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HOMOSEXUALIDAD

por fap1931 @ 2008-07-01 - 09:52:10

Ya está demostrado. Hemos tenido que esperar hasta la primavera del año 2008 para que la Ciencia neurológica confirmara definitivamente que “el cerebro de los hombres homosexuales se parece al de las mujeres, mientras que el de las lesbianas está masculinizado”. Ya desde 1993 el neurólogo- homosexual- Simon Le Vay sugería (en su libro The sexual brain-El cerebro sexual) que los cerebros de los varones homosexuales son anatómicamente diferentes de los demás, aunque en su conducta interacciona también el ambiente. El último paso en esta cadena de investigaciones neuronales lo ha dado el Instituto Karolinska, de Suecia, al afirmar que “la simetría de los hemisferios y ciertas conexiones nerviosas de gays y lasbianas difieren de lo que cabría esperar atendiendo a su sexo biológico”. En otras palabras, la causa del comportamiento sexual, que está bien detectado en el cerebro, no es igual para todos los individuos de la especie. Hay una “hombría” y una “femineidad” cuyas diferencias se aprecian claramente estudiando la amígdala y el encéfalo de la masa cerebral. Pero también se han detectado anomalías en las personas con distinta orientación sexual: las lesbianas tienen un cerebro simétrico, como el de los varones heterosexuales, mientras que en los homosexuales, el hemisferio derecho es de mayor tamaño que el izquierdo, como en las mujeres no lesbianas. En definitiva: el varón y la hembra procesan de forma diferente una misma información emocional, a causa de sus diferencias cerebrales, establecidas ya por la ciencia neurológica. Por ejemplo: La amígdala y el hipotálamo reaccionan de forma desigual ante fotos eróticas, como se ha comprobado en el laboratorio (Francisco Mora, Los laberintos del placer en el cerebro humano, 2006).

Hombre y mujer están programados para aparearse, multiplicarse y morir. Pero es cierto y evidente que una gran proporción de individuos, desde el comienzo de la especie, no están capacitados para cumplir en todos sus términos esta programación genética. Ya en 1930 un médico español, Gregorio Marañón, pudo escribir un libro sobre los “estados intersexuales” (La evolución de la sexualidad y los estados intersexuales, Madrid, 1930). Y en la literatura médica es teoría aceptada que existen esas raras escalas intermedias entre varón y hembra, que Kinsey (1948) estableció en seis categorías, según la proporción de testosterona, hormona masculina que se encuentra también en las mujeres, controlada por los ovarios. En su famoso informe, dejó escrito que en los Estados Unidos de América el 3% de las mujeres son lesbianas y el 10% de los hombres son gays. Algunos investigadores, como Hamer, habían sugerido la existencia de un gen de la homosexualidad, que estaría localizado en el brazo largo del cromosoma X y sería transmitido por la madre (1994-1995). Y con autoridad, escribe el neurofisiólogo español Francisco J. Rubia que “las hormonas son las que determinan las características sexuales del sistema nervioso, lo que explica que puede haber machos genéticos (genotipo XY) con cerebro femenino y hembras genéticas (genotipoXX) con cerebro masculino” (El sexo del cerebro, 2007).

El comportamiento “gay” no es exclusivo de la especie humana, como es sabido. En el laboratorio, hace unos treinta años, como nos cuenta Eduardo Punset (El viaje al amor, 2007) se descubrieron moscas lesbianas, que despreciaban a los machos. Del mismo modo, en experimentos realizados en el conocido como “ratón de la pradera”, se ha detectado que hay un gen (fruitless, según los científicos, es decir, “sin fruto, estéril”) que controla la sexualidad. Si se inactiva en los machos, éstos pierden todo interés por las hembras; si se activa en las hembras, éstas se vuelven lesbianas. Conducta similar se ha observado también en animales salvajes: bisontes, pingüinos, morsas, macacos, bonobús, delfines, manatíes, avestruces, murciélagos, hasta un total de casi medio centenar de especies. Cantidad que se aumenta cuando están en cautividad, como puede ocurrir también con los humanos privados de libertad (p.e. prisioneros, esclavos o náufragos) o cautivos de su propia soledad. El impulso sexual es tan fuerte y exigente que necesita un desahogo a cualquier precio, aunque sea incapaz de generar una nueva vida. Como dice un refrán: “Cuando el sexo aprieta, ni el cielo te sujeta”, en referencia a la triste vida de tantos eclesiásticos, desde el más humilde monje o sacerdote hasta algunos de los más encumbrados Papas católicos, que no han podido refrenar sus deseos sexuales. No por instinto paternal, sino para matar el deseo que consume. De hecho, la fecundación es fruto del azar y millones de óvulos desaparecen a cada instante, sin dejar huella de su paso, como las flores estériles que el viento arrastra. La maternidad es hermosa pero imprevisible y origen de intensos dolores. ¡Cuántas mujeres habrán desoído la voz de la naturaleza, pensando que es mejor no traer hijos a este mundo de lágrimas y miseria! Incluso el filósofo Gore Vidal, ante la superpoblación del planeta, anima a la homosexualidad. Idea que choca con las doctrinas religiosas, que nos hemos inventado para darle sentido a nuestra vida.

Abro, en mi ordenador personal, la páginaweb de “la enciclopedia libre” Wikipedia, que me informa ampliamente sobre la “Homosexualidad”. No necesito más para conocer lo estudiado y polemizado sobre la historia y la conducta de los homosexuales. Pero busco en mi biblioteca algunos títulos sobre el tema y encuentro un par de libros no citados, que recomiendo al interesado. Uno, referido a la historia del amor entre personas del mismo sexo en la antigua Grecia, que aclara muchos extremos sobre el léxico amoroso y la conducta erótica del mundo clásico, casi siempre mal comprendido. Se trata del libro del académico Francisco R. Adrados, Sociedad, amor y poesía en la Grecia antigua (1996). El otro, del conocido escritor gay español Luis Antonio de Villena, El libro de las perversiones (1992), para quien lo que muchos conocen como “perversión sexual” es un “camino hacia la libertad individual”.

Zeus y Ganimedes en Priego

Zeus, metarfoseado en águila, enamorado del joven Ganímedes, en Priego (España)

La historia de la persecución homosexual es larga y desgraciada. La hipocresía de unos y la ignorancia otros han castigado con penas horribles esta orientación sexual, calificándola de vicio, de perversión, de enfermedad contagiosa, de delito social. En general, las religiones monoteístas la persiguen sin compasión, algunas con la muerte, como el Islam, con cadena perpetua, como en la India, o con la amenaza del castigo eterno como los católicos. En todo caso, la homofobia está generalizada, en especial en ámbitos religiosos. Pero mucho están cambiando en Occidente las leyes y costumbres, hasta el punto de que la revista Aggiornamenti sociali, de la Compañía de Jesús, reconoce que la aceptación social y legal de las parejas homosexuales pertenece al bien común, el mismo año(2008) en que la Iglesia Anglicana ha bendecido el matrimonio de dos sacerdotes londinenses. Poco antes, el teólogo M. McNeill había defendido la homosexualidad como creación de Dios (La Iglesia ante la sexualidad) y la OMS (Organización Mundial de la Salud) excluyó en 1973 homosexualidad de las patologías humanas. Desde entonces, alzaron sus gritos de victoria todos cuantos desprecian el acoplamiento destinado a la fecundación: bisexuales, transexuales, eunucos, hermafroditas, afeminados, travestidos, lesbianas y demás jolgoriosa muchedumbre acogidos a la bandera del arco iris.

Pero la aceptación social, que rechaza la anterior persecución religiosa, no es motivo suficiente para sentirse “orgulloso” de estas orientaciones sexuales. Es como si yo me enorgulleciera de tener los ojos azules o un pene más grande que mi vecino. ¿Qué he hecho yo para ser como soy? ¿Acaso debo estar orgulloso de mi orientación heterosexual? ¿Qué orgullo pueden manifestar las lesbianas por no percibir las feromonas masculinas, pero sí las femeninas? ¿Hay motivos suficientes para inventarse una Iglesia Gay? ¿Debo estar orgulloso de ser bisexual, como Zeus? ¿O enorgullecerme porque esta condición me va a permitir ingresar en la nómina de artistas, escritores, políticos, sacerdotes, poetas o presentadores de televisión que han logrado la fama por su homosexualidad? ¿O debo proclamar, como Chavela Vargas, que “ser homosexual es un blasón”?

El Movimiento Gay, nacido en Nueva York en 1969, se ha difundido por el mundo como una mancha de aceite, hasta culminar en el Día del Orgullo Gay, promoviendo ventas millonarias en tiendas eróticas y la fundación de la primera y única hasta el momento, Universidad del Sexo, en la capital de España (2007). ¿En ella se discutirá si el homosexual es quien tiene un pene pequeño o un clítoris grande?. ¡Algo sustancial para el futuro de la humanidad! ¿Deberé sentirme identificado, siendo heterosexual, con la protagonista del libro Su cuerpo era su gozo, de Beatriz Gimeno, la presidenta de la Federación Española de Gays y Lesbianas?. La realidad es que hemos entrado en la segunda era de la Diosa Madre, en la que el feminismo se alía con gays y lesbianas para derrocar el poder milenario del macho, que llega a su fin. Lo dijo en una entrevista Oli Acosta, uno de los tres miembros del Rectorado atípico de esta atípica Universidad: “El rol del macho ibérico puede valer para jugar un día, pero como constante en la pareja está muy trasnochado”. El futuro se presenta bastante negro para el heterosexual. Vandalio.

DESAMOR

por fap1931 @ 2008-06-22 - 20:17:39

Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
¿sabes tú a dónde va?

Rima XXXVIII , de Gustavo Adolfo Bécquer.

