PRÓLOGO
Publicitario y morboso
a un libro inédito: OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA.
El búho de Minerva sólo levanta el vuelo
a la caída de la noche.
(Hegel, Filosofía del Derecho)
Esta cita de Hegel me recuerda que la verdadera sabiduría, como el búho de Minerva, alza su vuelo en libertad en el ocaso del día, es decir, de la vida, cuando muere la luz de la fe, impuesta por la educación. Este libro, que espero pronto vea la luz en Internet, tiene algo de confesión, de testamento, de liberación. Al final de mis días voy despojándome de las vestiduras para morir tal como nací, desnudo de tanto impedimento pudoroso con que la sociedad me ha ido cubriendo, para ser uno más, sujeto a las convenciones que me han permitido formar parte de una tribu, una casta, un eslabón de la cadena de insensateces, falsedades y cuentos infantiles con que pretendían ‘protegerme’ de la ignorancia y la fragilidad. Pero ya es hora de romper las cadenas.
Mi experiencia religiosa comienza, a lo que recuerdo, con las inolvidables y frecuentes funciones de culto católico en la sombría iglesia parroquial. Desde que tuve uso de razón mi padre -católico sincero y ferviente- se preocupó de llevarme a cumplir con el rito dominical. Pero lo que más grabado quedó en mi conciencia infantil fueron las grandes escenificaciones del ciclo litúrgico: Navidad, Semana Santa, Corpus Christi. En esto de la escenificación pocos rivales tendrá la Iglesia Católica. Con el paso de los siglos ha sabido seducir con atractivo sensorial de primera calidad. Los cinco sentidos resultan sacudidos por la emoción. La vista con la estudiada liturgia de las ceremonias teatrales escenificadas en el templo. El olfato, con el penetrante olor del incienso. El oído, con la maravillosa creación de la música sacra. El tacto, con el roce monótono y subyugante de las cuentas del rosario. El gusto, con el inefable contacto físico y místico a la vez de la hostia consagrada. Todo lo experimenté y de todo guardo imagen indeleble en mi memoria.
Pero, sin duda, lo que más huellas dejó en la inocencia de mi mente fue esa pedagogía, mal llamada educación, que consiste en el adoctrinamiento y sutil esclavitud ideológica en los maravillosos años de la formación. Una ‘verdad’ impuesta por la autoridad de ‘los mayores’, inyectada a presión en la conciencia virgen, sin posibilidad de réplica, ni siquiera involuntaria, por el sumiso respeto de quien se sabe inferior. De lo cual no culpo a ninguno de ellos, pobres humanos esclavizados a su vez por ese mismo meme religioso en cuya transmisión ponían tanto empeño, como si en ello les fuera la vida. Comprendo que este ambiente religioso ha sufrido una notable evolución en las últimas generaciones, que quizás encuentren ridículo dar crédito al ‘problema’ religioso íntimo y personal que a mí me afecta tan profundamente y al que intento hacer frente liberándome de los imaginarios fantasmas de mi infancia. Pero a todos respeto –ancianos y jóvenes- porque la felicidad es meta privativa de cada uno, y nadie debe ser proselitista de ‘felicidades’ propias. Cada quien debe buscar la felicidad donde le parezca oportuno, con la única limitación del ‘mandamiento eterno’ que nos permite vivir en sociedad: “No hagas a nadie el daño que no quieras para ti”.
Conforme fui creciendo, reflexionando y viajando, no dejó de sorprenderme la realidad urbanística de cuantas poblaciones visitaba. Todas ellas se habían desarrollado alrededor de una iglesia, que solía ocupar siempre el corazón del pueblo, destacando como la edificación más importante y ricamente construida, resistente al paso del tiempo, con notable ventaja a castillos, palacios, casonas y centros cívicos, no sólo por su tamaño y grandeza, sino, de ordinario, por su buena conservación. En los pueblos de España podrán faltar edificios públicos de autoridad civil, de recreación o de enseñanza, pero nunca una iglesia, con su torre dominadora y vigilante sobre el resto del caserío. Nada diré de las ciudades de mayor población, con su catedral, colegiata, monasterios, iglesias y conventos, todos ellos edificios de singularidad y valor artístico incalculable, en comparación con las demás edificaciones. Pocos palacios civiles hay que puedan competir en arte y riqueza decorativa con un retablo barroco de cualquier pueblo perdido en los bellos rincones de la geografía española.
