación o instrucción. Creo, sin embargo, que no son sinónimos, y que esta confusión es parte del problema. Si un alumno no aprueba las matemáticas, o las ciencias naturales, o la lengua, no es por falta de educación sino de instrucción, que son dos conceptos distintos. Si hay “fracaso escolar” no es por mala educación, sino por un fallo en la instrucción o formación, Un alumno puede ser brillante, superinteligente, y sin embargo carecer de la más mínima educación.

    Aunque procede del latín, el verbo ‘educar’ no aparece en español hasta el siglo XVII, y su significado es “sacar afuera”, ‘criar’, según el Diccionario etimológico de Joan Corominas. Es decir, lo contrario de introducir, mediante la enseñanza, algún conocimiento en la mente de alguien. Una cosa es ‘enseñar’ y otra ‘educar’. Si ambas se confunden, estaremos manipulando el idioma y confundiendo los términos. La verdad es que la confusión se instaló ya en el español durante el siglo XVIII, ‘el gran siglo de la educación’, como sentencian los estudiosos. En ese siglo los ilustrados escribían discurso tras discurso sobre la ‘educación’ de los artesanos, de los nobles, de las mujeres, de los niños, de los menestrales, del pueblo en general, para sacar a la nación española de la postración cultural en que se encontraba. Pero todos fallaban en el concepto, ya que lo que intentaban era ‘instruir’ en los conocimientos útiles para activar la agricultura, la industria, el comercio y demás ramas de la economía pública. Daban por descontado que todo español de la época estaba ya suficientemente ‘educado’ en la escuela o la familia, donde recibían nociones morales y de conducta civilizada. En época de Carlos III se publicó en Madrid (1777) un Catón político español, en el que se ‘instruía’ a las personas de todas clases en las ‘obligaciones de buen ciudadano’. Es una primicia de la llamada hoy ‘Educación para la ciudadanía’.

    Jovellanos, por Goya

    Gaspar Mechor de Jovellanos, por Goya.

    Pero la confusión perdura entre los concursantes a uno de los premios convocados por la Real Academia Española (1798) sobre la influencia de la ‘instrucción pública’ en la prosperidad de un Estado, ya que unos hablan de instrucción y otros de educación (por supuesto, siempre ‘pública’ y no ‘privada’, como había ya propuesto hacía un cuarto de siglo Pablo de Olavide en su Plan de estudios para la Universidad de Sevilla,1767). El tema seguía vivo en la conciencia de los mejores españoles, pero no supieron delimitar los conceptos, tratados como sinónimos hasta el presente. Incluso el ilustre Jovellanos, en su Plan general de instrucción pública (1809) habla unas veces de instrucción y otras de educación, siempre en el mismo sentido de ‘formación’ intelectual y moral. La confusión ha perdurado, no sólo en la conciencia lingüística, sino también en las instituciones. En España, el Ministerio de Educación ha sustituido, por culpa de ignorantes políticos, al de Instrucción pública, como se denominaba a principios del siglo XX, con toda justicia y mejor uso del idioma. Hoy mismo acabo de leer en un periódico nacional que, según el redactor de la noticia, el cardenal Cisneros, fundador de la Universidad de Alcalá de Henares, “supo ver que en la educación estaba la clave para la Modernidad”. ¿Es aceptable que se escriba de ‘educación superior’ para referirse a la Universidad? ¿Se va al ‘templo de la sabiduría’ para aprender ciencias o para educarse? Habrá que reivindicar la ‘instrucción’, o ‘información’, para todos los niveles de la enseñanza. Pero también habrá que profundizar un poco en la ‘educación’. (continuará). Vandalio.

  • MACHISMO

    Difícilmente lo olvidaré. Es una anécdota real, pero al mismo tiempo simbólica. A mí, que soy cien por cien “urbanita”, se me ocurrió entrar en un corral, sin más habitantes que un hermoso y altivo gallo, rodeado por un harén de cinco gallinas curiosas, como toda hembra que se precie, sumisas ante el “poderoso” dueño y protector que fecundaba sus óvulos. En cuanto hice acto de presencia, cuatro de las cinco féminas del harén salieron corriendo en estampida, entre sorprendidas y temerosas, menos una, que se dejó llevar por la curiosidad y quedó clavada en su sitio, mirándome con fijeza, mientras yo me acercaba, con arrumacos, intentando acariciarla. ¡Para qué lo hice! Al instante el macho saltó sobre la coqueta y curiosa hembra y le dio un picotazo en el cuello de esos que deben dejar un recuerdo imborrable no sólo en el cuerpo sino también en el alma, si es que las gallinas tienen alma. La pobre salió también huyendo, no de mí, sino del celoso rey del corral, quien, con la cresta más roja y enhiesta que nunca, se alzó ante el intruso, desafiante y soberbio, como diciendo en lenguaje de los humanos:”¡La maltraté porque era mía!”.