G.A.Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer

Estos cuatro versos del poeta romántico español nos sitúan ante la verdad de la pasión amorosa, que, como la felicidad del enamoramiento y el dolor de la pérdida, dura un instante y después se marchita. El poeta sevillano, insatisfecho en sus continuos fracasos amorosos, canta el amor perdido, que permanece, idealizado, en su recuerdo. Sin embargo, lo que lamenta es la pérdida de la pasión amorosa, no del amor, que es palabra plurivalente y polisémica. La pasión explota con fuerza arrolladora y con luz que ciega momentáneamente, como los fuegos de artificio, y se marchita, para dejar paso a otra pasión que acabará como la primera. De hecho, puede haber pasión sin amor, como en los prostíbulos, y a un amor apasionado puede suceder, cuando muere la pasión, un amor desapasionado, más tranquilo, al que llamamos cariño.

Para entender el desamor debo comenzar por aclararme a mí mismo lo que es el amor, que, pese a tantos siglos de disquisiciones, aún se muestra envuelto en una densa nube de misterio, sentimiento que se aplica, sin la necesaria precisión, a múltiples objetos de la vida humana, cuyo único denominador común es el “atractivo” con que me seducen. No es lo mismo el amor que siento por un animal de compañía, que el de una madre para con su hijo, ni el de un amigo que el que siento por un trabajo que me agrada. Si el amor es un sentimiento, nadie me lo puede imponer por la fuerza, como en los matrimonios forzados de antaño. Por eso, también, está condenado al fracaso el primer mandamiento cristiano. Amar a un ser invisible, imaginado, por muy superior que sea, es imposible si responde a una orden. El que ama a cualquier dios, persona o cosa, sabe que lo hace por un sentimiento involuntario. Incluso el amor a los padres biológicos es consecuencia, no del nacimiento, sino del trato al recién nacido, agradecimiento al cariño que se recibe, aunque sean padres de adopción.

Si el amor entre personas es un sentimiento involuntario, que llega cuando menos lo espero, sin anunciarse y sin que yo pueda hacer nada, ni por conservarlo ni por rechazarlo, se impone a mi voluntad, me esclaviza. Llega, se aposenta en mi imaginación (no en mi corazón) y allí se queda, con vocación de eternidad. ¿Es que no recuerdas ya tu primer amor? El mío se acabó, pero su recuerdo permanece intacto, saliendo de vez en cuando de su negro escondite, para consolar mi soledad y alimentar mi nostalgia. ¿Es que la vida de cualquier humano no está trabada por varios fracasos amorosos? No soy el único que no ha podido conseguir ese amor que anida en una mente preñada de fantasías: unas veces amores soñados; otras, amores frustrados. Algunas, amores rotos por la incomprensión, la rutina, el desamor. Si, como decía Leibniz, “amar es encontrar en la felicidad del otro tu propia felicidad”, parece claro que, en el desamor, uno de los dos amantes ha dejado de ser feliz en la compañía del otro.

Gaviota, en Opatija

Levantando el vuelo en Opatija (Croacia)

En la ciudad croata de Opatija una preciosa escultura femenina, que mira al inmenso mar con una paloma (¿gaviota?) en la mano, a punto de emprender el vuelo, simboliza a la perfección la condición sentimental de esa persona, incapaz de conservar para siempre la pasión amorosa, encarnada en la paloma, dispuesta a perderse en el lejano horizonte, sin volver la vista atrás para agradecer, al menos, las caricias que le dieron vida y refugio. Pero esa es la condición de la pasión: aparece sin avisar, se alimenta de mi sangre y después me deja, sin compasión (es decir, sin “pasión compartida”), para buscar otra víctima inocente. Esa es la pasión sensual, el deseo lascivo, la líbido latina, la patológica lujuria, el incontrolado erotismo, el mandato genético de la reproducción, al que llamo erróneamente, por costumbre, amor.

Si la pasión sexual tiene un fundamento físico-neuronal, el amor, por el contrario, creo que es una ilusión, un arrebato imaginario, que busca y se entrega a la belleza, la sabiduría o el poder, objetos de mi admiración. Cuando el amor se impregna de deseo por la piel del otro –imán que me domina- se convierte en el amor-pasión, que es el cantado por poetas enamorados, cantores del dolor, cuando el deseo amoroso emprende el vuelo para buscar otro suelo donde anidar. No es necesario diseccionar las causas del desamor. Basta saber que existe y que el sujeto del desamor –porque no suelen darse en los dos amantes al mismo tiempo- sufre con sus punzantes heridas, como el santo Sebastián sufría con las flechas que buscaban su corazón. “Del amor al odio no hay más que un paso”, dice un refrán español. Este será el desamor extremo, pero también hay que considerar al desamor cohabitando con el desprecio, porque, como señala Punset, “donde se instala el desprecio, el amor no tiene cabida” (El viaje al amor).

Mena, S.Sebastián (Cat.Málaga)

Retablo de San Sebastián Catedral de Málaga.

En los corazones sensibles suele acompañar al dolor de la ruptura una sensación de culpabilidad (cierta o imaginada) que llega a romper el equilibrio psicológico. Para la doctora Elena Ochoa, el amor es como la locura, que distorsiona la realidad, porque sólo funciona la imaginación, idealizando a la persona deseada (Locuras y amores, límites ilimitados) hasta límites irracionales si la pasión no es correspondida. El intenso sentimiento de la pasión sexual es inseparable del egoísmo (“La maté porque era mía” es la expresión del machismo más animal; pero también la violencia puede ser femenina). Por eso se necesita una cura de humildad para sobrellevarlo, sin caer en el síndrome del victimismo. Lo que parece una traición a los ojos del amante repudidado, puede ser sólo un error de apreciación desde el primer contacto. Nunca se llega a conocer a nadie en la más profunda intimidad. Cada año se producen miles de separaciones y divorcios jurídicamente aceptados, pero son muchas más las veces que al amor más apasionado sucede el desamor íntimo y la ruptura oculta.

Según la psicóloga Helen Fisher, investigadora del Museo de Historia Natural de Nueva York (Por qué amamos. Naturaleza y química del amor romántico) el amor, como instinto animal, “dura entre 18 meses y tres años”. Pero da a entender que eso no es amor, sino deseo, que desaparece si el amor no ha sido verdadero. Para muchas parejas, decir “te amo” es más inexacto que decir “te quiero”, “te deseo”. La confusión está siempre presente, porque, tanto el amor como la pasión sensual tienen por objeto la belleza, según Platón. Pero hay que saber distinguir, teniendo presente que el amor es entrega altruista, que busca la felicidad del otro, y la pasión del deseo es amor propio, ya que sólo intenta destruir esa pasión propia para liberarnos de su tiranía. Durante la etapa del enamoramiento compartido, la mente sufre un violento disturbio emocional, producido por la hormona de la felicidad (fenotilamina). En cambio, en los amantes rechazados, el hipotálamo cerebral segrega la hormona del miedo, llamada corticotropina, que produce una angustia mortal, aunque pasajera, propia de los maníacos depresivos, con periodos alternativos de excitación y desesperanza. Es tan evidente el carácter químico del desamor – o mejor, de la ansiedad producida por el fin de una pulsión sexual no correspondida- que se puede curar con otra hormona, la oxitocina, vinculada al desarrollo afectivo, que combate el desconcierto de una separación sentimental, tanto en los niños como en los adultos. Así lo enseña el profesor Damasio, quien afirma que “la mejor manera de llegar al final de una emoción negativa es generando otra de la misma intensidad, pero contraria”, capaz de segregar la oxitocina. Desgraciadamente, no es fácil encontrar otro amor-pasión que pueda curar las heridas del anterior desengaño.

La relación amorosa entre humanos debe ser simétrica, realizada en un ambiente de libertad. Debemos conocer, en su intimidad, el cuerpo y la mente "real" de la otra persona, consejo no fácil de seguir si estamos cegados por la pasión. Pero no hay consejos mágicos para superar el desamor. Sea o no platónico, el amor siempre nos hará sufrir. Aunque saldremos fortalecidos de la prueba, si conseguimos que nuestra razón domine nuestras pasiones y controle nuestros sentimientos. Saludos a todos los amigos/as sufridores. Vandalio.

PIEL

por fap1931 @ 2008-06-11 - 07:53:25

Manos, de Rodin

Manos, de Rodin

Quien haya tenido la oportunidad de visitar el Museo Rodin, en París, comprenderá que la imagen de dos imanes que se atraen compulsivamente es la más adecuada para simbolizar el atractivo que pueden ejercer entre sí dos cuerpos humanos que se desean. Cuerpos imantados por el deseo. Cuerpos que no pueden resistir la atracción sin sufrir la represión ordenada por los memes cerebrales, que desencadenan la resistencia al deseo sensual por los motivos más diversos, desde el pudor hasta la maledicencia social, pasando por el desacuerdo familiar, la falsa culpabilidad religiosa o la simple táctica amatoria. Pero si el deseo es mutuo, nada podrán los más enraizados motivos. El imán corporal debe someterse a la genética, que sólo piensa en la supervivencia de la especie. Porque, no hay que dudarlo, todo impulso sexual, aun en parejas del mismo sexo, está ordenado a este fin, aunque sea inconsciente y la conciencia no lo reconozca. Y aunque falte el amor, que no es indispensable para el deseo.

Cuando pienso en el cuerpo deseado, no pienso, desde luego, en el corazón, ni en el hígado, los pulmones, los huesos, los músculos, ni siquiera el cerebro, por más que lo admire. Un cuerpo no es, para mi deseo, la totalidad del conjunto, sino ese envoltorio maravilloso y sensual que lo recubre, que en español llamamos piel. El órgano humano de mayor extensión que pone límites a nuestro cuerpo, con sus cerca de dos metros cuadrados, en los que se esconden unos cinco millones de diminutas terminaciones nerviosas. Es una herramienta de comunicación, muy delicada y sutil, que nos permite trazar la línea divisoria entre el agrado y el desagrado, la empatía y la antipatía, el amor y el desamor, como se atraen o repelen los dos polos del imán. La acción de tocar la piel ajena conlleva una carga sensual desde el momento en que comienzan los trastornos hormonales de la pubertad. Ya nada será lo mismo para el ser humano, que ha de seguir las pautas replicatorias de la genética. El cerebro comienza a dirigir la actividad sexual, que no sólo conduce al placer, sino a la multiplicación de la especie.