Demasiado para que una mentalidad inmadura pueda ofrecer la más mínima resistencia. En una familia católica nací, en una ciudad y en un país de confesión católica me crié y jamás pensé dejarme subyugar por ninguna otra confesión religiosa. Ni mucho menos por el pecaminoso canto de sirenas que me conduciría al ateísmo. Pero el hombre propone y Dios dispone, máxima que vale tanto para un roto como para un descosido. Este breve relato de mi ‘conversión’ a la no-creencia, con la subsiguiente apostasía de la religión católica, no me produce ninguna alegría interior, contra lo que pueda parecer, sino un gran sufrimiento anímico por el tiempo perdido, por el posible dolor que voy a causar a quienes me aman o respetan, acusándome de una traición a la ‘tribu’, que no esperaban de mí. Pero puedo responder a todos que no hay mayor felicidad que la fidelidad a la propia identidad, el descubrimiento del error, del engaño y de la mentira, la liberación de los memes religiosos que condicionan nuestra vida, sobre todo la absurda noción de pecado, con que nos intimidan los predicadores del bien, hipócritas casi siempre, cuya falsa autoridad es el más pesado lastre que ha de soportar el librepensador dueño de su cerebro, de su intimidad y de sus creencias. Parece un sarcasmo, pero confieso que he encontrado la ‘luz de la verdad’, no en la doctrina aprendida, tan fervorosamente predicada, sino en las antípodas del credo religioso.
Tardé en aceptar la existencia de ‘otras’ religiones, que el cristianismo no era la solución definitiva al misterio de la existencia y que era imposible, por tanto, que fuera la única religión ‘verdadera’; que los milagros, presentados como la prueba definitiva de la verdad del catolicismo, no eran privativos de los santos cristianos, ya que también había santos milagreros y prodigios inexplicables en las demás religiones; que la libertad de culto, sin la cual no hubiera prosperado el cristianismo en el mundo romano, había sido negada, incluso con derramamiento de sangre, por el cristianismo posterior; que los papas y obispos, autoconvencidos sucesores de Cristo y de sus apóstoles, lejos de haber llevado una vida digna del fundador, sirviendo de modelo a sus fieles, habían sido en la mayoría de los casos, grandes pecadores, avariciosos, lujuriosos, violentos, hipócritas y traidores a su supuesta fe, hasta el punto de que un historiador alemán ha podido reunir datos suficientes para escribir en varios volúmenes la Historia criminal del cristianismo.
Más tarde me enteré de que las dos primeras de las Siete Maravillas del mundo, el templo de Zeus en Olimpia y el de Artemisa en Éfeso, estaban consagradas a dioses ajenos al mío, divinidades paganas que habían presidido, en Grecia y Roma, antes de Cristo, el nacimiento de la vieja Europa pensante, de cuya historia formo parte. Mucho más impactante fue mi descubrimiento de algo anterior, fabulosamente misterioso y seductor, como la historia milenaria de Egipto, donde los faraones no sólo tenían contacto directo con la divinidad, sino que ellos mismos se autoproclamaban dioses. ¿Qué son los dos mil años de cristianismo al lado del Egipto faraónico, diez veces más antiguo?
La consecuencia inmediata no puede ser otra, para un librepensador, que el hacerse cuestión de todas las enseñanzas recibidas en materia de religión. Si todas las religiones cumplen idéntica misión en la sociedad humana, no hay por qué considerar la mía como la verdadera, ya que las hay más antiguas y con mayor derecho de primacía. Y como todas no pueden ser verdaderas, hay que deducir que todas son falsas. La doctrina religiosa es un meme cultural que se me impone desde la niñez, y cuya veracidad debo poner en duda al madurar mi razón. Soy católico porque nací en un país y una familia católica. Si hubiera nacido en una familia budista, ésa sería mi religión, a la cual tendría por verdadera. Lo mismo vale decir de las demás religiones. Conforme avanzas en la edad de la razón, todo se relativiza y la duda penetra en el ánimo, sin hallar respuestas satisfactorias, pero, al menos, se siente la gran alegría de la liberación de la falsedad que atenaza la mente, de poder sacudir las telas de araña que impedían vivir en la verdad.