    Lujuria

    Esta escena, que tengo grabada en mi memoria, me hace comprender que el machismo no es sólo cosa del homo sapiens (¡). Ni siquiera de los primates, como podía creer cualquiera ajeno al estudio de la biología animal. El impulso genético del macho es puro egoísmo evolutivo, que le ha dominado, inconscientemente por supuesto, desde el origen sexual de las especies. Es decir, machismo es sinónimo de “dominio” del género masculino sobre el femenino, para favorecer la unión de los sexos (David M. Buss, La evolución del deseo, Alianza Editorial, 2004). ¿Quién no sabe que “hembra joven busca macho poderoso”? La hembra es, pues, la culpable del machismo histórico, del dominio ejercido por el varón sobre la mujer, ya que ambos han buscado siempre, sin darse cuenta, la propagación de la especie en las mejores condiciones posibles. En la mayoría de los casos sin demasiada preocupación por la relación amorosa. “El amor romántico, como lo entendemos hoy en día, no tiene más de ciento cincuenta años”, afirma Rosa María Pereda en El amor, una historia universal (Espasa Calpe, 2001). Todo en la naturaleza de los sexos implica una relación “desigual”. Nadie en su sano juicio puede defender la igualdad de género, ni en los problemas físicos ni en los psicológicos, ni en las costumbres ni en los sueños de una vida en común. Otra cosa es la igualdad jurídica, política, social o económica de los humanos, a cuya consecución han dedicado su vida maravillosas mujeres de todas las épocas, aunque es bien cierto que todavía perdura la lucha, que será agotadora pero siempre sublime y fortalecida por la dignidad de quien defienda su emancipación moral y social.

    libertad

    Pero de un extremo se está pasando al otro. El feminismo –es decir, el “dominio” de la mujer sobre el hombre- más parece un desquite que una deseada justicia. Ninguna mujer podrá reprimir el atractivo sexual de la juventud masculina, por más que sea una activa feminista. En la entrega amorosa no existe la libertad ni el juicioso raciocinio. Lo dice un experto de la Universidad Complutense, el profesor Carlos Yela en su libro El amor desde la psicología social. Ni tan libres ni tan racionales (Pirámide, 2000). También es cierto que las condiciones indispensables para esa emancipación, tan normal en las míticas “amazonas”, no se han puesto al alcance de las mujeres hasta bien entrado el siglo XX, aunque aún queda mucho por conquistar. Casi a diario los medios de comunicación dan noticia de los abusos y maltratos, incluso asesinatos de mujer por mano de varón. Pero habrá que mentalizar a todos los grupos feministas de una verdad que se oculta en la espesura del bosque, y es que no todos los hombres somos iguales. El machismo histórico ha crecido por la agresividad natural de los varones, que habían de alimentar constantemente para encarar toda clase de violentas circunstancias en un mundo hostil, donde la jerarquía en todos los ámbitos era absolutamente necesaria para sobrevivir. Además, la dopamina que se descarga en el cerebro a la vista de una mujer hermosa impulsa al dominio sexual del varón sobre el objeto de su deseo. Pero no todos llegan a la conducta machista de imposición dominante y agresiva, excepto en la cultura islámica, donde todavía las mujeres aceptan, de grado o por fuerza, ser víctimas de un machismo extremo. Afortunadamente, no todos los hombres pertenecen a esa cultura machista, cuya solución sólo puede venir de la rebelión de las propias mujeres, condenadas al silencio y a la sumisión de por vida.

    Hoy día las cosas han cambiado sustancialmente, al menos en la cultura occidental. Las leyes respaldan la igualdad y las mujeres han tomado conciencia de la injusticia histórica del machismo. Los genes heredados siguen actuando en el cerebro masculino, pero los cambios ambientales y culturales terminarán para siempre con los restos sociales de esa mórbida injusticia. La mujer es anterior al hombre, como la única necesaria para transmitir la vida. Eva fue antes que Adán. Es decir, durante millones de años la reproducción fue clónica, sin necesidad de cópula, hasta la aparición de los sexos. Lo dice el científico alemán Vitus B. Dröscher en La vida amorosa de los animales (Círculo de Lectores, 2002). Con Adán llegó el intercambio de genes y la biodiversidad. Sin él todos seríamos iguales, como las amebas. El paraíso del feminismo más intransigente, vacío de machos, conduce a una humanidad de seres clónicos, como en Un mundo feliz (1932) la conocida novela de Aldous Huxley, borracho de alucinógenos. ¡Viva el macho, muera el machismo! Es el grito de guerra que propongo a todas las feministas. Vandalio.

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