Eterna primavera, de Rodin

Eterna primavera, de Rodin

Por eso no se entiende que la sociedad, en los procesos ancestrales de civilización, haya reprimido con creaciones culturales, como la vergüenza, el pudor o la castidad estas voces tan necesarias para la vida, en aras de unas virtudes que contradicen la naturaleza. El tacto es absolutamente necesario para manifestar el amor, motor de la vida, pero también para la comunicación entre humanos y para la salud, tanto física como emocional. Hablar del tacto es hablar de la piel, que recibe los estímulos sensoriales y a ellos responde según la estimación neuronal, que nos advierte de los peligros del exterior y nos puede conducir al éxtasis del orgasmo. Si necesario es el contacto físico para el desarrollo infantil, no lo es menos para el equilibrio emocional del adulto. En la mujer esta necesidad es mayor que en el hombre, en quien predomina el estímulo visual. Pero ambos necesitan sentirse acariciados por una mano amada. Para el amor no hay sensación más placentera que la caricia de las manos del amante, cuando los imanes de los cuerpos deseados rozan el vello de la piel y saltan chispas casi eléctricas en el contacto de las terminaciones nerviosas.

atraccion sexual

También nuestra piel actúa de barrera física frente algunos microbios, venenos y radiaciones, se estira durante el crecimiento y se arruga con los años. No pierde nunca su capacidad de imantación eléctrica, pero la atracción disminuye al perder la tersura de la juventud. Nunca un anciano o anciana podrá servir de modelo estético para cautivar a los demás. Ser joven es la suprema condición para la belleza corporal. A medida que nos hacemos mayores, el programa genético induce importantes cambios en el colágeno y la elastina, ingredientes principales del tejido que confiere a la piel su firmeza y elasticidad. Huir de la vejez y procurar la eterna juventud es la utópica ilusión que sirve para aumentar los beneficios de la cada día más floreciente industria cosmética. Cada vez son más frecuentes las visitas al dermatólogo para “revisar” la piel, con pacientes temerosos de las enfermedades cutáneas, pero también de perder la suavidad y la tersura que activan el amor. Porque si no hay amor, no hay caricias. En realidad, somos pobres indigentes que pedimos con insistencia la limosna, tantas veces negada, de una mano amiga que esté imantada por el sentimiento del amor.

Pero en este aspecto son grandes las diferencias culturales. Hay pueblos, como los de origen latino, que son más propensos al contacto físico. Otros, como los anglosajones, no muestran esa capacidad de extroversión. Supongo que más por educación, que por genética. Hay también tradiciones religiosas que reprimen el tacto en sus doctrinas morales, como el cristianismo, que con su temor y rechazo al sexo corporal, ha forjado una idea malsana del contacto físico en toda su zona de influencia. Sin embargo, lo más que se ha conseguido luchando de forma inmisericorde contra la naturaleza, es ocultar las necesidades primitivas de la sexualidad bajo la capa de la hipocresía. Si hubiera más libertad, habría menos libertinaje. Ninguna fuerza, por muy espiritual que se presente, podrá impedir que dos imanes tan potentes puedan reprimir siempre su mutua atracción. Vandalio.

RELIGIÓN (y 6)

por fap1931 @ 2008-05-30 - 12:39:04

Unamuno, de L.Mezquita

Miguel de Unamuno, filósofo español

EDUCAR EN LIBERTAD
Las nuevas generaciones deben vivir en guardia contra el síndrome de Peter Pan, en el que ha consistido la tradicional educación religiosa: “Si no os hiciéreis como niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mc: 10,15). La consigna de cada religión siempre fue: obedece, no pienses, créeme, te pido fidelidad: sé mi esclavo.

Hemos llegado a la palabra mágica: educación. Si nos limitamos al ámbito cristiano (y pienso que en todos los demás), educar ha significado siempre ‘manipular’. Es decir, orientar la inocente conciencia del niño según los intereses del educador. Intereses que pueden ser históricos y políticos, estamentales, gremiales, familiares o religiosos. Educando para el ‘bien’-se argumenta- se pone al escolar en el camino recto o, lo que es lo mismo, en el respeto a Dios, a la patria, a los padres, a la clase social, al trabajo y al prójimo. Pero nunca se ha educado a nadie ‘en’ la libertad y ‘para’ la libertad de pensamiento, que es lo único que debe interesarle a cada persona. Porque se ha confundido ‘información’ con ‘educación’ y ‘religión’ con ‘moral’, idea defendida, por ejemplo, por un profesor laico de ética, como Aranguren, y rechazada por otro, el rector Unamuno, siempre angustiado por la reflexión religiosa, para quien, como algo evidente, la ética (o moral) es una cosa, y religión otra. “No es lo mismo ser bueno que hacer el bien” (La agonía del cristianismo). Ser bueno es perfectamente compatible con la falta de fe. Una persona de bien puede ser un agnóstico, un ateo o un indiferente en materia de religión. Incluso un no creyente como el materialista Eugenio Trías puede ser un escritor excelente, que pone en la ética su ‘filosofía del límite’, al mismo tiempo que defiende como ideología una especie de ‘materialismo sagrado’. Porque la moral, como la materia, es previa a toda religiosidad. La religión no se puede reducir a una moral, ni al misticismo, ni a la filosofía, ni a la poesía, aunque todo ello forme parte de su entorno.La moral/ética es una construcción social que es anterior y no depende de las religiones. Como dice José Antonio Marina, “la ética acaba marcando el camino a la religión” (Dictamen sobre Dios, Anagrama, 2002).

La educación religiosa va moldeando a la persona en sus primeros años, pero después de la infancia cada uno es responsable de su compromiso doctrinal y moral, sin tener que seguir, a modo de borrego, el cayado del pastor. Como suele ocurrir cuando se nace en el seno de una familia piadosa, de una sociedad confesional, circunstancia determinante para el futuro del creyente “social”. Una religión se hereda, como una propiedad, y es preciso, al llegar a la mayoría de edad, decidir si se acepta o se rechaza, eventualidad que queda abierta hasta la última hora. Pero la reflexión inteligente y crítica con lo recibido ha de enfrentarse a menudo con una tradición agobiante, que empuja con fuerza en una dirección determinada. Esto permite hablar de necesidad de la religión ‘colectiva’, que se asume como un valor familiar y comunitario que hay que preservar y defender ante la influencia proselitista de otras religiones, siempre miradas con recelo. Y quizás con mayor motivo se recela de la ‘conversión’ más o menos intelectual, de la apostasía de la fe recibida, a consecuencia de la propia desapasionada reflexión, que puede dañar la ‘comunión’ salvadora del grupo, tanto si se da el paso hacia otro sistema doctrinal, como si se termina abrazando el agnosticismo, el ateísmo o el indiferentismo. Porque las religiones han ido abandonado, a lo largo de su historia, el carácter ‘sagrado’, el misterio simbólico de sus inicios, para convertirse en una institución social más, y su liturgia en ritos mecánicos, sin vida interior ni capacidad de alumbrar en el corazón la febril emoción de la virginidad espiritual, perdida en la trepidante vida moderna. Para el homo actual, muy alejado ya de los impulsos sagrados del comienzo de la especie, perdido entre tantas ofertas religiosas, como en un mercadillo espiritual, la religión es como una prenda que se elige según se acomode al cuerpo.

Quien haya nacido en el Extremo Oriente, probablemente será budista o sintoísta. Si su patria fuera el Medio Oriente, su dios sería Alá y su gran ilusión sería peregrinar a La Meca. Si hubiera llegado al mundo entre los indígenas de la selva americana, lo más probable es que sus creencias no se apartarían de la religión natural, sin hacer caso de más iglesias ni dioses antropomórficos. Pero si el inevitable destino quiso que abriera los ojos en una sociedad confesionalmente católica, así sería su educación y su ‘circunstancia’, como diría Ortega. Esta ‘circunstancia’ vendría marcada por las ideas de quienes se recibe el amor, la instrucción y la fe religiosa. Pero también por la geografía, la historia, el arte y el mismo sistema lingüístico en el que se desenvuelve la personalidad. ¿Cómo no tener en cuenta las impresiones recibidas en los viajes, el testimonio de una historia manipulada, de unos tesoros artísticos que con preferencia nos hablan de temas religiosos? En todos los pueblos, por pequeños que sean, un templo siempre domina el caserío. Acá y acullá, en las grandes ciudades catedrales y basílicas, iglesias y conventos, monasterios en los más retirados y bellos rincones naturales. Por todo el mundo, iglesias, mezquitas, sinagogas, pagodas, templos de las más variadas confesiones, las más de las veces lujosos hasta la extenuación. Mi libertad de conciencia habrá de escoger entre tanta oferta.

Einstein

Albert Einstein, Premio Nobel de Física

CONFLICTO ENTRE LA FE Y LA CIENCIA
La historia, escrita casi siempre por los vencedores y por los líderes de masas, no hace sino justificar todas las crueldades en nombre del Dios de la Victoria, sin hablar del Dios de la Misericordia; se magnifican las obras misioneras, siempre admirables en su labor altruista, pero muy equivocadas al predicar dioses tan diferentes. El idioma en que nos entendemos, por su parte, cumple a las mil maravillas el objetivo de seducir las conciencias con el uso constante de los términos religiosos, y sobre todo la palabra Dios, enquistada en lo más profundo de la conciencia lingüística, en modismos y expresiones habituales. El arte, sufragado en todos los siglos por el dinero eclesiástico, ha conseguido sus obras maestras al tratar los temas religiosos. El cristianismo, sobre todo desde el siglo IV, ha sabido emplear sabiamente sus fondos, crecientes desde que supo atraerse a la nobleza y a los acaudalados, en la protección y mecenazgo de los grandes artistas, fuesen arquitectos, escultores, pintores, orfebres o músicos hasta conseguir el patrimonio más impresionante de la humanidad, siempre al servicio de su ‘divina causa’. Pero no ha conseguido la obediente sumisión de la ciencia. Antes bien, la ha perseguido y anatematizado en tantas ocasiones, que J.W. Draper ha podido publicar un extenso estudio de esa rivalidad histórica, en su Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia (1987). Albert Einstein, el más importante científico del siglo XX, ha declarado que “la Biblia es una colección de leyendas primitivas”. La mayor de todas, la que convierte a los judíos en el “pueblo elegido”. Semilla de estremecedoras consecuencias.