Lo que sí pueden hacer las religiones -y de hecho, casi todas hacen- es ayudar a sobrellevar las miserias de la vida, con una esperanza que, no por incierta, deja de ser un gran consuelo individual y colectivo. El misterio de la trascendencia, que comparten todas las confesiones, resulta beneficioso para el creyente, que necesita huir de la nada y sentirse un ser para la eternidad. Los teólogos católicos han cortado el nudo gordiano de la irracionalidad de la fe con tesis como la defendida por Tomás de Aquino, quien afirma que “por su inmensidad, la sustancia divina sobrepasa toda forma que nuestro intelecto alcance” (Summa contra Gentiles, 1, 14:3). Es decir, la “sustancia divina” está fuera de nuestro discurso razonable. Si la ‘Última Realidad’ es solamente cuestión de fe -me pregunto- ¿qué insondables motivos tuvo para salir de su eterno anonimato y para dotar al homo sapiens de esa facultad única y singular llamada razón hace apenas unos pocos milenios? ¿Y qué ‘locura’ racional asumió como real esa fantasía de la fe?
Ha llegado para mí la hora de pensar seriamente en la muerte inevitable. Esa muerte que para los crédulos supone cruzar el umbral de otro mundo, maravilloso, donde nada se opondrá al amor, a la bondad y a la belleza, en caso de ser juzgado digno de la felicidad eterna, abrazados para siempre con quienes amaron en esta vida. Hipótesis que, cuanto más la pienso, más infantil y absurda me parece. Red en la que han caído, como ingenuos pajarillos, todos los miembros de la especie humana que se han fiado más de su imaginación que de su razón. Si la ciencia conviene en aceptar que los primeros homínidos poblaron la tierra hace más de un millón de años ¿por qué hubo de esperar esa supuesta divinidad, que se presenta como el Sumo Bien, a los últimos miles de años para ‘revelar’ esos maravillosos designios que reservaba para sus hijos? ¿a qué obedece esa provocadora preferencia por un supuesto ‘pueblo elegido’? ¿qué clase de padre es ese que discrimina tan cruelmente a los más desvalidos? Y sobre todo, ¿qué razón tuvo para enseñar tan tortuosamente el camino de la salvación, permitiendo el engaño de tantos millones de humanos, perdidos en el impío laberinto de las religiones, buscando, desde el comienzo de los tiempos, una salida que se reserva sólo para los ‘elegidos’? Si de verdad existiera una divinidad creadora, misericordiosa y providente, que nos ama, nunca sería como el ente sobrenatural que nos predican, ni Yahvéh, ni Alá, ni el Dios cristiano. Y si la vida mortal tuviera un sentido, no sería, desde luego, el que esa supuesta piadosa divinidad ‘condena’ a una vida eterna, sea de premio o de castigo. Igualmente insufrible en ambos casos.
En estos momentos de reflexión, no encuentro más que comprensión y disculpa para quienes han tenido la desgracia de no descubrir los engaños de la fe, de cualquiera, pero sobre todo de la predicada por los ‘hombres del libro’, es decir, de la Biblia, ese engendro de maldades, falsedades y contradicciones que, incomprensiblemente, ha guiado las creencias y conductas de judíos, cristianos y musulmanes a lo largo de la historia. A las páginas bíblicas han acudido cuantos se han sentido ‘intérpretes’ de Yahvéh, el dios inventado por el errante pueblo hebreo en el inhóspito desierto de Oriente Medio. Más que inventado, ‘fabricado’ con retazos de dioses anteriores, troceados en el eterno vaivén de la historia. Si de algo cabe culpar a los sumisos, sentimentales y no-razonantes hermanos de nuestra especie, es de seguir sin vacilaciones los criterios, milagrosamente ‘revelados’, de una autoridad ‘iluminada’ por sus propias fantasías y auto-proclamada como mensajeros de una invisible deidad, que, con la excusa de hacer el bien, han sembrado en el corazón de los pusilánimes, la semilla de la fe, aunque con ella iban a nacer las malas hierbas de la superstición y la esclavitud.
Incluso ellos, los soberbios predicadores de la falsedad, podían aducir en su descargo que estamos rodeados de misterios y que una verdad ‘revelada’ podía colmar las lagunas de nuestra ignorancia y satisfacer el deseo, el insaciable y humano deseo, de conocer los secretos de nuestro origen y de nuestro destino. Pero hoy ya no. Cuando la ciencia va descubriendo uno tras otro, con insobornable tenacidad, los misteriosos arcanos de la vida, se hace cada día más innecesario acudir a soluciones sobrenaturales. Ahora ya no hay más criterio de autoridad que el derivado de la ciencia, debidamente tamizado por la razón humana. Y no porque la ciencia se quiera equiparar a la divinidad, en un acto de soberbia ridículo. El científico sabe que, mientras más descubre, más ignora. Por cada respuesta, nacen cientos de nuevas preguntas. Pero lo que está más claro en cada descubrimiento científico es que la razón resulta incompatible con la fe.