Para el positivismo, con su aversión a la metafísica, la ciencia experimental es la única fuente verdadera del conocimiento. Precisamente porque la religión nace de la emoción del miedo, sentimiento involuntario de angustia y dependencia ante el futuro incierto, para proporcionar al individuo alguna esperanza en su ansiosa búsqueda de felicidad duradera. La ciencia, por el contrario, se basa en la razón deductiva, sin hacer caso de las emociones, busca la verdad por el camino de la experimentación, paso a paso, al margen de revelaciones, mitos y supersticiones. Ni la metafísica ni la teología son capaces de dar una respuesta científica a la pregunta básica: por qué hay algo en lugar de no haber nada. En cambio, el espectacular avance de la ciencia nos va revelando que resulta innecesario acudir a ningún dios para justificar el origen de la materia, según la teoría del Universo Inflacionario, que propugna un universo sin principio ni fin. Divididos, como todos los humanos, los científicos buscan la verdad de la naturaleza y de la vida, pero pueden dudar en lo más íntimo de su conciencia, aunque la duda es incansable y ha de estar acompañada inevitablemente por el sufrimiento psíquico, lo más noblemente digno que puede soportar cualquier ser humano.

G.Puente Ojea

Gonzalo Puente Ojea, Presidente de Europa Laica.

EL LAICISMO, ÚNICA SOLUCIÓN
La fe religiosa individual es un ‘postulado’ imaginario y personal, pero la sociedad de la convivencia, de la justicia y de la paz no se puede fundamentar sobre ningún postulado religioso. No queda más que un camino a seguir, la renuncia a todo tipo de compromiso social con cualquier tipo de religión. La definitiva y sincera separación de la Iglesia y el Estado. La confesionalidad ha de quedar para lo más íntimo de la conciencia individual. El conjunto de la sociedad, múltiple en sus creencias y devociones, no tiene más solución pacífica que la asunción del laicismo en todas sus instituciones. Si de algo han de servir las enseñanzas de la Historia, la paz y el bienestar de la humanidad solamente se habrán de conquistar en la cultura de todos los pueblos cuando se instale la conciencia libre del laicismo. A la esclavitud colectiva de las religiones, con sus interminables enfrentamientos sangrientos, debe suceder, en un futuro próximo, si buscamos sinceramente la verdad, la plena libertad del laicismo en las escuelas, en las costumbres colectivas, en las instituciones sociales.

Con claridad meridiana, Gonzalo Puente Ojea, presidente honorario de la asociación “Europa laica”, escribe que “el principio laicista postula, en cuanto señal y cifra de la modernidad como hito histórico irreversible del autoconocimiento y autoliberación del ser humano, la protección de la conciencia libre del individuo y su privacidad, desalojando radicalmente de la Res publica toda pretensión de instaurar en ella un régimen normativo privilegiado a favor de cualquier fe religiosa que aspire a “institucionalizarse” en forma de ente público al servicio de alguna supuesta revelación sagrada o mandato divino” ("El laicismo, principio indisociable de la democracia”, en la web inisoc.org). Sus ideas encuentran un valioso precedente en el escritor francés Alexandre Vinet, quien establece el principio o “teorema laicista”, tan sensato como ignorado, de que individuo y sociedad son incompatibles en cuanto sujetos de una conciencia religiosa: “si la sociedad tiene una conciencia, lo es a condición de que el individuo no la tenga, y ya que la conciencia es la sede de la religión, si la sociedad es religiosa, el individuo no lo es” (Essai sur la manifestation des convictions (1839). Dado que el individuo humano es el único que posee el atributo de la conciencia, sólo él puede profesar una fe. La sociedad, como tal, no puede pensar, ni tener conciencia ni convicciones (a no ser la suma de todas las conciencias individuales, lo que resulta prácticamente imposible) y por tanto, no puede recibir como doctrina propia, es decir, institucionalizar, ninguna religión, por excelente que sea. Esta es la premisa fundadora del laicismo. “Una Iglesia no es una institución pública, sino una simple asociación de creyentes” en palabras de un teólogo jesuita(Joseph Lecler, L’Éclise et la souveraineté de l’État, 1944). Sin poder político, sin privilegios, sin discriminación de las demás confesiones, sin anatemas excluyentes de la disidencia. El Poder civil, por tanto, debe aceptar y proteger a todos los ciudadanos, sean o no creyentes. En la sociedad civil caben todos, incluso los ateos, indiferentes o agnósticos. La suprema dignidad del homo sapiens es la libertad de conciencia y de creencia. (Fin). Vandalio.

RELIGIÓN (5)

por fap1931 @ 2008-05-29 - 20:20:37

Templo de Diana, Mérida (España)

Templo romano a Diana en Mérida (España)

LA ILUSIÓN RELIGIOSA
La tesis de que la religión es un fenómeno psicológico individual ha sido contestada por Émile Durkheim en su obra fundamental, Las formas elementales de la vida religiosa (Alianza, 1993), que la defiende como ‘producto social’, un factor necesario y decisivo, utilitario en último término, para mantener la cohesión social. Ambas teorías son rechazadas por Gustavo Bueno en El animal divino (Pentalfa, 1985) donde propone definir la religión como “religación de los hombres con los númenes”, entendiendo por numen “un centro de voluntad e inteligencia” que puede estar incardinado en humanos (chamanes, héroes, profetas, santos, etc.) o en animales totémicos. La conclusión de Bueno es que “los hombres hicieron a los dioses a imagen y semejanza de los animales”. Así, la religión dejaría de ser un sentimiento de origen psicológico o social para convertirse en una “categoría ontológico-antropológica, en una relación real entre los hombres reales y los númenes reales”.

Acude al envite Gonzalo Puente Ojea, afirmando con rotundidad que “la religión es invención, ilusión, y no realidad de númenes inexistentes” (Ateísmo y religiosidad, Siglo XXI, 1997). Siendo el animismo la mayor de las ilusiones, “la hipótesis animista no menoscaba en absoluto la realidad de las religiones como hechos históricos, como productos antropológicos”. Lo que el autor niega no es la ‘realidad’ sino la ‘veracidad’ de las religiones. “Sueños y visiones -sigue diciendo- son los dos motores principales del animismo original, activados por la experiencia de la muerte. Esta idea seminal del alma, imprecisa, es una invención del ser humano, que germina por el temor, en el deseo de supervivencia”. Para entender con más precisión el origen del sentimiento religioso hay que recordar, con Puente Ojea, que “la ilusión animista es un fenómeno previo respecto de la ilusión religiosa”. Primero es el ‘alma’, el espíritu que me anima y después la necesidad de conseguir por cualquier medio la supervivencia personal. Porque lo que no deja lugar a dudas es que el sentimiento religioso es íntimo y muy personal: lo que busco es ‘mi’ felicidad, ‘mi’ salvación eterna, ‘mi’ supervivencia en otro mundo mejor que éste. El sentimiento religioso se hace colectivo cuando el clan sistematiza los mitos, organiza los ritos y propone el culto a los familiares fallecidos. Así como el fetichismo es individual, el totemismo es un fenómeno corporativo, que encuentra en el ‘totem’ el espíritu familiar que identifica y protege al clan, con poderes tan mágicos como los del fetiche.

Si la soledad, la menesterosidad y el ansia de inmortalidad del hombre son estímulos que favorecen el nacimiento de la espiritualidad personal, la necesidad de un orden social y de una autoridad respetada por todos está en el origen de la religiosidad colectiva, sometida al poder de los ‘espíritus’ inventados. Hay que saber distinguir, por tanto, la ilusión religiosa que da origen a las ‘almas’ y la que inventa a los ‘dioses’ (no importa que sean femeninos ni múltiples) necesitados de la veneración colectiva y de los ritos de las religiones, siempre tan diversas. Pero en todas hay un elemento común, que forma parte constitutiva de la condición humana: el deseo de felicidad y supervivencia. La religión, todas las religiones, serían el medio más apto para alcanzar esta necesidad vital del cerebro evolucionado. Aunque, como afirma Durkheim: “No hay religiones que sean falsas. Todas son verdaderas a su manera, todas responden, aunque de formas diferentes, a ciertas condiciones dadas de la existencia humana”. Lo mismo exponen los dos antropólogos más celebrados en el tema de las religiones comparadas: Brian Morris (Introducción al estudio antropológico de la religión, Paidós, 1995) y Evans-Pritchard (Teorías de la religión primitiva, Siglo XXI, 1991). Pero lo cierto es que algo –cualquier cosa- no puede ser verdadero y falso a la vez. Por muy útil que sea.

Mezquita islámica, en Istanbul.

Mezquita islámica en Istanbul (Turquía)

FALSEDAD DE LAS RELIGIONES
La multiplicidad de religiones que pueblan la Tierra (tanto si son monoteístas como si son politeístas) sólo se pueden contemplar bajo dos supuestos: o bien todos los dioses adorados por los hombres son verdaderos, o todos son falsos. O tienen existencia real fuera de la materia, o no la tienen, y son pura ilusión virtual. Si lo primero, como defiende el creacionismo, sería indiferente el pertenecer a una u otra religión; la polémica sería exclusivamente ‘partidaria’ entre politeísmos y monoteísmos, primero, y entre las religiones de un solo dios, después, para dilucidar cuál de ellos es el único y verdadero. Si la falsedad es, por el contrario, consustancial a todas ellas, hay que clamar, aunque sea en el desierto, contra esa múltiple, continuada y fanática alienación que adormece las conciencias, impidiendo ver con claridad el camino para salir indemne de tan loca servidumbre. Algo que solamente podrá llevar a cabo la reflexión imparcial y profunda, el sometimiento de los sentimientos a la razón y de las costumbres supersticiosas a los dictados de la verdad racional, huyendo como de la peste de la fe impuesta. Cuando el delirio se adueña de la mente humana, deja de ser racional para someterse a las exigencias de la emoción delirante. Al hombre racionalmente sano le basta y le sobra con su razón bien informada para dilucidar sobre la verdad de las cosas, sin necesidad de seguir ningún ‘criterio de autoridad’, aprendido en las escuelas del ‘pensamiento único’, donde nadie enseña a vivir y pensar en libertad, brújula que debe guiar todas mis acciones.

La más importante reflexión que se presenta a la consideración humana, cuando piensa en la emoción religiosa, es la de sustanciar si todas las religiones son iguales, o mejor, igualmente falsas. En este supuesto, algunos piensan que ninguna ha de ser preferida por su veracidad, admitiendo la utilidad como el único criterio válido de la fe. Tesis muy práctica, pero egoísta, además de incompatible con el sentido de la espiritualidad. Siguiendo la idea de Freud de que la religión es una ilusión necesaria, sin la cual el hombre no podría sobrellevar las calamidades de la vida, escribió Antonio Gala (1995) que “todas las religiones son innecesarias, pero mientras una religión aquiete al hombre, lo mantenga en paz con sus semejantes y ordene su espíritu para que se sienta acompañado, sea bienvenida”. Este utilitarismo pasa a ser ‘políticamente correcto’ cuando la misma sociedad lo acoge como propio: es la paz colectiva la que está en juego. Se admite la religión en tanto en cuanto ‘sirve’ al proyecto político de la comunidad. Pero esta postura acomodaticia atenta contra la dignidad del pensamiento humano.

Quienes consideran que la ‘veracidad’ de una fe depende del número de adeptos, yerran escandalosamente, porque un consenso generalizado no prueba que una creencia sea cierta. En el colmo del utilitarismo, se propugna una solución tan ‘diplomática’ como poco efectiva para salvaguardar la dignidad de la razón, es decir, una mezcla de todas ellas, un ‘consenso’ entre las autoridades religiosas, como hacen los políticos, aunque ello supusiera ceder en sus fundamentos doctrinales. Incomprensiblemente, para algunos filósofos, tenidos por sensatos, como Eugenio Trías, “la única religión verdadera sería aquella que fuese capaz de sintetizar las existentes” (Pensar la religión, Destino, 1997). Como ya dijo, años antes, con similares palabras, Raimon Panikkar, en El silencio de Buda, al propugnar una “fecundación mutua” de las religiones, porque ninguna está en posesión de la verdad absoluta.

Iglesia católica,en Viena

Iglesia de San Carlos en Viena (Austria)

RELIGIÓN Y POLÍTICA
Para estos engañabobos, no importa que los fundamentos religiosos sean absurdos ni que sus dogmas anulen la razón y la libertad. Por encima de todo, por encima del ser humano individual, se impone la ‘razón de estado’ de la sociedad. Para los políticos, es preciso que el amor a la verdad se someta al sosiego social. ¿Por qué, si no, han protegido las autoridades civiles las crueldades de la cristiandad contra los disidentes y aun los meros sospechosos a los inquisidores de la fe? ¿Por qué admiten los seguidores del Islam la pena de muerte contra el adulterio y la homosexualidad? Más aún, ¿por qué las autoridades musulmanas obedecen el mandato coránico de “matar a los que no creen en Alá”? (Corán, s.IX.v.28) ¿No es la creencia religiosa el aglutinante violento y agresivo del nuevo Israel? Para un observador imparcial, resulta incomprensible que estas tres religiones recen al mismo Dios y busquen, por medios tan diversos, la unidad política y la salvación eterna para sus fieles creyentes. En vez de la razón, la esquizofrenia es la enfermedad que parece dominar al hombre.

En este sentido, el Concilio Vaticano II, que reunió a las autoridades eclesiásticas católicas en 1965, al reconocer (doctrina ‘novedosa’ en el seno de la Iglesia) la libertad religiosa como uno de los derechos humanos fundamentales, promovió un proceso ecuménico de unión doctrinal de todas las religiones (al menos las monoteístas) por motivos ‘utilitarios’ de beneficio espiritual para hombres y comunidades. Idéntica finalidad a la que tuvieron en 1986 los representantes de las principales religiones en la basílica italiana de Asís, “para orar en común”. Este sincero movimiento de diálogo inter-religioso no será nunca la solución al problema de la diversidad religiosa, ni a la no-creencia. La misma Iglesia Católica está dividida, a pesar del Papa y de los Concilios. El cardenal Carlo María Martini sostiene que la salvación es posible “al margen de cualquier Iglesia, si cada uno sigue la gracia de Dios y la conciencia moral”. Por su parte, la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal (hoy Papa) Joseph Ratzinger, hizo pedazos el proceso ecuménico iniciado por Juan XXIII, al publicar en el año 2000 la Declaración vaticana “Dominus Iesus”, firmada por Juan Pablo II, en la que se sostiene, como era doctrina tradicional desde San Cipriano, obispo de Cartago (siglo III), que “fuera de la Iglesia Católica no hay salvación”. Idea que fue refutada inmediatamente por casi cien teólogos, los más pertenecientes a la “Teología de la Liberación”. Para los más conservadores, por el contrario, quien piense que todas las religiones son iguales, cae en el autoengaño y comete ‘el triste pecado del indiferentismo’. En otras palabras, “quien no está conmigo, está contra mí”, según el conocido adagio evangélico, que puede respaldar cualquier doctrina integrista, de dominio absoluto, sea civil o religiosa. (continuará). Vandalio

RELIGIÓN (4)

por fap1931 @ 2008-05-29 - 11:22:58

Primates, por Gabriel von Max

Primates por Gabriel von Max

LA EVOLUCIÓN HUMANA
Al examinar desde cerca el problema religioso que preocupa a los humanos –no a todos- parece, pues, que podemos reducirlo a una sencilla disyuntiva: ¿Hubo, o no hubo, un “diseño inteligente” en la creación y conservación del universo, al que pertenezco? ¿Hay “fuera” de este universo una inteligencia suprema –llámese como se llame- que todo lo ha previsto y ordenado?
Si es así, ¿debo rendirme a su “poder” y adorarlo, “religándome” a EL –quien o qué sea- como agradecimiento por haberme otorgado la vida, es decir, por haberme hecho digno de ser “su” criatura? Si no es así, ¿cómo imaginar siquiera que mi inteligencia –la poca o mucha que tenga- es sólo el resultado de una multimillonaria combinación de factores físicos y químicos, que se ha producido sin ninguna otra inteligencia externa que la haya creado? Para dilucidar el enigma cuento con mi razón (¿o será mi inteligencia?), que me aconseja hacer oídos sordos a quienes me abruman con espíritus increados, libros sagrados, misterios inabarcables y obediencia servil.

En cambio, he de escuchar atentamente las explicaciones científicas, que se basan solamente en el experimento comprobado. Según el darwinismo, la historia científica de los primates, desde la desaparición traumática de los dinosaurios hace 65 millones de años, es la de una lenta evolución genética de una gran familia que se comienza a separar hace cinco millones de años en ramas diversas, y que ya no volverán a encontrarse, aunque serán siempre parientes más o menos próximos. Como se ha demostrado, hubo cientos de miles de proyectos fallidos en el proceso evolutivo (que no conocerá más final que el mismo del universo) siendo el primate-hombre una más de las especies supervivientes. Las más conocidas de estas ramificaciones son: el orangután, el gorila, el bonobo, el chimpancé y el homo, especie a la que pertenecemos todos los humanos. Según los antropólogos, hace aproximadamente un millón de años comienza la repoblación humana de Europa, (por el denominado homo antecessor, es decir, el antecesor directo del hombre moderno) siendo los restos de Atapuerca, en la provincia española de Burgos, los más antiguos encontrados hasta hoy en el continente europeo (Atapuerca. Un millón de años de historia, Madrid, Editorial Complutense, 1998).

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Pinturas rupestres Altamira (España)

HOMO SAPIENS
Formaban la gran familia de Neanderthal, muy distinta de la de Cro-Magnon, con la que convivieron algunos miles de años, hasta la total desaparición de la primera, hace unos diez mil años. La antigüedad de los hombres de Cro-Magnon se calcula en 200.000 años, pero la maduración de la inteligencia y de la conciencia no se llegó a alcanzar hasta hace unos cuarenta mil años, en que aparecen los primeros vestigios rudimentarios de la religión y del arte. Son miles y miles de años en los que el género humano va evolucionando, con una lentitud agobiante, desde su primitiva condición de homínido animal hacia la aparición del yo consciente y de la razón, dependiente a su vez del crecimiento lentísimo del cerebro. Es decir que la historia ‘computable’ del homo sapiens equivale a la del homo religiosus. Por entonces, se calcula que la humanidad contaba ya con unos seis millones de individuos, que se fueron multiplicando hasta llegar a los ochenta y tantos millones en el año 6.000 a.C., y a los seis mil millones del siglo XX (Fiorenzo Facchini, El origen del hombre, Aguilar, 1990). Si las pinturas rupestres de Europa (Lascaux, en Francia, o Altamira, en España) son indicio de religiosidad, el homínido evolucionado de la familia Cro-Magnon ya era un “hombre religioso” hace unos treinta mil años. Sin embargo, el culto a una divinidad más antiguo tendría unos seis mil años, según afirman los arqueólogos de las universidades de Cambridge y Canberra, que han encontrado en Australia la “serpiente del Arco iris”, primitivo símbolo creador para los aborígenes.