Y como la fe religiosa es algo muy personal, que determina ‘mi’ salvación o ´mi’ condenación eternas, no me preocupan en este aspecto los problemas sociales, ni las ideologías políticas ni la repercusión que en las diversas sociedades pudiera tener la aceptación de mis ideas. Tampoco es mi intención influir en nada ni en nadie. Cada uno debe buscar la felicidad como y donde bien le parezca, pero sin hacer daño al prójimo ni predicar un proselitismo belicoso y sectario. A fin de cuentas, para quien opina que la muerte es el destino final de la persona, ¿qué objeto tiene convencer a nadie de lo contrario? Procuro, en mi vida privada, interiorizar el problema religioso, con escrupuloso respeto a todas las creencias. Mi propósito, al escribir sobre estos temas que tanto me preocupan y han ocupado tantas horas de meditación en mi vida, no es otro que el de dar testimonio de mis finales certezas, dejar constancia de mi paso por este mundo, y acaso buscar un alma gemela que acoja con satisfacción estas reflexiones. Nunca el polemizar, ni con filósofos profesionales ni con fanáticos creyentes, que jamás se dejarán convencer. Y harán bien: una vez hallada la felicidad hay que defenderla contra toda clase de opositores. Este es mi caso, después de haber logrado ser feliz al liberarme de la angustia del pecado y de la fe irracional y tiránica, para abrazar emocionado el mayor tesoro que mi razón puede alcanzar en el inseguro peregrinar por este valle de lágrimas: la libertad de conciencia, individual e intransferible.
Esas reflexiones, que pensaba intitular como La quimera de los dioses, irán ordenadas y sistematizadas en forma de libro, por si algún día pudieran quedar impresas en papel para servir de alimento a mentes deseosas, como la mía, de vencer a genes y memes antes del inevitable final. Es la única batalla que quisiera ganar. Para la cual invoco la ayuda de la diosa griega Niké, la Victoria que tanto me emocionó en la escalera principal del parisino Museo del Louvre. La Quimera es descrita por Homero en la Ilíada (VI, 179) como un monstruo horrible, “de raza divina, no humana: por delante león, por detrás serpiente, y en la mitad cabra, y de sus fauces salía la terrible furia de una ardiente llama”. Monstruo que fue abatido por el legendario Belerofonte, héroe de Corinto, a lomos del alado caballo Pegaso, armado con una lanza. De esta imagen mítica nacieron otras paganas de héroes como Hércules o Perseo, que más tarde dieron forma a los mensajes cristianos de san Miguel y san Jorge.
En todo caso, es metáfora de la victoria del bien sobre el mal, pero cuya semántica cambió radicalmente durante el Renacimiento, viniendo a significar simplemente una ficción, “lo que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo”. En este sentido simbólico lo quise proponer, como una ficción, una virtualidad, que carece de realidad ontológica, y que sólo admite como verdadero una mentalidad crédula, poco formada o fanatizada por los mensajes interesados de la auctoritas, grabados en la mente por los memes, que anulan las posibles dudas de la razón humana. Sin embargo, me ha parecido mejor el título escogido: Ojos que no ven, corazón que no quiebra, como ya se verá, tomado de un refrán cervantino. Quimera. Ojos que no ven. ¡Qué más da! En todo caso, lo lanzo al aire con el mejor de mis sentimientos afectuosos, para que lleguen a los confines del corazón, esperando y deseando que mis argumentos sean comprensibles para todos mis amigos. No he podido reducirlos y simplificarlos más, sin desfigurarlos. Las páginas van numeradas, por si alguien las quiere coleccionar. También espero correcciones y comentarios, por si algún día puedo corregir y publicar el libro en papel impreso. Repito: ni es un libro original, ni es para filósofos o teólogos. No pretendo abrir ninguna polémica. Cada cual es (o debe ser) libre para pensar y dejar sus pensamientos a la posteridad. Esta idea no llega, pero se acerca a la inmortalidad.
He de pedir disculpas por este Prólogo, que ya va siendo demasiado largo, pero que me ha parecido oportuno incluir en las GRANDES PALABRAS como un reclamo publicitario para la edición digital (aún no sé en qué ‘sitio’ de la red en la que todos estamos atrapados) que pienso vaya apareciendo por entregas a comienzos del año 2009. ¡Que seáis felices! Vandalio.