Tener conciencia inteligente significa dar un salto casi infinito en esta lenta evolución animal. El homo comparte con otras especies la inteligencia y el sentimiento, pero en grado superior, lo que supone la emancipación progresiva de la esclavitud animal, pero también la responsabilidad de sus actos, que desde entonces dependen, no del instinto, sino de una ‘energía’ misteriosa, que llamamos ‘voluntad’, sometida a la disciplina del orden y de la armonía por la batuta de otra ‘energía’ desconocida, la ‘razón’. ¿De dónde proceden estas nuevas ‘energías’, de que carecen los animales? ¿Es un producto aleatorio de la propia evolución? ¿O será quizá, como afirman los creyentes, un regalo de algún dios compasivo, con alguna intencionalidad ‘creadora’ de un ser nuevo? Si, para los creacionistas, no es pensable nada existente que no haya sido ‘creado’ por un dios todopoderoso, mucho menos lo será esta ‘criatura humana’ capaz de seguir senderos de bondad o de maldad, según lo dictamine esa arrolladora ‘fuerza’, inexplicable en términos materiales, la ‘fuerza de la voluntad’, uncida al imaginado carro invisible del ‘alma’, fuego espiritual, cuya existencia imaginamos por intuición, más que por razonamiento. Pero sobre la que se construyen todas las teorías religiosas, dando por supuesto que esa existencia no material debe ser inmortal, en otra vida, esta vez eterna, incluso mediante la reencarnación. El edificio de la teoría religiosa no puede construirse sin la amalgama de la fe, que no necesita para nada de la razón, pero sí de una supuesta ‘revelación’ y del arrogado ‘criterio de autoridad’ de los intérpretes de la también supuesta divinidad, que pretende imponerse a la razón. El soporte es, pues, bastante frágil, ya que puede hundirse tras cualquier sacudida de los argumentos científicos, fundados en la razón y en la experimentación.

BELEÑO.planta alucinógena

HOMO RELIGIOSUS
El origen del homo sapiens y el del sentimiento religioso individual deben tener, más o menos, la misma edad evolutiva, ya que, según los estudiosos, la creencia en espíritus separados del cuerpo es una propiedad inherente a la misma mente humana evolucionada. Para el antropólogo Juan Luis Arsuaga, investigador de Atapuerca, como para tantos otros investigadores no creyentes en el ‘fideísmo’, nuestra mente tiene esa función imaginativa, que nos separa y distingue de otras especies. Con ella podemos construir universos de ficción, mundos imaginarios y casi siempre simbólicos, de cuya existencia real no se duda. Esos mundos son ensoñaciones, visiones nocturnas a las que el hombre busca alguna explicación. Sueños que están ubicados por los neurólogos en el hemisferio derecho de nuestro cerebro, donde parece que se ‘fabrican’ las imágenes religiosas. La neuroteología, que trata de la localización de las áreas cerebrales relacionadas con la fe, es investigada principalmente por el neurólogo americano Andrew Newberg, mediante tomografías o fotografías del cerebro en estado de meditación. Hay estudiosos que defienden la tesis de que las experiencias religiosas son producidas por señales eléctricas en los lóbulos temporales, que pueden ser provocadas por situaciones de ansiedad, crisis dolorosas o falta de oxígeno o glucosa en sangre. Sus efectos son muy parecidos a los ataques epilépticos, como los sufridos (y científicamente demostrados) por Pablo de Tarso o Teresa de Jesús (Ciencia-Mente, Obra colectiva, Olañeta, 1998).

Para llegar a ese estado alterado de la conciencia se han dado varias explicaciones. La primera, por supuesto, es la teoría que relaciona esas alteraciones con los alucinógenos, esos hongos y plantas (como el beleño, el estramonio o datura, el opio y tantas otras) conocidas desde antiguo en el mundo animal, capaces de modificar la conciencia del individuo con ‘alucinaciones’ que, siendo fantásticas, toma por reales. Como en el sueño fisiológico, esas imágenes no se generan a voluntad sino caprichosamente o por motivaciones extrañas al sujeto. Pero son intensas y capaces de originar deducciones fantasiosas de la mente, que no sabe distinguir entre sueño y realidad, y que imagina como seres reales, aunque separados del cuerpo. Seres que conforman un ‘mundo simbólico’, tan vivo y real para el sujeto como el material que le rodea. Tan ciertas son las alucinaciones, como falsos los espíritus que en ellas se originan. Parece claro que esta creencia ‘animista’ nace en la persona por deducción, propia o inducida, pero las consecuencias pronto dejan de ser individuales para transformarse en colectivas. Es muy posible que sin la ‘sociedad’, por muy tribal que fuera, no se habría sistematizado el sentimiento religioso. En esta socialización de la emoción religiosa hemos de buscar el origen de casi todos los conflictos de la historia humana. (continuará). Vandalio.

RELIGIÓN (3)

por fap1931 @ 2008-05-27 - 18:53:36

creacion de Adan

Dios-Padre, creador de Adán, por J. Empoli.

LA CREACIÓN SOBRENATURAL
El creacionismo, es decir, la teoría de una creación directa por un ser sobrenatural, infinito y eterno, inmortal y todopoderoso ‘creador’ de una especie nueva, sin relación genética con las demás existentes, es la propuesta más difundida por todas las religiones teístas, pero muy especialmente por las tres monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Sin embargo, la sentencia cristiana de que “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” no deja de ser un postulado sin base científica, ya que da por supuestas las bases metafísicas sobre las que se asienta, no demostradas: la posibilidad de la creación y la similitud del creador con su criatura. Según esta alucinante teoría, una primera pareja de humanos (Adán y Eva) habrían sido formados “de la arcilla” por la mano omnipotente de un Ser Espiritual, ajeno a la materia creada, como colofón extraordinario a toda su obra creadora anterior, que abarca el universo entero conocido. Al dotar al hombre de un alma inmortal, no sólo le hace diferente y superior en grado sumo a todo lo creado, sino que además, por ser hecho “a su imagen y semejanza”, adquiere derechos de filiación y dignidad, que le permiten aspirar a otra vida, esta vez de eterna felicidad, en un mundo maravilloso, sin los condicionantes de la miserable vida que le aguarda en el planeta Tierra.

Este cuento de hadas, muy seriamente expuesto en la Biblia, ha sido predicado y creído a pies juntillas por miles de millones de humanos, a lo largo de la historia, sin más contradicción que la de unos pocos pensadores, tachados de herejes, ateos y apóstatas, por haber pretendido hacer primar la razón sobre tanta locura emocional. Similares teorías demenciales son creídas por los fieles de las demás religiones teístas, que no quieren renunciar a la intervención de unos supuestos seres divinos en la creación y destino del hombre. Ese dios imaginado, de figura antropomorfa en las creaciones artísticas, al que la Biblia prohíbe nombrar, ha dominado la mente humana desde sus comienzos, sin más respaldo doctrinal que las páginas del libro sagrado, escritas por distintas manos durante cientos de años, con interés meramente político (proteger y dominar al "pueblo elegido"), alucinando al ignorante homo con sentencias y doctrinas descabelladas sobre unos entes “sobrenaturales”, es decir, que sólo existen fuera de la naturaleza, como instrumentos mentales de sometimiento y dominación, en las tres religiones bíblicas. Lo absurdo de tales doctrinas lo resume Eric Fromm con estas sensatas palabras: “La consecuencia del monoteísmo judío es lo absurdo de la teología. Si Dios no tiene nombre, no hay nada de lo cual hablar” (Seréis como dioses, Paidós, 1974).

Darwin

Charles Darwin

EL NATURALISMO DARWINISTA
Cuando la teoría científica de la evolución de las especies (iniciada por los biólogos Lamarck y Darwin) demostró el parentesco de todos los seres vivos, sobre todo el que existe entre el simio y el hombre, los teólogos hubieron de adaptar sus posturas a los nuevos descubrimientos, mientras se pudiera seguir manteniendo la teoría creacionista. La posición privilegiada de los humanos dentro del plan de la creación no se destruía por tener a un primate entre sus ancestros. Podía seguir siendo válida si se aceptaba tras ella la voluntad divina. Pero, ¿fue realmente un dios quien provocó la transformación de las especies y el desarrollo intelectual de seres superiores a partir de una sucesión evolutiva? Para los filósofos Kant, Hegel y Schelling no había duda de esa intervención divina. Pero Lamarck, por el contrario, pensaba que la única responsable de los cambios era la propia Naturaleza. Darwin fue un poco más allá encontrando la explicación en una nueva ley natural: la ley de la selección. No era necesaria la intervención de ningún ser espiritual, ninguna voluntad, sino un principio mecánico, una casualidad ciega. El hombre, por tanto, era producto no buscado de la selección natural (El origen de las especies, 1869). La primera edición de este libro fue un best seller el mismo día de ponerse a la venta. Los profesores de biología Karl Vogt en Ginebra, Thomas Huxley en Londres y Ernst Haeckel en Jena fueron los primeros “darwinistas” que renunciaron a la idea de la creación del hombre por mano divina.

A pesar de todo, la batalla intelectual continúa y hoy día el creacionismo sigue teniendo sus partidarios, que se resisten a creer a los homínidos sucesores directos de los primates. Hay mentes tan dependientes de una fe ciega que no pueden admitir, sin repugnancia, la idea de una sucesión evolutiva natural. Pensar en mis “parientes” animales, sean insectos o dinosaurios, volátiles, acuáticos o terrestres, repugna a mi dignidad de especie “única” y superior a todas las demás. Dignidad, según dicen, que sólo se puede cimentar en una creación “ex nihilo” (de la nada), por un Ser Supremo, Todopoderoso, exterior al universo, invisible a mis ojos, pero presente en la conciencia del creyente. No por lo que he visto, razonado o experimentado, sino por lo recibido de otros humanos, depositarios de una absurda “revelación” que los hace infalibles, es decir, que no se pueden equivocar. La soberbia explica la fortaleza de la doctrina creacionista.

Adán y Eva (Jaca-.s.XIII)

Fresco románico de Adán y Eva (s. XIII)

LA TERCERA VÍA
Y lo que se dice de los creyentes monoteístas se puede aplicar, asimismo, a los demás teístas y politeístas, desde las primeras civilizaciones. Sumerios, egipcios, asirios, griegos, romanos. Todos han necesitado unos dioses protectores del gobernante y apaciguadores de los gobernados, no importa la forma en que se les representa ni los cultos con los que se les adora. El dominio eclesial sobre la masa no depende de un pensamiento racional, sino de la intuición y el sentimiento, como ya dijera el filósofo Freidrich D. Schleiermaier a finales del siglo XVIII (Sobre la Religión, 1799). La religiosidad depende más de un ‘prejuicio’ sentimental que de una convicción racional, sobre los grandes interrogantes de la vida. Pertenecer a una religión -cualquiera- permite formar parte de una tradición espiritual que calme la angustia del destino final. La pertenencia a una comunidad religiosa, para la gran mayoría, supone la renuncia al uso crítico de la inteligencia para embarcarse en el barco ilusorio de una esperanza eterna.

Entre la disyuntiva de un Ser omnipotente, creador de todo lo que existe, y un universo eterno, sin principio ni fin, en el cual surge la vida por azar, la inmensa mayoría de los humanos se suma a la primera opción, que parece la más cómoda, en la cual predomina la emoción sobre la razón y la ciencia. Según la ciencia, el naturalismo es la única explicación posible a la aparición de la vida sobre el planeta Tierra, y el hombre, con su singular inteligencia, no es más que un accidente –maravilloso, pero sólo accidente- en la historia natural. Fuera de la naturaleza no hay nada, y todo lo existente es eterno, aunque la vida –simple o compleja- apareció por una combinación azarosa de compuestos inorgánicos, es decir, por reacciones físicas y químicas de la propia naturaleza. Algo tan incomprensible y absurdo para la ignorancia humana como la creación “ex nihilo” a semejanza de algún dios omnipotente. Su aceptación supone renunciar a la tradicional emoción religiosa.

Pero en los últimos años ha surgido una “tercera vía”, que se presenta como anti-darwinista y que pretende ser aceptada no sólo entre los cristianos, sino también entre budistas, hindúes, agnósticos y estudiosos en general del tema religioso. Su líder es William A. Dembski, que presenta una teoría, según dice, “revolucionaria” (The Design Revolution, 2004), a la que llama “diseño inteligente”, donde sostiene que “la inteligencia es un rasgo fundamental del mundo y que todo intento de reducirla a mecanismos naturales está abocado al fracaso”. Existe, según el autor, una ”inteligencia diseñadora”, aunque no tiene por qué ser interpretada como el Dios de los monoteísmos.Algo que afecta al origen de la religión, pero no a sus consecuencias. (continuará) Vandalio.

RELIGIÓN (2)

por fap1931 @ 2008-05-26 - 08:27:17

asombro

ASOMBRO Y TEMOR PÁNICO DEL HOMO SAPIENS
Quien haya visto a un animal, un perro por ejemplo, temblar de pánico ante los truenos y rayos de una tormenta, podrá entender que los primeros homínidos, ignorantes y temerosos de los violentos fenómenos de la naturaleza terrestre, temblaran de emoción y de terror metafísico al ser testigos de inundaciones, seísmos, erupciones volcánicas, huracanes y tormentas que, al mismo tiempo que le hacían sentir su impotencia y su pequeñez, le obligaban a buscar amparo ante la adversidad, el sufrimiento y la soledad. Y esa búsqueda le haría volver los ojos a la bóveda celeste, con sus focos de luz nocturnos y diurnos, que le devolverían la paz interior, la alegría de vivir y el sentimiento de la gratitud. No tiene nada de extraño, por tanto, que esos elementos naturales ‘consoladores’ se convirtieran para él en ‘amigos’ a los que acudir, amar y venerar, entidades sobrenaturales, seres protectores de infinito poder, cuya esencia era sagrada por incomprensible, pero real. En todas las culturas primitivas, lo sagrado aparece como un poder misterioso de orden distinto al natural, que “trasciende este mundo, pero que se manifiesta en él” en frase de Mircea Eliade (Lo sagrado y lo profano, Labor, 1967).

Según el filósofo español Javier Sádaba, “Religión es una noción que no tiene ni etimología ni uso claro” (Lecciones de filosofía de la religión, 1989). Según los cómputos lingüísticos, existen más de un centenar de definiciones de “religión”, con significados tan dispares que no permiten un estudio unitario. Richard Dawkins prefiere la palabra “relusión”, en vez de religión, ya que tiene un componente virtual de ilusión o espejismo sentimental de la conciencia (El espejismo de Dios, Espasa, 2007). Es la expresión simbólica del asombro humano ante el misterio.

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LA MENTE HUMANA, CREADORA DE SÍMBOLOS.
El homo religiosus, primate ya consciente de su yo, y que hunde sus raíces en el paleolítico, “se mueve en un universo simbólico de mitos y ritos” como reconoce el antropólogo Fiorenzo Facchini (Tratado de antropología de lo sagrado, Trotta, 1995). El yo consciente de este primate humano le permite convertirse en creador de símbolos, es decir, objetos o signos sin contenido propio, que representan y dan vida a otra cosa, unidas ambas por la analogía. Cuando esto se produce, el símbolo consigue una realidad indestructible para quien lo inventa, incapaz de advertir la frontera entre lo real y lo virtual. Es de suponer que no todos los primitivos humanos tuvieron acceso directo a esta realidad simbólica, pero quienes sí lo consiguieron ocuparon por este mismo hecho, una situación dominante en las primeras colectividades o clanes tribales, que se han ido sucediendo después con el nombre de chamanes, brujos, gurús, o sacerdotes en las religiones más elaboradas. La propiedad más característica del símbolo es su virtualidad, es decir, imagen sin existencia real fuera de la conciencia, aunque en ésta pueda aparecer como viva y realmente existente. Al vivir en pequeñas comunidades, la fe individual en los símbolos se hace colectiva con facilidad, mediante los ritos y ceremonias establecidas por los líderes del ‘pensamiento sagrado’ que ordena la vida del grupo. No puede haber religión social sin la mitología de los símbolos ni la liturgia sagrada de los ritos.

En el pensamiento primitivo, que se mueve por analogías, todo lo que sucede depende de ‘algo’ o de ‘alguien’. En el caso tribal, el hijo no encuentra dificultad en atribuir a los símbolos ‘creadores’ el poder activo del padre o el fecundante de la madre, ‘inventando’ un dios creador (o una diosa creadora). Si todavía no se puede hablar de verdadera religión, estos primeros balbuceos de la emoción religiosa se han mantenido a través de los tiempos, y están en la base sentimental y psicológica de todas las religiones, que no se deben llamar así hasta la sistematización de una doctrina que exponga cómo deben ser las ‘relaciones’ con ese supuesto dios creador. Curiosamente, la palabra Religión no aparece en ningún texto sagrado de la antigüedad, ya que nace con el latín de los romanos para significar precisamente la ‘relación’ o ‘religación’ con esos seres invisibles, simbólicos, pero muy reales para la mente que los crea.

conciencia

LA CONCIENCIA RELIGIOSA
La sorpresa ante lo inesperado, la admiración por lo maravilloso, la curiosidad por desvelar el misterio, la sumisión a las inevitables y poderosas leyes naturales, son los profundos sentimientos individuales que se presuponen en el origen de la conciencia religiosa. Lo cual no pudo ocurrir más que de dos formas, excluyentes entre sí. O esa ‘conciencia’, manifestación de un ‘espíritu humano’ o ‘alma’ fue producto de un acto creador, ‘fabricada’ de la nada por un Ser Omnipotente, extraño a la naturaleza humana, o bien, ese espíritu individual es inexistente y surge, por efecto de la imaginación creadora, elaborada durante milenios en la mente, cada vez más desarrollada, del primate homínido. Como san Agustín, Francisco José Ayala admite que “la religión nace por una necesidad biológica, por la conciencia de que vamos a morir” (Darwin y el diseño inteligente,2007).

A estudiar este origen de la espiritualidad ha dedicado más de dos millones de euros la Fundación John Templeton, durante tres años. Parece que el origen divino de la conciencia humana, y por tanto de la religión, decae a favor de la opción biológica, que hace depender de la evolución del simio el progreso en la capacidad mental y en la fabricación de símbolos. Se busca en la ciencia una respuesta a los interrogantes sobre el sentido de la vida, porque las viejas fábulas ya no pueden dar razón de los grandes misterios. ¿Cuándo se eliminará del frontis de un templo de la ciencia, como es la universidad inglesa de Oxford, el lema que la ha presidido durante siglos: “Dominus illuminatio mea”? ¿Cuándo el puritanismo americano consentirá en dar por muerto el “In God we trust” que evoca otros tiempos, incardinados en la fe, donde se cimentaban la economía y la justicia? Se habrá de sustanciar la polémica entre partidarios de una u otra idea, según la fuente del conocimiento sea la fe o la razón, la revelación o la ciencia, la ‘autoridad’ de los ‘intérpretes de la divinidad’, o los argumentos de la experimentación y la deducción científica. (continuará).Vandalio.

RELIGIÓN (1)

por fap1931 @ 2008-05-22 - 18:10:44

Miles de libros se han escrito sobre la religión. Unos la critican, otros la elogian, pero todos intentamos comprenderla, tanto desde un punto de vista universal y filosófico como particular y doctrinal. Los más conspicuos pensadores han elaborado las más descabelladas hipótesis, que van desde la apología más fantástica hasta el rechazo más absoluto. Imposible leerlos todos. Pero eso no me ha de impedir un profundo interés en el tema, indisociable de la condición humana, y la expresión pública del resultado de mis reflexiones individuales, que no pretenden ser teológicas ni filosóficas ni entrar en debate con nadie. El teólogo -creyente por definición- no es libre para investigar la verdad religiosa, puesto que ha de someterse a un dogma. El filósofo, también por definición, "ama la verdad", pero puede estar sujeto a sistemas o grupos. En mi caso, apóstata del cristianismo, librepensador y no creyente en ninguna otra religión, me enfrento al tema religioso con soberbia (porque reconozco "mi" verdad como la única responsable y verdadera, frente a millones de mis congéneres, a los que creo equivocados en su idea religiosa) y al mismo tiempo con humildad (porque a todos respeto, a todos abrazo como hermanos, a todos reconozco su derecho a equivocarse). Como dice Javier Sádaba (Lecciones de filosofía de la religión, Mondadori, 1989): "Se puede ser religioso sin ser creyente". (Y también honesto y amante de la verdad). Ya no soy creyente, pero sí religioso, como atestigua mi biblioteca. La religión es el tema que merece mayor atención del ser humano, acostumbrado a vivir en las cómodas estancias de la frivolidad, y de los sentimientos a flor de piel, para alejar de su mente la angustia de su ineludible final. Yo apuesto por mi razón, por la búsqueda de la verdad, aunque peligre mi tranquilidad.

Schiller

El poeta Schiller (1809), padre del idealismo alemán.

Mi punto de partida será la Oda a la alegría, del poeta Schiller, puesta en música por Beethoven en su novena sinfonía, que transmite los inefables sentimientos de alegría y optimismo ante la imagen distante, pero cercana, de un Creador amoroso, puro ideal imaginado:

¿No vislumbras, oh mundo, a tu creador?
Búscalo sobre la bóveda estrellada.
Allá, sobre las estrellas, debe vivir.

Imagen poética, apartada de la miserable realidad, sueño que ha ilusionado a
los seres humanos con una visión paradisíaca falsa, por inexistente. La verdad no se hallará nunca "más allá de las estrellas", es decir, en la fantasía imaginativa, espacio soñado por delirantes utopías que carecen de realidad, aunque la pinten con los más brillantes colores artistas, poetas o músicos. Mi razón ha de ser el único juez de mis últimas conclusiones y decisiones, individualmente concebidas y aceptadas, frente a pensamientos ilusorios, sean genes o memes quienes intenten influir en mi conciencia.

En el interesante libro de Dean Hamer El gen de Dios (2004) se establece la diferencia entre espiritualidad y religión, transmitida la primera por los genes y la segunda por los memes. ¿Habrá que distinguir, pues, la religión de la espiritualidad? ¿Puedo ser ateo y espiritual al mismo tiempo? ¿Es la religión una neurosis colectiva, como decía Freud, o más bien individual? ¿Un mero sentimiento, como han sentenciado William James y tantos otros? ¿Mera cuestión de alucinaciones místicas o de simple utilitarismo social? ¿Una consecuencia necesaria de mi biología? ¿Seguiremos la ingenua pretensión de Stuart Mill, que predicaba (1874) una Religión de la Humanidad, especie de Alianza de religiones, basada en la certeza del progreso moral del género humano? ¿Qué parentesco tiene la religión con la moral? ¿Debemos aceptar la posibilidad de una religión sin dioses, como quería Schleiermacher? ¿Qué derechos sociales tiene el ateo frente a unas sociedades dominadas por la creencia en los dioses? ¿La expansión del laicismo supondrá la muerte de las religiones? ¿Cómo afectará esta "muerte" de Dios a la especie humana? ¿Respetará mi falta de fe la comunidad de los creyentes? ¿Estoy obligado a predicar la buena nueva de mi no-creencia? Cierro los ojos, respiro hondo, y me sumerjo en el misterio.

Adoración de la Trinidad,de Durero

Adoración a la Santísima Trinidad cristiana, de Durero.

Si alguien me sigue, en cualquier rincón del planeta, le manifestaré mi cordial amistad, pero deseándole que no se sienta presionado por mis ideas. Cada cual ha de buscar la felicidad a su manera. Yo escribo para desahogar mi cerebro, a punto de explotar por tantos pensamientos que me atormentan antes de morir. Aunque la busco ansiosamente, no sé dónde está la verdad, ni creo que nadie pueda encontrarla, por más que reflexione. Sólo llego a saber, gracias a mi pobre razonamiento, dónde no está: en las ingenuas creencias aprendidas en la niñez, en las falsas -aunque puedan ser bien intencionadas- doctrinas que reclaman mi adhesión y militancia, con reclamos engañosos de una vida eternamente feliz. Ningún dios merece mi adoración, porque todos ellos son falsos: Tammuz, Isis y Osiris, Mitra, Krisna, Zeus, Yahvé, Quetzatcoatl, Kukulkan, Viracocha y tantos otros que pueblan el fantasmagórico paraíso al que aspira con vehemencia mi engañado -y engañoso- cerebro animal. No sé con certeza lo que me espera más allá. Pero sí estoy seguro de que no será ni el Yahve de los judíos, ni la Trinidad de los cristianos, ni el Alá de los musulmanes, con todas las soñadas hur�es. Ni la enamorada Isis, la venerada Astarté o la bien vestida Shiva. Mucho menos, desde luego, la bellísima Venus, en cuya atractiva silueta consiguieron enredarme los artistas barrocos.

Venus del Bronzino

Venus, por el Bronzino.

Seguiré poniendo en la invisible y poderosa red informática mis sinceras reflexiones sobre Religión. Vandalio.

INCESTO

por fap1931 @ 2008-05-13 - 10:28:13

La sola palabra me repugna, pero mucho más la imagen que sugiere. Soy varón y no me causa el más mínimo placer la idea de copular con alguien de mi sangre. Es un sentimiento arraigado en mi mente, y no sé por qué, ya que todas las tradiciones primitivas me hablan de continuos incestos, algunos absolutamente necesarios para la propagación de la especie. Tampoco sé cómo reacciona hoy una mente femenina ante tal propuesta sexual. Imagino que hay mujeres que se entregan por amor, agradecidas a un momento de placer. Habrá otras que odien ese momento, si son agredidas contra su voluntad. La cópula entre familiares produce, en general, un rechazo moral, incluso si es consentida. Pero no siempre fue así. Los mitos legendarios de la especie humana nos hablan del incesto como algo natural, ajeno, por supuesto a planteamientos morales. Acudo, para comenzar, a lo escrito por la admirada periodista española Carmen Rigalt, con estas palabras:
“La mitología es un escaparate de aventuras incestuosas. Zeus, padre de los dioses, era transformista y cambiaba de personalidad para seducir a las mujeres, pero se casó con su hermana Hera, que le dio tres hijos-sobrinos. Los griegos políticamente correctos devoraban a sus hijos y hacían guarrerías con las hijas. Según los relatos mitológicos, Zeus, árbitro del universo, se ventiló a todas las primas del Olimpo, aunque siempre lo hizo de tapadillo (o sea, bajo disfraz), lo cual induce a sospechar que el fornicio entre parientes no acababa de estar bien visto. Claro que Zeus era el jefe y hacía lo que le salía del cebollino”.

Leda y el cisne (Zeus)

Miguel Ángel. El cisne de Leda

Estas palabras, escritas, al calor de la noticia que ha escandalizado a medio mundo, sobre las tropelías amatorias del “monstruo de Amstetten”, desbrozan el camino, pero no lo dicen todo. La doctrina bíblica, seguida por miles de millones de seres humanos, no se puede entender sin el incesto que, necesariamente hubieron de cometer los primeros padres, sus hijos y descendientes, hasta poblar la Tierra. Prohibido después por la ley de Moisés, asumida por la cristiana y por la moral occidental, no hay resquicio de perdón para una conducta calificada de criminal, sobre todo si va acompañada de la violencia. Pero la historia de las perversiones no finaliza con la imposición de una moral adquirida en siglos de cultura y civilización, porque permanece intacto el deseo natural de supervivencia y la inclinación a procrear dentro de la familia, clan o tribu, como nos dicen los antropólogos. Es más, no puede explicarse un caso como el reciente de Austria sin una mente masculina, además de lujuriosa, convencida de su derecho a ser como un “dios del lar”, benefactor abuelo, padre, amante, dueño y dictador de vidas y haciendas. Todo monstruoso, pero todo humano, porque en el concepto de humanidad tiene cabida todo cuanto es capaz de realizar un humano. El padre secuestrador austriaco podrá tener alguna disculpa si se atiende a la condición humana, que puede incluir un mal funcionamiento neuronal, pero sólo la ley (distinta para cada tribu) puede marcar la línea roja entre lo lícito y lo ilícito, la justo y lo injusto, el bien y el mal, conceptos todos ajenos a la naturaleza, inventados por el hombre para proteger la convivencia social. Pero su culpa mayor no será el incesto, sino la privación de libertad a su hija durante 24 años y sus siete hijos-nietos, suceso que ha conmovido a la sociedad en esta primavera de 2008.

Isis-Osiris

No solamente los primitivos humanos, ni los legendarios dioses inventados por griegos y romanos, practicaron el incesto. Entre las primeras civilizaciones históricas, está documentado que los reyes egipcios fueron incestuosos para conservar la “sangre azul” de los dioses, que se transmitía por línea femenina. Así, en los Textos de las pirámides se narra la leyenda del dios Osiris, hermano y esposo de Isis, que sirvió de modelo a todos los faraones (Plutarco, Isis y Osiris). Akhenaton, que inició el culto monoteísta, desposó a cinco de sus hijas, además de estar casado con la bella Nefertiti; la reina Hatshepsut yació con su hermano Tutmosis II; Ahmes fue hermana y esposa de Amosis I; Ramsés II, que dominó Egipto durante sesenta años en el siglo XII a.C., tuvo un inmenso harén, donde produjo doscientos hijos, algunos nacidos de las cuatro hijas con las que copuló, sin contar la intensa relación con su amada Esposa Real, Nefertari.

Carlos I de España

Carlos I de España

Germana de Foix
Germana de Foix, abuela y amante de Carlos I

El incesto, aunque produzca escándalo social, no es una más de las perversiones sexuales que atenazan al pobre mortal. De hecho, Luis Antonio de Villena no lo cita en su conocido Libro de las perversiones (1992). Generalmente el incestuoso se comporta como verdadero enamorado, cuida amorosamente de sus víctimas, se hace cargo de ellas cuando es necesario. Pero las más de las veces intenta ocultar su amor vicioso por temor a la opinión ajena. El hombre, por muy amoral que sea, puede presumir de amantes, pero nunca de amores incestuosos, que esconde incluso a los más íntimos. El incesto es el secreto mejor guardado. En España tenemos el caso, desconocido hasta que lo desveló una tesis doctoral, de las relaciones incestuosas del joven rey español Carlos I, a los 17 años, con su abuelastra Germana de Foix, de veintinueve, viuda de su abuelo Fernando el Católico, que dieron como fruto una niña olvidada en los archivos de Palacio: Isabel de Castilla, fruto del amor prohibido con amante de la misma familia. Casos como éste, de personas notorias, habrá en los anales de cualquier comunidad, pero muchos más entre el pueblo llano, cuyo secretos no interesan a nadie, pero que se comportan con la misma sumisión, inconsciente, a las misteriosas órdenes genéticas de supervivencia de la especie. Vandalio.

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